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Muerte y despertar en el Más Allá.




La inmortalidad del espíritu

Éste es el tiempo en que la humanidad despierta para las bellezas del espíritu, en que
se interesa por lo eterno y se pregunta: ¿Cómo será la vida que nos espera después de
la muerte?
¿Quién, por incrédulo que sea, no se ha preguntado si existirá en él, algo que
sobrevivirá a la materia? En verdad os digo que no hay quien no presienta aquel
misterio ni medite un momento en lo insondable.
Sobre el misterio de la vida espiritual que parece estar lejos, y que en realidad está
frente a vuestros ojos, unos preguntan, otros se confunden y otros niegan; unos hablan
creyendo saberlo todo, y otros callan y esperan; mas, cuan pocos son los que
verdaderamente saben algo del más allá.
En el Tercer Tiempo he salido de la tumba del olvido en que la humanidad me ha
tenido para resucitarla, porque Yo soy la vida. Nadie puede morir, aun aquél que se
arranca la existencia por su propia mano, escuchará que su conciencia le reclamará su
falta de fe.
Mi Doctrina no es tan sólo para daros fortaleza y tranquilidad durante vuestro paso
por la Tierra, ella os enseñará a dejar este mundo, a transponer los umbrales del Más
Allá y a penetrar en la mansión eterna.
Todas las religiones confortan al espíritu en su tránsito por este mundo, pero cuan
poco le revelan y le preparan para el gran viaje al Más Allá. He ahí por qué muchos
miran la muerte como un límite, sin saber que desde ahí se contempla el horizonte
infinito de la verdadera vida.
La muerte es sólo un símbolo, la muerte existe para aquellos que aún no alcanzan el
conocimiento de la verdad; para ellos la muerte sigue siendo un espectro tras el cual
está el misterio o la nada; a vosotros os digo: Abrid vuestros ojos y comprended que
tampoco moriréis; os separaréis de la materia, mas eso no quiere decir que moriréis;
vosotros, como vuestro Maestro, tenéis vida eterna.

Preparación para la partida de este mundo

Tenéis que comprender que vosotros, dotados de espíritu, significáis en la
Creación, la obra más amada del Padre, porque en vosotros depositó esencia, atributos
e inmortalidad.
No existe la muerte para el espíritu, la muerte como la concebís vosotros o sea el
dejar de existir. No puede ser la muerte del cuerpo, muerte o fin para el espíritu. Ahí
es precisamente donde él abre los ojos a una vida superior, mientras su envoltura los
cierra al mundo para siempre. Es sólo un instante de transición en la ruta que conduce
a la perfección.
Si aún no lo habéis comprendido así, es porque todavía amáis mucho a este
mundo y os sentís estrechamente ligados a él. Os preocupa abandonar esta morada
porque creéis ser dueños de lo que en ella poseéis, y aún hay quienes conservan un
vago presentimiento de mi justicia divina y temen penetrar en el valle espiritual.
La humanidad ha amado demasiado a este mundo; demasiado, porque su amor ha
sido mal dirigido. ¡Cuántos han sucumbido en él por esta causa! ¡Cuánto se han
materializado los espíritus por la misma razón!
Sólo cuando habéis sentido cerca los pasos de la muerte, cuando habéis estado
gravemente enfermos, cuando habéis sufrido, es cuando pensáis que estáis a un paso
del Más Allá, de esa justicia que sólo en esos trances teméis y entonces hacéis al
Padre promesas y juramentos de amarle, de servirle y obedecerle en la Tierra.
Los hombres han amado en tal forma esta vida, que cuando se aproxima la hora de
dejarla, se rebelan contra mi voluntad desoyendo el llamado que les hago, desprecian
la paz de mi Reino y piden al Padre un tiempo más en la Tierra para seguir poseyendo
sus bienes temporales.
Sensibilizaos para que presintáis la vida espiritual y no os conforméis con el
principio de vuestra evolución que eso es esta vida, porque sobre ella existen obras
superiores.
No tratéis de rechazar la muerte cuando ella por mi voluntad se acerque a
vosotros, ni busquéis al hombre de ciencia para que os haga el milagro de contrariar
mis designios prolongando vuestra existencia, porque ambos lloraréis amargamente
esta falta. Preparaos en esta vida y no tendréis por qué temer vuestra entrada en el
Más allá.
Amad hasta cierto punto lo del mundo mientras estéis en él, para que sepáis
cumplir con sus leyes; pero alimentad siempre el ideal de llegar a habitar en las altas
moradas espirituales, para que cuando vuestro espíritu se desprenda de la envoltura,
no se turbe ni se deje tentar por lo que en el planeta amó, porque entonces se quedará
atado y cautivo en el mundo al cual ya no pertenece, ni puede en forma alguna
disfrutar.
Tened piedad de vosotros mismos. Ninguno sabe cuándo llegará el momento en
que su espíritu se aparte de la materia. Nadie sabe si al día siguiente sus ojos se
abrirán a la luz. Todos sois del único dueño de todo lo creado y no sabéis cuando
seréis recogidos.
Pensad que ni los cabellos de vuestra cabeza son vuestros, ni el polvo que pisáis;
que vosotros mismos no os pertenecéis, que no necesitáis tener propiedades de poca
duración, puesto que "vuestro reino tampoco es de este mundo".
Espiritualizaos y todo lo poseeréis con justicia y con medida mientras lo
necesitéis, y llegado el momento de la renunciación a esta vida, os elevaréis plenos de
luz a tomar posesión de lo que os corresponde en el Más Allá.

El paso al otro mundo

A toda hora mi voz os llama al buen camino donde existe la paz, pero vuestro oído
sordo, sólo tiene un instante de sensibilidad ante aquella voz, y ese instante es el
postrero de vuestra vida, cuando la agonía os anuncia la proximidad de la muerte del
cuerpo. Entonces es cuando querríais comenzar la vida para reparar yerros, para
tranquilizar vuestro espíritu ante el juicio de vuestra conciencia y poder ofrecer algo
digno y meritorio al Señor.
Si buscáis la inmortalidad del espíritu, no temáis la llegada de la muerte que pone
fin a la vida humana, esperadla preparados, ella está bajo mi mandato y por eso
siempre es oportuna y justa, aunque muchas veces los hombres crean lo contrario.
Lo grave no es que el hombre muera, sino que su espíritu al dejar la materia,
carezca de luz y no pueda contemplar la verdad. Yo no quiero la muerte del pecador,
sino su conversión, mas cuando la muerte se hace necesaria, ya sea para libertar a un
espíritu o para detener la caída de un hombre al abismo, mi justicia divina corta, el
hilo de aquella existencia humana.
Sabed que en el libro de vuestro destino está marcado el día y la hora en que las
puertas del más allá se abrirán para dar paso a vuestro espíritu, desde donde veréis
toda vuestra obra en la Tierra, todo vuestro pasado. No queráis entonces oír voces que
sean reproches o quejas en contra vuestra, ni ver a quienes os señalen como causantes
de sus males.
No porque miréis extenso el camino os detengáis pensando que nunca llegaréis al
final; seguid adelante, porque un instante que perdáis lo llorará más tarde vuestro
espíritu. ¿Quién os ha dicho que en este mundo está la meta? ¿Quién os ha enseñado
que la muerte es el fin y que en ese momento podréis alcanzar mi Reino?
La muerte es como un breve sueño, después del cual, ya reparadas las fuerzas,
despertará el espíritu bajo la caricia de mi luz, como a un nuevo día que empieza para él.
La muerte es la llave que os abre las puertas de la prisión en que os encontráis al
estar adheridos a la materia y es, al mismo tiempo, la llave que os abre las puertas de
la eternidad.
Este planeta, convertido por las imperfecciones humanas en valle de expiación, ha
sido cautiverio y destierro para el espíritu.
En verdad os digo, que la vida en la Tierra es un grado más en la escala de la vida
¿Por qué no lo entendéis así, para que aprovechéis todas sus lecciones? Es la razón
por la que muchos tienen que volver a ella, una y otra vez: porque no comprendieron
ni sacaron utilidad de su vida anterior.
Es preciso que sepáis que el espíritu antes de encarnar, ha tenido una vasta
preparación, ya que va a quedar sometido a una larga y a veces dura prueba; pero
gracias a aquella preparación no se turba al penetrar en esta vida; cierra sus ojos al
pasado para abrirlos a una nueva existencia y así, desde el primer instante se adapta al
mundo al que ha llegado.
Cuan diferente es la forma en que vuestro espíritu se presenta ante los umbrales de
la vida espiritual o cuando acaba de dejar su cuerpo y al mundo. Como ha carecido de
verdadera preparación para retornar a su morada, entonces se ve turbado, le domina
aún las sensaciones de la materia y no sabe qué hacer ni a dónde ir.
Eso se debe a que no aprendió que también es necesario saber cerrar los ojos para
este mundo en el postrer instante, porque sólo así podrá ir a abrirlos al mundo
espiritual que había dejado, donde le esperaba todo su pasado para unirlo a su nueva
experiencia y a todos sus méritos anteriores sumar los nuevos méritos.
Un denso velo nubla su mente mientras recobra la luz; una influencia tenaz de
todo lo que dejó, le impide sentir la vibración de su conciencia y en tanto se
desvanecen sus sombras para reintegrarse a su verdadera esencia, ¡Cuánta turbación,
cuánto dolor!
¿Habrá quién, después de escuchar o de leer este mensaje, lo rechace como
lección inútil o falsa? Yo les digo que sólo aquél que llegare a encontrarse en un
grado de materialismo extremo o de ciego fanatismo, podría rechazar esta luz sin que
su espíritu se conmoviese.

El "descanso eterno"

El descanso espiritual según lo entiende y lo concibe vuestra materia, no existe; el
descanso que espera al espíritu es la actividad, el multiplicarse haciendo el bien, el no
desperdiciar un instante. Entonces descansa el espíritu, se aligera de remordimientos y
de penas, se recrea haciendo el bien, descansa amando a su Creador y a sus hermanos.
En verdad os digo, que si vuestro espíritu lo hiciera permanecer inactivo para que
descansara, según vosotros concebís el descanso en la Tierra, se apoderaría de él la
tiniebla de la desesperación y la angustia, porque la vida y la luz del espíritu, así como
su dicha mayor, son el trabajo, la lucha, la incesante actividad.
El espíritu que retorna de la Tierra al valle espiritual, trayendo impresa en sí
mismo la fatiga de la carne y llega buscando el Más Allá como un lecho donde
reposar, donde hundirse en el olvido para borrar las huellas de la lucha, ese tendrá que
llegar a sentirse el ser más desdichado y no encontrará paz ni felicidad hasta que
despierte de su letargo, hasta que salga de su error y se levante a la vida espiritual que
es como ya os he dicho antes, el amor, el trabajo, la continua lucha en el sendero que
conduce a la perfección.

El reencuentro en el Más Allá

Quiero que seáis hombres de fe, que creáis en la vida espiritual; si habéis visto
partir al Más Allá a vuestros hermanos, no los sintáis lejanos ni penséis que los habéis
perdido para siempre. Si queréis reuniros con ellos, trabajad, haced méritos y cuando
lleguéis al Más Allá, ahí los encontraréis esperándoos, para enseñaros a vivir en el
Valle Espiritual.
¿Quién no ha sentido inquietud ante la vida del Más Allá? ¿Quién de los que han
perdido a un ser amado en este mundo, no ha sentido el anhelo de volver a
contemplarlo o por lo menos de saber dónde se encuentra? Todo lo sabréis; a ellos los
volveréis a mirar.
Mas haced méritos ahora, no sea que cuando dejéis esta Tierra, en el valle
espiritual preguntéis en dónde se encuentran aquéllos que esperáis encontrar, y os
digan que no les podéis ver porque se encuentran en una escala más alta; no olvidéis
que tiempo ha os he dicho que en la casa del Padre existen muchas moradas.

El juicio al espíritu por la Conciencia propia

Cuando el espíritu de algún gran pecador se desprende de esta vida material para
penetrar en el valle espiritual, se sorprende al comprobar que el infierno, como él lo
imaginaba, no existe, y que el fuego del cual se le habló en los tiempos pasados, no es
sino la esencia de sus obras al encontrarse ante el juez inexorable que es su
conciencia.
Ese juicio eterno, esa claridad que se hace en medio de las tinieblas que envuelven
a aquel pecador, queman más que el fuego más ardiente que pudieseis concebir, mas
no es una tortura preparada de antemano como un castigo para el que me ofendió, no,
esa tortura proviene del conocimiento de las faltas cometidas, del pesar de haber
ofendido a quien le dio la existencia, de haber hecho mal uso del tiempo y de cuantos
bienes recibió de su Señor.
¿Creéis que deba Yo castigar a quien con sus pecados me ofendió, cuando Yo sé
que el pecado ofende más a quien lo comete? ¿No miráis que el pecador es a sí mismo
a quien se hace mal y que no voy Yo a aumentar con su castigo la desgracia que se ha
labrado? Solamente dejo que se mire a sí mismo, que oiga la voz inexorable de su
conciencia, que se interrogue y se responda, que recobre la memoria espiritual que a
través de la materia había perdido y recuerde su principio, su destino y sus promesas;
y ahí en ese juicio, tiene que experimentar el efecto del fuego que extermine su mal,
que le funda de nuevo como el oro en el crisol, para apartar de él lo nocivo, lo
superfluo y todo lo que no es espiritual.
Cuando un espíritu se detiene a escuchar la voz y el juicio de su conciencia, de
cierto os digo, que en esa hora se encuentra ante mi presencia.
Ese momento de quietud, de serenidad y claridad, no llega al mismo tiempo a
todos los espíritus; unos penetran pronto en el examen de sí mismos, y con ello se
evitan muchas amarguras, porque en cuanto despiertan a la realidad y reconocen sus
errores, se preparan y disponen para reparar hasta la última de sus malas obras.
Otros ofuscados, ya sea por el vicio, por algún rencor o por haber llevado una
existencia de pecados, tardan en salir de su ofuscación.
Otros más insatisfechos, creyendo haber sido arrebatados de la Tierra antes de
tiempo, cuando todo les sonreía, imprecan y blasfeman, retardando así el poder
librarse de su turbación, y como estos, hay un gran número de casos que solamente mi
sabiduría conoce.
De todo tendréis que responder y conforme sean vuestras malas obras, más
enérgicos juicios recibiréis de vosotros mismos; porque Yo no os juzgo, eso es falso,
es vuestro propio espíritu en su estado de lucidez vuestro tremendo acusador y terrible
juez. Yo soy el que os defiende contra la turbación, el que os absuelve y salva porque
soy el amor que purifica y perdona.
Pensad que muy pronto estaréis en espíritu y que lo que en esta Tierra
sembrasteis, será lo que hayáis que recoger. El paso de esta vida a la otra, no deja de
ser un juicio severo y estricto para el espíritu. Nadie escapa a ese juicio, así se
considere el más digno de siervos.
Mi voluntad es que desde el instante en que penetréis en aquella morada infinita,
dejéis de experimentar las angustias de la Tierra y empecéis a sentir la dulzura y el
goce de haber escalado un paso más en el sendero.
El Juicio Final, como lo ha interpretado la Humanidad, es un error; mi juicio no
será de una hora ni de un día; ha tiempo que él pesa sobre vosotros.
Mas en verdad os digo que los cuerpos muertos, muertos están y han ido a
confundirse en su propia naturaleza, porque lo que es de la tierra, a la tierra volverá,
así como lo espiritual buscará su morada que es mi seno.
Mas también os digo que en vuestro juicio, vosotros seréis vuestros propios
jueces, porque vuestra conciencia, conocimiento e intuición, os dirán hasta qué punto
sois dignos y en qué morada espiritual debéis habitar. Claramente contemplaréis el
camino que deberéis seguir, porque al recibir la luz de mi Divinidad, reconoceréis
vuestros actos y juzgaréis vuestros méritos.
En el valle espiritual existen muchos seres confundidos y turbados; a ellos llevad
mi mensaje y mi luz cuando penetréis en él.
Desde ahora podéis practicar esa forma de caridad, por medio de la oración, con la
cual podéis establecer comunicación con ellos. Vuestra voz resonará donde ellos
habitan y los hará despertar de su profundo sueño. Les hará llorar y lavarse con el
llanto del arrepentimiento. En ese instante habrán recibido un rayo de luz, porque
entonces comprenderán sus pasadas vanidades, sus errores, sus pecados.
¡Qué grande es el dolor del espíritu cuando la conciencia le despierta! ¡Cómo se
humilla entonces ante la mirada del Supremo Juez! ¡Cuán humildes brotan de lo más
íntimo de su ser las peticiones de perdón, las promesas, las bendiciones para mi
nombre!
¡Allí reconoce el espíritu que no puede acercarse a la perfección del Padre y,
dirigiendo su mirada a la Tierra, donde no supo aprovechar el tiempo y las pruebas
que fueron oportunidad para aproximarse a la meta, pide una materia más, para expiar
faltas y desempeñar misiones no cumplidas!
¿Quién hizo justicia entonces? ¿No fue el mismo espíritu quien formó su juicio?
Mi Espíritu es un espejo en el que tenéis que contemplaros y Él os dirá el estado
de pureza que guardéis.
Cuando vuestro espíritu se despoje de la capa humana y en el santuario de la vida
espiritual se recoja en el fondo de sí mismo, para examinar su pasado y examinar su
cosecha, muchas de sus obras que aquí en el mundo le habían parecido perfectas,
dignas de ser presentadas al Señor y merecedoras de un galardón, resultarán pequeñas
en los instantes de aquella meditación; el espíritu comprenderá que el sentido de
muchos actos que en el mundo le parecieron buenos, no fueron mas que rasgos de
vanidad, de falso amor, de caridad no sentida por el corazón.
¿Quién creéis que ha dado al espíritu la iluminación de un juez perfecto para
juzgarse a sí mismo? La conciencia, que en esta hora de justicia os parecerá que brilla
con claridad antes nunca vista, y ella será la que diga a cada quien qué fue lo bueno,
lo justo, lo real, lo verdadero que hizo en la Tierra y qué fue lo malo, lo falso y lo
impuro, que en su camino sembró.
El santuario de que acabo de hablaros, es el de la conciencia. Ese templo que
nadie podrá profanar, ese templo en el que habita Dios y de donde sale su voz y brota
la luz.
En el mundo nunca habéis sabido penetrar en ese santuario interior, porque
vuestra personalidad humana siempre procura los medios de evadir la voz sabia que
en cada hombre habla.
Os digo que, al despojarse vuestro espíritu de su envoltura, al fin podrá detenerse
ante el umbral de ese santuario para disponerse a entrar en él y ante ese altar del
espíritu, postrarse, oírse a sí mismo, examinar sus obras ante esa luz que es la
conciencia, oír hablar dentro de sí la voz de Dios, como Padre, como Maestro y como
Juez.
Ningún mortal puede imaginar en toda su solemnidad ese instante por el que
habréis de pasar todos, a fin de conocer lo que lleváis de bueno, para conservarlo y lo
que debéis de rechazar porque no podéis llevarlo por más tiempo en el espíritu.
Cuando el espíritu sienta que está frente a su conciencia y ella se hace presente
con la claridad de la verdad, ese ser se siente sin fuerzas para escucharse a sí mismo,
quisiera no haber existido nunca, porque ante sí, en un instante, pasa delante de su
mente toda su vida, la que dejó atrás, la que poseyó y fue suya y de la cual ha llegado
por fin a rendir cuentas.
Discípulos, humanidad: Preparaos desde esta vida para ese instante, para que
cuando vuestro espíritu se presente ante el umbral del templo de la conciencia, no
vayáis a transformar ese templo en tribunal, porque el dolor espiritual será tan grande
que no hay dolor material que se le parezca.
Quiero que meditéis en cuanto os he dicho en esta enseñanza, para que
comprendáis cómo se verifica en lo espiritual vuestro juicio. Así haréis desaparecer de
vuestra imaginación aquel cuadro en que os representáis un tribunal presidido por
Dios en forma de un anciano, haciendo pasar a su diestra los hijos buenos para gozar
del Cielo y colocando a su siniestra a los malos para condenarlos a un castigo eterno.
Ya es tiempo de que la luz llegue hasta lo más elevado de vuestro espíritu y de
vuestro entendimiento, para que la verdad brille en cada hombre y se prepare para
entrar dignamente en la vida espiritual.

La conciencia espiritual recuperada

No existe nada en mi Creación como la muerte corpórea para mostrar a cada
espíritu la altura que alcanzó durante la vida, ni nada como mi palabra para ascender
hacia lo perfecto. Ahí tenéis el porqué mi Ley y mi Doctrina, insisten tiempo tras
tiempo en penetrar en los corazones, y porqué el dolor y las vicisitudes, van
aconsejando a los hombres a huir de las sendas que, en vez de elevarlo, conducen al
espíritu hacia el abismo.
¡Cuan dichoso se sentirá vuestro espíritu en el Más Allá si su conciencia le dice
que en la Tierra sembró la semilla del amor! Todo el pasado se hará presente delante
de vuestros ojos y cada miraje de lo que fueron vuestras obras, os dará un gozo
infinito.
Los preceptos de mi Ley, que no siempre ha sabido retener vuestra memoria,
pasarán también por vuestro espíritu llenos de claridad y de luz. Haced méritos que os
permitan penetrar en lo desconocido, con los ojos abiertos a la verdad.
Existen muchos misterios que el hombre ha tratado en vano de esclarecer; ni la
intuición humana, ni la ciencia han logrado satisfacer muchas preguntas que los
hombres se hacen, y es que hay conocimientos que están reservados tan sólo al
espíritu, cuando este haya penetrado en el valle espiritual. Esas sorpresas que le
esperan, esas maravillas, esas revelaciones, serán parte de su galardón, mas de cierto
os digo, que si un espíritu llega al mundo espiritual con una venda sobre los ojos,
nada contemplará y seguirá mirando delante de él tan sólo misterios, ahí donde todo
debería ser claridad.
Esta Doctrina celestial que os traigo, os revela muchas bellezas y os prepara para
que cuando os presentéis en espíritu ante la justicia del Eterno, sepáis enfrentaros ante
la realidad maravillosa que os rodeará desde aquel instante.
Recibid mi luz para que ella ilumine el camino de vuestra existencia y en la hora
de la muerte os libréis de la turbación; y en un instante, al pasar los umbrales del Más
Allá, sepáis quiénes sois, quiénes habéis sido y quiénes seréis.
Mientras, vuestros cuerpos bajarán a la tierra, en cuyo seno se confundirán para
fecundarla, porque aun después de muertos seguirán siendo savia y vida; vuestra
conciencia que está sobre vuestro ser no quedará en la Tierra, sino que vendrá con el
espíritu para mostrarse ante él como un libro cuyas lecciones profundas y sabias serán
estudiadas por el espíritu.
Ahí se abrirán vuestros ojos espirituales a la verdad y en un instante sabréis
interpretar lo que en toda una vida no lograsteis comprender; ahí sabréis lo que
significa "ser hijos de Dios y hermano de vuestros semejantes"; ahí comprenderéis el
valor de todo lo que hayáis poseído, experimentaréis el pesar y el arrepentimiento por
los errores cometidos, por el tiempo perdido, y nacerán de vosotros los más bellos
propósitos de enmienda y de reparación.
Desde ahora encaminaos todos al mismo fin, conciliando y armonizando vuestra
vida espiritual; nadie se crea ir por el mejor sendero que el de su hermano, ni piense
estar habitando en una escala superior a la de los demás. Yo os digo que en la hora
suprema de la muerte, será mi voz quien os diga la verdad de vuestra elevación.
Ahí, en ese breve instante de iluminación ante la conciencia, es donde muchos
recogen su galardón, pero también donde muchos ven desvanecerse su grandeza.
¿Deseáis salvaros? Venid a Mí por el camino de la fraternidad, ése es el único, no
existe otro, aquel que está escrito con mi máxima que os dice: "Amaos los unos a los
otros".

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