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Encarnación, naturaleza y deberes del Hombre.




La Encarnación en la tierra

Lloráis cuando uno de los vuestros parte hacia el valle espiritual, en vez de que os
sintáis llenos de paz, comprendiendo que aquél va a acercarse un paso más a su Señor,
y cu cambio, hacéis festín cuando un nuevo ser llega a vuestro hogar, sin que vosotros
penséis en esa hora que aquel espíritu ha venido a encarnar para cumplir una
expiación en este valle de lágrimas; es cuando debíais llorar por él.
Vosotros engendráis hijos de vuestra carne, mas Yo soy quién distribuye los
espíritus en las familias, en los pueblos, en las naciones, en los mundos, y en esa
justicia impenetrable para los hombres, se manifiesta mi amor.
Vivís el presente y no sabéis lo que tengo destinado para vuestro futuro. Estoy
preparando a grandes legiones de seres espirituales, que habrán de venir a morar la
tierra, trayendo una delicada misión, y es necesario que sepáis que muchos de
vosotros seréis padres de aquellas criaturas en quienes encarnarán mis enviados;
vuestro deber es prepararos para que sepáis recibirles y conducirles.
Quisiera hablaros de muchas enseñanzas espirituales, pero no podéis
comprenderlas aún. Si Yo os revelase hasta qué moradas descendisteis en la tierra, no
podríais concebir cómo habitasteis en tales lugares.
Hoy podéis negar que conocéis el valle espiritual, porque a vuestro espíritu,
estando encarnado, le es vedado su pasado, a fin de que no se envanezca, ni sucumba,
ni se desespere ante su nueva existencia en la cual tendrá que empezar como una
nueva vida.
Aunque quisieseis, no podríais recordar, sólo os concedo que conservéis un
pensamiento o intuición de lo que os revelo para que perseveréis en la lucha y tengáis
conformidad en las pruebas.
Podéis dudar de todo lo que os digo, mas en verdad aquel valle fue vuestra morada
cuando erais espíritu. Fuisteis moradores de aquella mansión en la cual no conocisteis
el dolor, en la que sentíais la gloria del Padre en vuestro ser, porque no había mancha
en él.

Mas no teníais méritos, era menester que dejarais aquel cielo y descendierais al
mundo para que vuestro espíritu, mediante su esfuerzo, conquistara aquel reino.
Mas poco a poco fuisteis descendiendo moralmente hasta sentiros muy lejos de lo
divino y de lo espiritual, de vuestro origen.
Cuando el espíritu llega a la Tierra, viene animado de los mejores propósitos de
consagrar su existencia al Padre, de agradarlo en todo, de ser útil a sus semejantes.
Pero una vez que se ve aprisionado en la materia, tentado y probado en mil formas
en su jornada, debilita, cede a los impulsos de la carne, cede a las tentaciones, se torna
egoísta, y termina por amarse a sí mismo sobre todas las cosas, y sólo por instantes da
oído a la conciencia donde se encuentra escrito el destino y las promesas.
Mi palabra os ayuda a recordar vuestro pacto espiritual y a vencer las tentaciones
y obstáculos.
Nadie podrá decir que del camino trazado por Mí nunca ha salido; pero os
perdono para que aprendáis a perdonar a vuestros hermanos.
Una gran enseñanza espiritual se requiere para que el hombre camine de acuerdo
con la voz de su conciencia, porque la materia que le rodea en el mundo a pesar de
estar todo saturado de amor divino, sabiamente hecho para el bien y para la felicidad
del hombre, constituye una prueba para el espíritu, desde el instante en que viene a
habitar un mundo al cual no pertenece, unido a un cuerpo cuya naturaleza es diferente
a la suya.
Ahí podréis encontrar la causa por la que el espíritu olvida su pasado. Desde el
instante en que encarna en una criatura inconsciente, recién nacida y se funde en ella,
inicia una vida junto con aquel ser.
Del espíritu sólo quedan dos atributos presentes: La conciencia y la intuición, pero
la personalidad, las obras hechas y el pasado, temporalmente quedan ocultos. Así ha
sido dispuesto por el Padre.
¿Qué sería del espíritu que ha venido de la luz de una elevada morada a habitar
entre miserias de este mundo, si recordara su pasado? ¡Y cuántas vanidades habría
entre los hombres al serles revelada la grandeza que en otra vida existió en su espíritu!

La valoración correcta del cuerpo

No sólo os digo que purifiquéis vuestro espíritu, sino también que fortalezcáis a
vuestra materia, para que las nuevas generaciones que de vosotros broten, sean
saludables y sus espíritus puedan cumplir su delicada misión.
Velad por la salud de vuestro cuerpo, buscad su conservación y fortaleza. Mi
Doctrina os aconseja que tengáis caridad de vuestro espíritu y de vuestro cuerpo,
porque ambos se complementan y se necesitan para el delicado cumplimiento
espiritual que les está encomendado.
No deis a vuestro cuerpo mayor importancia de la que en realidad tiene ni dejéis
que ocupe el lugar que sólo a vuestro espíritu corresponde.
Comprended que la envoltura es sólo el instrumento que necesitáis para que en la
Tierra se manifieste el espíritu.
Ved cómo esta doctrina es para el espíritu, porque mientras la materia cada día
que pasa se acerca más al seno de la tierra, el espíritu en cambio, se aproxima cada
vez más a la eternidad.
El cuerpo, es el punto de apoyo en el que descansa el espíritu mientras habita en la
tierra. ¿Por qué dejar que se convierta en cadena que sujeta o en cadena que
aprisiona? ¿Por qué dejar que él sea el timón de vuestra vida? ¿Acaso es justo que un
ciego guíe al que tiene vista en sus ojos?
Esta enseñanza es sencilla como todo lo puro, lo divino, y por lo tanto, fácil de
comprenderse. Mas para que la pongáis en práctica a veces os parecerá difícil, las
labores del espíritu requieren esfuerzo, renunciación o sacrificio por parte de vuestro
cuerpo y cuando carecéis de educación o de disciplina espiritual, tenéis que sufrir.
Desde el principio de los tiempos ha existido la lucha entre el espíritu y la materia,
al tratar de comprender qué es lo justo, lo lícito y lo bueno, para hacer una vida
ajustada a la Ley presentada por Dios.
En medio de esa lucha os parece como si un poder extraño y malévolo os indujese
a cada paso a alejarse de la batalla, invitándoos a continuar por la senda de la
materialidad, en uso de vuestro libre albedrío.
Yo os digo que no hay más tentación que la fragilidad de vuestra materia: sensible
a cuanto le rodea, débil para ceder, fácil para caer y entregarse, mas, quien ha logrado
dominar los impulsos, pasiones y debilidades de la materia, ese ha vencido la
tentación que en sí mismo lleva.
La Tierra es campo de lucha, mucho hay allí que aprender; si así no fuese, os
bastarían unos años de vida sobre este- planeta y no seríais enviados una vez tras otra
a reencarnar. No hay tumba más lóbrega y obscura para el espíritu, que su propio
cuerpo, si éste lleva en sí escoria y materialismo.
Mi palabra os levanta de esa tumba y luego os da alas para que remontéis el vuelo
a las regiones de paz y luz espiritual.

La trascendencia del Alma y del Espíritu

Podría el cuerpo vivir sin espíritu, animado tan sólo por la vida material, pero no
sería humano. Poseería espíritu y carecería de conciencia, pero no sabría guiarse por
sí mismo, ni sería el ser superior que por medio de la conciencia, conoce la Ley,
distingue el bien del mal y recibe toda revelación divina.
Sea la conciencia la que ilumine al espíritu y el espíritu el que guié a la materia.
Mientras en el mundo unos persiguen la falsa grandeza, otros dicen que el hombre
es criatura insignificante ante Dios, y hay quienes se comparan con el gusano de la
tierra. Ciertamente, vuestra materia en medio de la Creación, puede pareceres
pequeña, mas para Mí no lo es, por la sabiduría y el poder con que Yo la he creado.
¿Cómo podéis juzgar las dimensiones de vuestro ser, por el tamaño de vuestro
cuerpo? ¿Es que no palpáis en él la presencia del espíritu? Él es mayor que vuestro
cuerpo, su existencia es eterna, su camino infinito, de su desarrollo no alcanzáis a ver
su fin, así como tampoco su principio. Yo no os quiero pequeños. Os formé para que
alcanzaseis grandeza. ¿Sabéis cuando contemplo pequeño al hombre? Cuando se ha
perdido en el pecado, porque entonces ha perdido su nobleza y su dignidad.
Mucho tiempo ha que no estáis conmigo, que ignoráis lo que en realidad sois,
porque habéis dejado que duerman en vuestro ser muchos atributos, potencias y dones
que en vosotros depositó vuestro Creador.
Dormís para el espíritu y la conciencia, y precisamente en esos atributos espirituales
radica la verdadera grandeza del hombre. Imitáis a los seres que son de este mundo
porque en él nacen y en él mueren.
Con mi palabra de amor, os demuestro el valor que para Mí tiene vuestro espíritu.
Nada existe en la creación material que sea mayor que vuestro espíritu, ni el astro rey
con su luz, ni la Tierra con todas sus maravillas, ni ninguna otra criatura es mayor que
el espíritu que os he dado, porque él es partícula divina, es flama que ha brotado del
Espíritu Divino.
Después de Dios, sólo los espíritus poseen la inteligencia espiritual, la conciencia,
el libre albedrío.

Sobre el instinto y las inclinaciones de la carne, se levanta una luz que es vuestro
espíritu y sobre esa luz, un guía, un libro y un juez que es la conciencia. (86, 68)
La humanidad, en su materialismo, me dice: ¿Será cierto que existe el reino del
Espíritu? Y Yo os contesto: Oh incrédulos, sois el Tomás del Tercer Tiempo. Sentir
piedad, compasión, ternura, bondad, nobleza, no son atributos de la materia, como
tampoco los son las gracias y dones que lleváis ocultos en vosotros mismos. Todos
esos sentimientos que lleváis grabados en vuestro corazón y en vuestra mente, todas
esas potencias, son del espíritu y no debéis negarlo. La carne es sólo un instrumento
limitado, y el espíritu no lo está: Él es grande por ser átomo de Dios.
Buscad la mansión del espíritu en el fondo de vuestro ser y la gran sabiduría en la
grandeza del amor.
En verdad os digo que desde los primeros días de la humanidad, el hombre tuvo la
intuición de llevar en sí un ser espiritual, un ser que si bien era invisible, se
manifestaba en las distintas obras de su vida.
Vuestro Señor, os ha revelado de tiempo en tiempo, la existencia del espíritu, su
esencia y su arcano, porque aun llevándolo en vosotros, es tan denso el velo en que os
envuelve vuestra materialidad, que no podréis llegar a contemplar lo que es más noble
y puro en vuestro ser.
Muchas son las verdades que el hombre se ha atrevido a negar, sin embargo, la
creencia de la existencia de su espíritu, no ha sido de las que haya combatido más,
porque el hombre ha sentido y ha llegado a comprender que negar a su espíritu, sería
tanto como negarse a sí mismo.
La materia humana, cuando ha degenerado a causa de sus pasiones, de sus vicios
y de su materialismo, se ha convertido en cadena, en venda de oscuridad, en prisión y
en obstáculo para el desarrollo del espíritu. A pesar de ello, nunca le ha faltado en sus
horas de prueba, un destello de luz interior que venga en su ayuda.
De cierto os digo que la expresión más elevada y pura del espíritu, es la
conciencia, esa divina luz interior que le hace ser entre todas las criaturas que le
rodean, la primera, la más alta, la más grande y la más noble.
A todo el pueblo le digo que el más alto y hermoso título que posee el hombre, es
el de "Hijo de Dios", aunque es preciso merecerlo.
Ésa es la finalidad de la Ley y las Enseñanzas: inspiraros el conocimiento de mi
verdad para que podáis haceros dignos hijos de aquel Padre Divino que es la suma
perfección.

Sabéis que fuisteis creados a mi imagen y semejanza, y cuando lo decís, pensáis
en vuestra forma humana, os digo, que ahí no está mi imagen, sino en vuestro espíritu,
el cual para asemejarse a Mí, tiene que perfeccionarse practicando las virtudes.
Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida, soy la justicia y el bien y todo ello
proviene del amor divino. ¿Comprendéis ahora cómo deberíais ser para que fueseis a
mi imagen y semejanza?
En vos tenéis un reflejo de lo divino, me lleváis en verdad. La inteligencia, la
voluntad, las potencias, sentidos y virtudes que poseéis, hablan de la esencia superior
a la que pertenecéis y son un testimonio viviente del Padre de quien brotasteis.
A veces la imagen que de Mí lleváis en vuestro ser, la llegáis a manchar y a
profanar con la desobediencia y el pecado, entonces no os asemejáis a Mí, porque no
basta tener un cuerpo humano y un espíritu para ser imagen del Creador; la verdadera
semejanza conmigo, está en vuestra luz y en vuestro amor para todos vuestros
semejantes.
Os formé a imagen y semejanza mía, y si Yo soy Trino y Uno, en vosotros existe
también la trinidad.
Vuestro cuerpo material representa a la Creación, por su formación y armonía
perfecta. Vuestro espíritu encarnado es una imagen del Verbo que se hizo hombre
para trazar en el mundo de los hombres una huella de amor, y vuestra conciencia es
una chispa radiante de la luz divina del Espíritu Santo.
¿Qué mérito tendría vuestro espíritu, si actuara dentro de un cuerpo sin voluntad y
sin inclinaciones propias? La lucha del espíritu con su envoltura es de potencia a
potencia, ahí encuentra el crisol donde debe probar su superioridad y su elevación, es
la prueba donde muchas veces ha sucumbido por un instante el espíritu ante las
tentaciones que el mundo le ofrece a través de la carne. Es tanta la fuerza que ejercen
sobre el espíritu, que os llegó a parecer que una potencia sobrenatural y maligna os
arrastraba al abismo y os perdía en las pasiones.
¡Qué grande es la responsabilidad del espíritu ante Dios! La carne no tiene
contraída esa responsabilidad; ved cómo llegando la muerte descansa para siempre en
la tierra. ¿Hasta cuándo haréis méritos para que vuestro espíritu se haga digno de
habitar moradas más perfectas que ésta en que vivís?
El mundo os ofrece coronas que sólo hablan de vanidad, de soberbia, de falsa
grandeza. Al espíritu que sabe pasar por sobre esas vanidades, le está reservada en el
más allá otra corona, la de mi sabiduría.

La vida debe manifestarse antes en el espíritu que en la materia. Cuántos son los
que han habitado este mundo y cuan poco los que han vivido espiritualmente, los que
han dejado manifestar la gracia que existe en cada ser, en esa chispa divina que el
Creador depositó en el hombre.
Si los hombres lograran conservar la transparencia en su conciencia, a través de
ella podrían contemplar su pasado, su presente y su futuro.
El espíritu es semejante a mi arcano. ¡Cuánto encierra él! ¡A cada paso y a cada
instante tiene algo que revelaros, manifestaciones a veces tan profundas, que llegan a
ser incomprensibles a vosotros!
Esa chispa de luz que existe en todo humano, es el lazo que une al hombre con lo
espiritual, es lo que lo pone en contacto con el más allá y con su Padre.
¡Ah, si vuestra materia pudiera recoger lo que vuestro espíritu recibe a través de
su videncia! Porque el espíritu nunca deja de ver, aun cuando el cuerpo por su
materialidad nada perciba de ello. ¿Cuándo sabréis interpretar a vuestro espíritu?
Vosotros que no amáis la vida porque la llamáis cruel, mientras no reconozcáis la
importancia de la conciencia en el hombre ni os dejéis conducir por ella, nada de
verdadero valor encontraréis.
Es la conciencia la que eleva al espíritu a una vida superior por sobre la materia y
sus pasiones. La espiritualidad os hará sentir el gran amor de Dios, cuando logréis
practicarla; entonces sí comprenderéis la importancia de la vida, contemplaréis su
belleza y encontraréis su sabiduría. Entonces sabréis por qué le he llamado VIDA.
Después de conocer y comprender esta enseñanza ¿Quién osará desecharla,
diciendo que no es verdad?
Cuando comprendáis que en la conciencia esta vuestro verdadero valor, viviréis
en armonía con todo lo creado por vuestro Padre.
Entonces, la conciencia embellecerá la pobre vida humana, pero antes será
necesario que el hombre se aleje de todas las pasiones que lo apartan de Dios, para
seguir el sendero de la justicia y la sabiduría. Será cuando empiece para vosotros la
verdadera vida, esta vida que hoy contempláis con indiferencia, porque no sabéis lo
que despreciáis ni imagináis su perfección.

El templo de Dios en el hombre

Es infantil el concepto que de Mí tiene la humanidad, porque no ha sabido
penetrar en las revelaciones que sin cesar le he hecho. Para el que sabe prepararse, soy
visible y tangible y donde quiera estoy presente, en cambio, para el que no posee
sensibilidad, porque el materialismo lo ha endurecido, apenas si comprende que
existo, y me siente inmensamente distante, imposible de ser sentido o visto en alguna
forma.
Es menester que el hombre sepa que me lleva en sí, que en su espíritu y en la luz
de su conciencia tiene la presencia pura de lo divino.
El dolor que agobia a los hombres de este tiempo, los va conduciendo paso a paso,
sin que de ello se den cuenta, a las puertas del santuario interior, ante el cual
preguntarán, impotentes para seguir adelante: Señor ¿En dónde estás? Y del interior
del templo, surgirá la dulce voz del Maestro diciéndoles: Aquí estoy, donde siempre
he habitado: en vuestra conciencia.
Vosotros habéis nacido en Mí; la vida espiritual y material, la tomasteis del Padre;
y en sentido figurado puedo deciros, que al tiempo de nacer de Mí, Yo he nacido en
vosotros.
Nazco en vuestra conciencia, crezco en vuestra evolución y me manifiesto en
plenitud en vuestras obras de amor, para que digáis llenos de gozo: El Señor es
conmigo.

Hoy sois párvulos y no siempre acertáis a comprender mi lección, mas por lo
pronto hablad a Dios con vuestro corazón, con vuestro pensamiento, y Él os
responderá desde lo más interno de vuestro ser. Su mensaje, que hablará en vuestra
conciencia, será una voz clara, sabia, amorosa la que poco a poco iréis encontrando y
a la que más tarde os acostumbraréis.
He de levantar la iglesia del Espíritu Santo en el corazón de mis discípulos en este
Tercer Tiempo. Ahí hará morada el Dios Creador, el Dios fuerte, el Dios hecho
hombre en el Segundo Tiempo, el Dios de la sabiduría infinita. Él vive en vosotros,
mas si queréis sentirle y escuchar el eco de su palabra, tendréis que prepararos.
Quien practica el bien, siente interiormente mi presencia, lo mismo aquel que es
humilde o el que ve en cada semejante a un hermano.
En vuestro espíritu existe el templo del Espíritu Santo. Ese recinto es
indestructible, no existen vendavales ni huracanes capaces de derribarlo. Es invisible
e intangible a la mirada humana; sus columnas serán el anhelo de superarse en el bien;
su cúpula, la gracia que el Padre derrama sobre sus hijos; la puerta, el amor de la
Madre Divina, porque todo aquel que llama a mi puerta, estará tocando el corazón de
la Madre Celestial.
He aquí, discípulos, la verdad que existe en la iglesia del Espíritu Santo, para que
no seáis de los que se confunden con falsas interpretaciones. Los templos de cantera
fueron sólo un símbolo y de ellos no quedará ni piedra sobre piedra.
Quiero que en vuestro altar interior, arda siempre la llama de la fe y que
comprendáis que con vuestras obras estáis poniendo los cimientos donde descansará
algún día el gran santuario. Tengo a prueba y en preparación a toda la humanidad
dentro de sus diversas ideas, porque a todos les daré parte en la construcción de mi
templo.

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