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Hombre y Mujer, Padres e Hijos, Matrimonio y Famil




La relación entre el hombre y la mujer

Desde antes que llegaseis a la Tierra, Yo ya conocía vuestra trayectoria e
inclinaciones, y para ayudaros en vuestra jornada, puse en vuestro camino a un
corazón que, con su amor a vosotros iluminara el sendero. El corazón lo mismo fue de
un hombre que de una mujer. Así he querido ayudaros, para que lleguéis a ser como
un báculo de fe, de fuerza moral y de caridad para los necesitados.
De la dicha de ser padre, quise participaros y os hice padres de los hombres para
que forjaseis seres semejantes a vosotros en los que encarnarían los espíritus que Yo
os enviara. Si en lo divino y eterno existe el amor maternal, quise que en la vida
humana existiese un ser que lo representara y ese ser es la mujer.
En un principio el ser humano fue dividido en dos partes, creando así los dos sexos,
el uno, el hombre, el otro, la mujer; en él fuerza, inteligencia, majestad; en la otra
ternura, gracia, belleza. El uno, la simiente, la otra, la tierra fecunda. He ahí dos seres
que sólo unidos podrán sentirse completos, perfectos y felices, porque con su armonía
formarán una sola carne, una sola voluntad y un solo ideal.
A esa unión, cuando es inspirada por la conciencia y por el amor, se le llama
matrimonio.
En verdad os digo: Yo contemplo que en este tiempo el hombre y la mujer se han
apartado de su camino.
Descubro hombres que se apartan de sus responsabilidades, mujeres que huyen de
la maternidad y otras que invaden los campos destinados al hombre, cuando desde la
antigüedad se os dijo que el hombre es la cabeza de la mujer.
No por ello se sienta la mujer menospreciada porque ahora os digo que la mujer es
el corazón del hombre.
He ahí porqué he instituido y santificado el matrimonio, porque en la unión de esos
dos seres espiritualmente iguales pero corporalmente diferentes, se encuentra el
estado perfecto.
Cuan pocos son los que aspiran a vivir en el paraíso de la paz, de la luz y de la
armonía, cumpliendo con amor las leyes divinas.
Muy larga es la senda por la que ha transitado la humanidad y aún prefiere comer
los frutos prohibidos que sólo acumulan penas y desengaños en su vida. Frutos
prohibidos son aquéllos que siendo buenos por haberlos creado Dios, pueden
transformarse en nocivos al hombre si éste no se ha preparado debidamente o los
toma con exceso.
El hombre y la mujer toman sin preparación el fruto de la vida y desconocen su
responsabilidad ante el Creador, al traer nuevos seres a encarnar en la Tierra.
Algunos me preguntan: Señor, ¿Por ventura el amor humano es ilícito y
abominable delante de Ti y sólo apruebas el amor espiritual?
No, pueblo. Bien está que al espíritu le corresponden los más elevados y puros
amores, mas también en la materia deposité un corazón para que amase y le di
sentidos para que a través de ellos amase a cuanto le rodea.
El amor que radica únicamente en la materia, es propio de los seres irracionales,
porque ellos carecen de una conciencia que ilumine su camino; por otra parte, os diré
que de las buenas uniones tienen que brotar siempre buenos frutos y encarnar en ellos
espíritus de luz.
No he venido a pediros sacrificios sobrehumanos. Ni al hombre le he exigido que
deje de ser hombre por seguirme, ni a la mujer le he pedido que deje de serlo para
cumplir con una misión espiritual. Al esposo no lo he separado de su compañera, ni a
ella la he distanciado del esposo para que puedan servirme, ni a los padres les he
dicho que abandonen a sus hijos o que dejen el trabajo para que puedan seguirme.
A unos y a otros, al convertirlos en labriegos de esta campiña, les he hecho
comprender que no por ser mis siervos dejan de ser humanos y que por lo mismo
tienen que saber dar a Dios lo que es de Dios y al mundo lo que a él corresponde.

La conformación y el deber del hombre

A vosotros, varones, os he concedido una heredad, una hacienda, una mujer de
quien sois administradores, para que la améis y cultivéis. Y sin embargo, ha llegado a
Mí vuestra compañera presentándome quejas y llanto por vuestra incomprensión.
Os he dicho que sois fuertes, que habéis sido formados a mi imagen y semejanza,
mas no os he mandado humillar a la mujer y hacer de ella vuestra esclava.
Os he hecho fuertes para que me representéis en vuestro hogar, fuertes en la
virtud, en el talento, y os he dado como complemento en vuestra vida terrestre, como
compañera a la mujer, para que en el amor de ambos, encontréis fortaleza para
afrontar las pruebas y vicisitudes.
Pensad, varones, que muchas veces habéis sido vosotros los que habéis hecho caer
en vuestras redes a mujeres virtuosas, buscando en ellas las fibras sensibles y débiles.
Y esos espejos que fueron limpios y que hoy se encuentran empañados, debéis hacer
que reflejen nuevamente la claridad y la belleza de su espíritu.
¿Por qué hoy despreciáis a las mismas que ayer indujisteis a la perdición? ¿Por
qué os quejáis de la degeneración de la mujer? Comprended que si vosotros la
hubieseis conducido por el camino de mi Ley, que es ley del corazón y de la
conciencia, del respeto y la caridad, amándola con el amor que eleva y no con la
pasión que envilece, no tendríais por qué llorar y quejaros y ellas no hubieran caído.
El hombre busca y exige en la mujer virtudes y hermosura, mas ¿Por qué exigís lo
que no merecéis?
Veo que os creéis aún con grandes méritos, a pesar de estar escasos de ellos.
Reconstruid con vuestras obras, palabras y pensamientos lo que habéis destruido,
dando a la honestidad, a la moral y a la virtud el valor que tienen.
Si así lucháis varones, habréis ayudado a Jesús en su obra de salvación y vuestro
corazón gozará cuando contempléis los hogares honrados por buenas esposas y dignas
madres. Vuestra alegría será grande cuando miréis que la virtud retorna a aquéllas que
la habían perdido.

La redención es para todos. ¿Por qué no ha de redimirse hasta el más pecador? Por
eso os digo, varones: trabajad conmigo para salvar a las que habéis llevado a la
perdición, alentándolas con la luz de mi Doctrina; haced llegar a su mente y corazón
mis pensamientos amorosos; llevadles mis mensajes hasta las mismas prisiones y
hospitales, aún a los lugares del fango, porque ahí, ellas llorarán de arrepentimiento y
de dolor por no haber sido fuertes cuando el mundo con sus tentaciones las arrastró
hacia la perversión.
Toda mujer fue niña, toda mujer fue virgen, por lo tanto podríais llegar a su
corazón por el camino de la sensibilidad.
De los hombres que no han mancillado esas virtudes, me serviré para confiarles
esta tarea, recordad que os he dicho: "Por vuestras obras seréis reconocidos". Dejad
que el espíritu hable a través de la materia.
Mas a quienes no han sabido respetar las gracias depositadas por Mí en ese ser, les
digo: ¿Por qué decís que amáis, cuando no es amor lo que sentís? ¿Por qué procuráis
que caigan otras y nada os detiene? Pensad, ¿Qué sentiría vuestro corazón si lo que
hacéis con esas flores deshojadas lo hiciesen con vuestra madre, con vuestra hermana
o con la mujer amada y, por lo tanto, respetada? ¿Habéis pensado alguna vez en las
heridas que causasteis a los padres de aquéllas a quienes cultivaban con tanto amor?
Preguntad a vuestro corazón en un recto examen a la luz de la conciencia, si se
puede recoger lo que no se ha sembrado.
¿Cómo preparáis vuestra vida futura si estáis hiriendo a vuestros semejantes?
¿Cuántas serán vuestras víctimas? ¿Cuál será vuestro final? En verdad os digo que
tenéis muchas víctimas sacrificadas en el torbellino de vuestras pasiones, algunas que
pertenecen a vuestro presente y las otras a vuestro pasado.
Quiero que el corazón y los labios que han sido un nido de perfidias y mentira, se
conviertan en nido de verdad y de casto amor.
Iluminad el camino de los demás con la palabra y el ejemplo, para que podáis ser
los salvadores de la mujer caída. ¡Ah si cada uno de vosotros redimiese siquiera una!
No os expreséis mal de esa mujer, porque la palabra ofensiva que hiere a una,
herirá a todas las que la escuchan, porque desde ese instante también aquéllas tendrán
que convertirse en malos jueces.
Los actos y secretos de los demás, respetadlos, porque no os corresponde
juzgarlos. Yo prefiero hombres caídos en el pecado para levantarlos, que hipócritas
que aparentan pureza y sin embargo pecan. Prefiero un gran pecador pero sincero, a la
pretensión de una falsa virtud. Si queréis engalanaros, que sea con las galas de la
sinceridad.
Si encontráis una mujer virtuosa, de sentimientos elevados y os sentís indignos de
llegar a ella aunque la améis, si luego la rebajáis y la despreciáis y si después de haber
sufrido y haber comprendido vuestro error la buscáis para encontrar consuelo, en vano
llamaréis a su puerta.
Si todas las mujeres que han pasado por la vida de un solo hombre, hubiesen
recibido de él la palabra y el sentimiento de amor, de respeto y comprensión, vuestro
mundo no se encontraría a la altura de pecado en que está.

La mujer, esposa y madre

Mujeres, sois vosotras las que con vuestra oración conserváis la poca paz que en
la tierra existe, las que como fieles guardianes del hogar cuidáis de que no le falte el
calor del amor. Así os unís a María, para quebrantar la soberbia humana.
Mujeres que regáis el camino de este mundo con vuestras lágrimas, y que con
sangre marcáis vuestro paso por esta vida: descansad en Mí para que cobréis nuevas
fuerzas y sigáis siendo el nido de amor, el fuego del hogar, el cimiento fuerte de la
casa, que en la Tierra os he confiado. Para que sigáis siendo la alondra, cuyas alas
envuelvan al esposo y a los hijos, Yo os bendigo.
Yo enaltezco al varón y el lugar de la mujer a la diestra del hombre. Santifico el
matrimonio y bendigo la familia.
En este tiempo vengo con espada de amor a colocar todas las cosas en su sitio ya
que antes fueron puestas por el hombre fuera de él.
En verdad os digo que la regeneración humana deberá empezar por la mujer, para
que sus frutos, que serán los hombres del mañana, se encuentren limpios de las
manchas que los han llevado a la degeneración.
Y luego al hombre corresponderá hacer su parte en esta obra de reconstrucción,
porque todo aquél que haya pervertido a una mujer, deberá regenerarla.
Hoy os he inspirado para que salvéis a la mujer que en su camino ha tropezado, y
cuando me presentéis a la que habéis salvado. Yo le daré una flor, una bendición y
una paz muy grande para que no vuelva a caer.
Si así cumplieseis esta misión, esos seres heridos por el mundo sentirían penetrar
en su corazón el amor de Jesús.
Yo escucharé cuando en su oración me digan: Padre mío, no veáis mi pecado, ved
tan sólo mi dolor; no juzguéis mi ingratitud, ved sólo mi sufrimiento. En ese instante
descenderá a aquel corazón atribulado mi consuelo y se purificará con el llanto. ¡Si
supierais que la oración del pecador es más sentida que la del vanidoso que se cree
justo y limpio!
Del amor con que os he dado la vida, pocas pruebas o señales dan los hombres.
De todos los afectos humanos, el que más se asemeja al amor divino es el amor
maternal, porque en él existe el desinterés, la abnegación y el ideal de hacer la
felicidad del hijo aun a costa del sacrificio.
A vosotras, mujeres estériles, el Maestro os dice: mucho habéis deseado y pedido
que vuestro vientre se convierta en fuente de vida y habéis esperado que al anochecer
o al amanecer, se escuchara en vuestras entrañas el latir de un tierno corazón; pero los
días y las noches han pasado y sólo sollozos han brotado de vuestro pecho porque el
hijo no ha llegado a llamar a vuestras puertas.
¡Cuántas de vosotras que me estáis oyendo y que habéis sido desahuciadas por la
ciencia, tendréis que dar fruto para que creáis en mi poder! Y por ese prodigio
muchos me reconozcan; velad y aguardad. No olvidéis mis palabras.

La educación de los niños y adolescentes

Padres de familia, evitad errores y malos ejemplos; no os exijo perfección,
solamente amor y caridad para con vuestros hijos. Preparaos de espíritu y materia,
porque en el más allá, las grandes legiones de espíritus esperan el instante para
encarnar entre vosotros.
Quiero una nueva humanidad que crezca y se multiplique no sólo en número sino
en virtud, para que contemplen cercana la ciudad prometida y sus hijos alcancen a
morar en la nueva Jerusalén.
Quiero que se llene la Tierra de hombres de buena voluntad, que sean frutos de
amor.
Destruid la Sodoma y Gomorra de este tiempo, no dejéis que vuestro corazón se
familiarice con sus pecados, ni imitéis a sus moradores.
Guiad con celo a vuestros hijos, enseñadles a cumplir con las leyes del espíritu y
de la materia; y si ellos las infringen, corregidles, porque vosotros como padres me
representáis en la Tierra. Recordad entonces a Jesús que lleno de santo enojo, dio una
lección para todos los tiempos a los mercaderes de Jerusalén, defendiendo la causa
divina, las leyes inmutables.
Hoy habéis dejado de ser niños y podéis comprender el sentido de mis
enseñanzas; también sabéis que vuestro espíritu no nació junto con el cuerpo que
poseéis, y que el principio del uno no es el del otro. Esos niños que mecéis en
vuestros brazos, llevan inocencia en su corazón, mas en su espíritu encierran un
pasado a veces más largo y azaroso que el de sus mismos padres. ¡Cuan grande es la
responsabilidad de quienes tienen que cultivar esos corazones para que su espíritu
alcance progreso en el camino!
No por esto miréis con menos amor a vuestros hijos; pensad que no sabéis quiénes
son ni lo que han hecho; antes bien, aumentad para ellos vuestra caridad y amor y
agradeced a vuestro Padre que haya puesto en vosotros su misericordia para
convertiros en guías y consejeros de vuestros hermanos espirituales, de cuyos cuerpos
pasáis a ser padres por la sangre.
Yo digo a los padres de familia que así como se preocupa por el futuro material de
sus hijos, lo hagan también por su futuro espiritual, por la misión que en ese sentido
hayan traído al mundo.
Sabed que el espíritu cuando encarna, trae consigo todos sus dones, que su destino
está ya escrito y que por lo tanto, nada tiene que recibir en el mundo. Él trae un
mensaje o una restitución. A veces viene a recoger una siembra y en otras a saldar una
deuda; pero siempre viene a recibir en esta vida, una lección de amor que le da su
Padre.

Los que vais conduciendo a vuestros hijos a través de esta vida, haced que ellos
pasada la edad de la inocencia, penetren en el camino de mi Ley, despertad sus
sentimientos, reveladles sus dones e inducidles siempre a lo bueno, y en verdad os
digo, que a quien así acercaseis a Mí, será bañado en la luz que brota de ese fuego
divino, que es mi amor.
Espiritualmente habéis recorrido un largo camino y ahora os asombráis ante la
intuición y el desarrollo que manifiestan las nuevas generaciones desde su más tierna
infancia; porque son espíritus que han vivido mucho y que ahora vuelven, para
caminar delante de la humanidad, unos por las sendas del espíritu y otros por los
caminos del mundo, según sus dones y su misión. Mas en todos ellos, la humanidad
encontrará la paz. Esos seres de que os hablo serán vuestros hijos.
¿Creéis que ante el mal ejemplo de un padre en la Tierra, vicioso o malvado, el
hijo comete un error en no seguirlo en su manera de ser? ¿O creéis que el hijo está
obligado a seguir los pasos de sus padres?
En verdad os digo, debe ser la conciencia y la razón las que os guíen por el
sendero recto.
La inocencia bendita se contamina con la maldad del mundo, la juventud transita
en vertiginosa carrera y las doncellas también se han despojado de su pudor, de la
castidad, de la honestidad; todas estas virtudes han partido de sus corazones, han
alimentado las pasiones mundanas y sólo anhelan los placeres que les conducen al
abismo.
Vengo a hablaros con toda claridad para que os levantéis y deis un paso firme en
la evolución de vuestro espíritu.
Encended en la juventud el amor hacia sus semejantes, inspiradles grandes y
nobles ideales, porque ella será la que el mañana luche por alcanzar una existencia en
la cual brille la justicia, el amor y la sagrada libertad del espíritu. Preparaos todos,
porque la gran batalla de la que os han venido hablando las profecías, no ha llegado
aún.

Una palabra a las niñas y doncellas

Todos los espíritus tenéis en Mí a un Padre divino y si os he dado en la vida
material padres humanos, es para que den vida a vuestro cuerpo y representen cerca
de vosotros a vuestro Padre celestial. Os he dicho: Amarás a Dios sobre todo lo
creado amaras a tu padre y a tu madre". No descuidéis entonces vuestros deberes; si
no habéis reconocido el amor de vuestros padres y aún los tenéis en el mundo,
bendecidlos y reconoced sus méritos.
Especialmente le hablo en este día a las doncellas, las que mañana habrán de
iluminar con su presencia la vida de un nuevo hogar, que sepan que el corazón de la
esposa y el de la madre, son lámparas que iluminan ese santuario, así como el espíritu
es quien ilumina el templo interior.
Desde ahora disponeos para que vuestra vida nueva no os sorprenda, desde ahora
id preparando la senda por la que habrán de caminar vuestros hijos, aquellos espíritus
que aguardan la hora de acercarse a vuestro seno a tomar forma y vida humana para
cumplir una misión.
Sed mis colaboradores en mis planes de restauración, en mi obra de regeneración
y de justicia.
Apartaos de tantas tentaciones que acechan vuestro paso en este tiempo. Orad por
las ciudades pecadoras, donde tantas mujeres se pierden, donde tantos santuarios se
profanan y donde tantas lámparas se apagan.
Extended con vuestros ejemplos la semilla de vida, de verdad y de luz que
contrarresten los efectos de la falta de espiritualidad en la humanidad.
¡Vírgenes de este pueblo, despertad y preparaos a la lucha! No os ceguéis por las
pasiones del corazón, no os deslumbréis ante lo irreal. Desarrollad vuestros dones de
intuición, de inspiración, vuestra delicadeza y ternura, fortaleceos en la verdad y
tendréis preparadas vuestras mejores armas para hacer frente a la lucha de esta vida.
Para que vosotras transmitáis el amor en vuestra sangre, para que sustentéis a
vuestros hijos con la esencia de la vida que es el amor de que tanto os hablo,
necesitáis antes vivirlo, saturaros de él, y sentirlo profundamente. Esto es lo que viene
a hacer mi enseñanza en vuestro corazón.

Matrimonio y familia

La ley del matrimonio descendió como una luz que habló a través de la conciencia
de los primeros, para que reconociesen que la unión del uno con la otra, significaba un
pacto con el Creador. El fruto de esa unión fue el hijo, en el que se fundieron la
sangre de sus padres como una prueba de lo que atareis ante Dios, en la Tierra no
podrá ser desatado.
Esa dicha que el padre y la madre sienten cuando han dado un hijo al mundo, es
semejante a la que el Creador experimentó cuando se hizo Padre dando vida a sus
hijos muy amados. Si después, por conducto de Moisés os entregué leyes para que
supieseis elegir la compañera y no codiciaseis la mujer de vuestro prójimo, fue porque
la humanidad, en virtud de su libre albedrío, se había perdido en las veredas del
adulterio y de las pasiones.
Pasados los tiempos, vine en Cristo al mundo y con mi dulce enseñanza que es
siempre ley de amor, elevé al matrimonio y con ello la moral y la virtud humana.
Hablé en parábolas para hacer inolvidable mi palabra, e hice del matrimonio una
institución sagrada.
Ahora que me encuentro nuevamente entre vosotros, os pregunto, hombres y
mujeres: ¿Qué habéis hecho del matrimonio? ¡Cuan pocos podrán contestar
satisfactoriamente! Mi institución sagrada ha sido profanada, de aquella fuente de
vida, brota muerte y dolor. Sobre la blancura de la hoja de esa ley, están las manchas
y las huellas del hombre y la mujer. El fruto que debiera ser dulce, es amargo, y el
cáliz que beben los hombres es de hiel.
Os apartáis de mis leyes y cuando tropezáis, os preguntáis angustiados. ¿Por qué
será tanto dolor? Porque siempre los instintos de la carne han desoído la voz de la
conciencia. Ahora Yo os pregunto: ¿Por qué no tenéis paz, si os he entregado todo lo
necesario para que fueseis felices?
Yo he puesto en el firmamento un manto azul para que bajo él construyeseis
vuestros nidos de amor, para que ahí, alejados de las tentaciones y complicaciones del
mundo vivieseis con la sencillez de las aves, porque en la sencillez y en la limpia
oración, pueden sentirse la paz de mi reino y la revelación de muchos misterios.
Todo el que se une en matrimonio ante mi Divinidad, aún cuando su unión no esté
sancionada por ningún ministro, hace un pacto conmigo, pacto que queda anotado en
el libro de Dios, en donde están anotados todos los destinos.
¿Quién podrá borrar de ahí esos dos nombres entrelazados? ¿Quién podrá en el
mundo desatar lo que en mi ley ha sido unido?
Si Yo os desuniere, estaría destruyendo mi propia obra. Cuando me habéis pedido
ser unidos en la Tierra y os lo he concedido, ¿Por qué faltáis después a vuestras
promesas y desmentís vuestros juramentos? ¿Por ventura no es una burla a mi ley y a
mi nombre?

He hablado al corazón de la mujer, madre y esposa, que no han sabido conservar
la limpidez en el corazón, ni han sabido dar al compañero y a los hijos, el calor de la
ternura y comprensión.
¿Cómo podrían elevar su vida espiritual, hombres y mujeres si antes no han
corregido los grandes errores que existen en su vida humana?
Mi Obra requiere que sus discípulos sepan dar testimonio con la limpidez y la
verdad de los actos de su vida.
A unos y a otros pregunto: ¿Tenéis hijos?, pues tened caridad de ellos; si pudieseis
contemplar por un momento a esos espíritus, os sentiréis indignos de llamaros sus
padres. No les deis malos ejemplos, cuidaos de hacer escándalo delante de los niños.
Yo sé que en este tiempo, como nunca, existen problemas en el seno de los
matrimonios, problemas a los que sólo les encuentran una solución: el
distanciamiento, la separación.
Si esta humanidad tuviese del conocimiento espiritual la noción necesaria, no
incurriría en tan graves errores, porque encontraría en la oración y en la espiritualidad,
la inspiración para solucionar los trances más difíciles y vencer las pruebas más duras.
Mi luz llega a todos los corazones, a los tristes y a los vencidos, para alentarlos.
En el Segundo Tiempo penetré en el hogar de muchos matrimonios unidos por la
ley de Moisés, y ¿Sabéis cómo encontré a muchos de ellos? Riñendo, destruyendo la
simiente de paz, de amor y de confianza; miré guerras y discordia en los corazones, en
su mesa y en su lecho.
Penetré también en el hogar de muchos que, sin haber sido su matrimonio
sancionado por la ley, se amaban y vivían como lo hacen las alondras en el nido,
acariciando y protegiendo al ser querido.
¡Cuántos hay que viviendo bajo un mismo techo no se aman y al no amarse, no
están unidos, sino están distantes espiritualmente! Mas no hacen pública su
separación, por temor a un castigo divino o a las leyes humanas, o al juicio de la
sociedad y eso no es un matrimonio; en esos seres no hay unión ni verdad.
Sin embargo, presentan su falsa unión, visitan los hogares y los templos, van por
los caminos y el mundo no los juzga porque saben ocultar su falta de amor. En
cambio, cuántos que se aman, tienen que esconderse, ocultando su verdadera unión, y
sufriendo incomprensiones e injusticias.
La Humanidad no se ha elevado para penetrar y juzgar la vida de sus semejantes.
Los hombres que llevan en su mano las leyes espirituales y humanas, no usan la
verdadera justicia para sancionar estos casos.
Pero esos tiempos de comprensión y prudencia que os anuncio, en que la
humanidad se perfeccionará, vendrán y entonces volveréis a ver como en los tiempos
patriarcales, antes de Moisés, en que la unión de los seres se hacía como lo he hecho
en este día con mis hijos, espiritualmente; como lo haréis vosotros también en esos
tiempos por venir, ante la presencia de los padres de los que van a unirse, de los
amigos y parientes, en medio de la mayor espiritualidad, fraternidad y regocijo.

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