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Enfermedad, curación y renovación.




Origen y sentido de la enfermedad

Cuando el hombre se aleja de la senda del bien, por la falta de oración y de buenas
prácticas, pierde su fortaleza moral, su espiritualidad y queda expuesto a la tentación,
y en su debilidad, da cabida a los pecados, y éstos enferman el corazón.
Mas Yo, he venido como Doctor al lecho del enfermo y he puesto en él todo mi
amor y mi cuidado. Mi luz ha sido como agua cristalina en los labios abrazados por la
fiebre y al sentir mi bálsamo sobre su frente, me ha dicho: Señor, sólo vuestra caridad
puede salvarme. Me encuentro gravemente enfermo del espíritu y la muerte llegará
muy pronto a Mí.
Y Yo le he dicho: No moriréis, porque Yo, que soy la vida, he llegado y todo lo que
habéis perdido, os será devuelto.
¿Cuáles méritos puede hacer un enfermo, imposibilitado para toda lucha? Sus
méritos pueden ser muchos y grandes, si sabe revestirse de paciencia y conformidad,
si sabe ser humilde a la voluntad divina y sabe bendecirme en medio de su dolor,
porque su ejemplo será de luz en muchos corazones que habitan en tinieblas, que se
desesperan y se entregan a los vicios o piensan en la muerte cuando les sorprende una
prueba.
Esos seres, al encontrar en su camino un ejemplo de fe, de humildad y de
esperanza, que surge de un corazón que también sufre mucho, porque carga con una
cruz muy pesada, sentirán que su corazón ha sido tocado por un rayo de luz.
Y así es, en efecto, ya que ellos no lograron escuchar la voz de su propia
conciencia; tuvieron que recibir la luz de la conciencia que otro hermano les envió
con su ejemplo y su fe.
No os deis por vencidos, no os confeséis nunca fracasados, no os dobleguéis bajo el
peso de vuestros sufrimientos; tened siempre ante vosotros la lámpara encendida de
vuestra fe; esa fe y vuestro amor os salvarán.

Curación por la fuerza propia

Me pedís que os sane y de cierto os digo que nadie mejor que vosotros mismos
podéis ser vuestro doctor.
¿De qué sirve que Yo os sane y aparte vuestro dolor, si no apartáis de vosotros
vuestros errores, pecados, vicios e imperfecciones? No es el dolor el origen de
vuestros males, sino vuestros pecados. ¡He ahí el origen del dolor! combatid el
pecado, apartadlo de vosotros y seréis sanos, más eso a vosotros corresponde hacerlo,
Yo sólo os enseño y os ayudo.
Cuando a través de vuestra conciencia descubráis el origen de vuestras aflicciones
y pongáis todos los medios para combatirlo, sentiréis en plenitud la divina fuerza,
ayudándoos a vencer en la batalla y a conquistar vuestra libertad espiritual.
Cuan grande será vuestra satisfacción al sentir que por méritos propios
alcanzasteis a libertaros del dolor y conquistasteis la paz. Entonces diréis: ¡Padre mío,
tu palabra fue mi bálsamo, tu Doctrina ha sido mi salvación!
El verdadero bálsamo, pueblo, aquel que sana todos los males, brota del amor.
Amad con el espíritu, amad con el corazón y con la mente y tendréis el poder
suficiente para sanar no sólo las enfermedades del cuerpo o consolar en las pequeñas
miserias humanas, sino que sabréis resolver los misterios espirituales, las grandes
angustias del espíritu, sus turbaciones y remordimientos.
Ese bálsamo resuelve las grandes pruebas, enciende la luz, calma la pena, funde
las cadenas que oprimen.

El hombre desahuciado por la ciencia, volverá a la salud y a la vida, al contacto de
ese bálsamo; el espíritu que se haya desprendido, volverá ante la palabra de amor del
hermano que le llama.
Abolid el dolor. La vida creada por Mí no es dolorosa; el sufrimiento proviene de
las desobediencias y faltas de los hijos de Dios. El dolor es propio de la vida que los
hombres en su disolución han creado.
Elevad vuestra mirada y descubrid la belleza de mis obras; preparaos para que
escuchéis el concierto divino. No os excluyáis de ese festín. Si os aisláis, ¿Cómo
podréis participar de ese deleite? Viviríais tristes, atormentados y enfermos.
Yo quiero que en el concierto universal seáis notas armoniosas; que comprendáis
que habéis brotado de la fuente de la vida, que sintáis que en todas las conciencias
esta mi luz. ¿Cuándo llegaréis a la plenitud en que podáis decir: Padre, someted mi
espíritu al vuestro, así como mi voluntad y mi vida?
Ved que esto no lo podréis decir mientras vuestros sentidos estén enfermos y
vuestro espíritu egoísta-mente aislado del camino.
Vivís bajo el tormento de las enfermedades o del temor a contraerlas y, ¿Qué es
una enfermedad corporal ante una falta del espíritu? Nada, sí él sabe levantarse,
porque en mi caridad siempre encontraréis ayuda.
Así como la sangre corre por vuestras venas y vivifica el cuerpo, así la fuerza de
Dios, como un torrente de vida, pasa a través de vuestro espíritu. No hay motivo para
estar enfermo si cumplís con la ley. La vida es salud, alegría, felicidad, armonía;
estando enfermos no podéis ser un depósito de los bienes divinos.
Mentes, corazones o cuerpos enfermos, el Maestro os dice: Pedid a vuestro
espíritu, que es el hijo del Todopoderoso, que vuelva al camino, que sane vuestras
dolencias y que os ayude en vuestras flaquezas.

La renovación del ser humano

La vanidad, que ha sido flaqueza manifestada desde el primer hombre, será
combatida por medio de la espiritualidad. Es la lucha que siempre ha existido entre el
espíritu y la materia; pues mientras el espíritu tiende a lo eterno y elevado en busca de
la esencia del Padre, la materia busca tan sólo lo que le satisface y halaga, aún cuando
sea en perjuicio del espíritu.
Esta lucha que en cada humano se presenta, es una fuerza originada en el mismo
hombre por la influencia que del mundo recibe, porque lo que es material busca todo
lo que se relaciona con su naturaleza.
Si el espíritu logra dominar y encauzar esa fuerza, habrá armonizado en su propio
ser sus dos naturalezas y alcanzará su progreso y elevación. Si por el contrario, se deja
dominar por la fuerza de la materia, entonces se verá inducido hacia el mal, será una
barca sin timón en medio de una tempestad.
Vosotros, incrédulos y escépticos, no podéis creer en un mundo de justicia, ni
alcanzáis a concebir una vida de amor y virtud en vuestra Tierra. En una palabra: No
os creéis capaces de nada bueno ni tenéis fe en vosotros mismos.
Yo sí creo en vosotros, conozco la simiente que hay en cada hijo mío, porque Yo
lo formé, porque le di vida con mi amor.
Yo sí espero del hombre, sí creo en su salvación, en su dignificación y en su
elevación, porque al crearlo, lo destiné a que reinase en la Tierra, formando en ella
una morada de amor y de paz, y a que su espíritu se forjase en la lucha para llegar por
méritos a habitar en la luz del Reino de Perfeccionamiento, el cual le pertenece por
herencia eterna.

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