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Injusticia y desmoronamiento de la Humanidad.




El sometimiento y la explotación de los débiles

Si los hombres comprendiesen que la Tierra ha sido creada para todos y supiesen
compartir en forma justa con sus hermanos los tesoros materiales y espirituales de que
está sembrada su existencia, de cierto os digo que aquí en este mundo, comenzaréis a
sentir la paz del Reino espiritual.
¿No creéis que la división de la humanidad en pueblos y razas, es algo primitivo?
¿No meditáis que si vuestro adelanto en vuestra civilización, de la que tanto os
enorgullecéis, fuese verdadero, no estaría aún imperando la ley de la fuerza y la
maldad, sino que estarían regidos todos los actos de vuestra vida por la ley de la
conciencia? Y vos, pueblo, no os pongáis al margen de este juicio, que también entre
vosotros descubro guerras y divisiones.
Tened presente el ejemplo de Israel del que habla la historia, cuando tuvo que errar
por el desierto por mucho tiempo; luchó para alejarse del cautiverio y de la idolatría
de Egipto, pero también para alcanzar una tierra de paz y libertad.
Hoy, toda esta humanidad se semeja a aquel pueblo cautivo del Faraón; se imponen
creencias, doctrinas y leyes a los hombres; la mayor parte de las naciones son esclavas
de otras más fuertes; la lucha ruda y el trabajo forzado bajo los latigazos del hambre y
de la humillación, son el pan amargo que ahora come una gran porción de la
humanidad.
Todo esto va haciendo que en el corazón de los hombres vaya tomando cuerpo un
anhelo de liberación, de paz, de una vida mejor.
Este mundo, que debiera ser el hogar de una sola familia que abarcara a toda la
humanidad, es manzana de discordia y motivo de absurdas ambiciones, traiciones y
guerra. Esta vida que debiera ser aprovechada para el estudio, la meditación y el
esfuerzo por alcanzar la vida eterna, aprovechando las pruebas y las lecciones en
beneficio del espíritu, es erróneamente interpretada por la humanidad, dejando que su
corazón se envenene con la rebeldía, la amargura, el materialismo y la inconformidad.
¡Pobres pueblos de la Tierra, esclavizados los unos, humillados los otros y
despojados los demás por sus mismos conductores y representantes!
Ya vuestro corazón no ama a quienes os rigen en la Tierra, porque vuestra
confianza ha sido defraudada; ya no confiáis en la justicia o magnanimidad de
vuestros jueces, ya no creéis en promesas, en palabras ni en sonrisas. Habéis visto que
la hipocresía se ha apoderado de los corazones y que ha establecido en la Tierra su
reinado de mentiras, falsedades y engaños.

¡Pobres pueblos! que llevan sobre sus hombros el trabajo como un fardo
insoportable. Ese trabajo que ya no es aquella bendita ley por medio de la cual el
hombre obtenía cuanto le era necesario para subsistir, sino que se ha convertido en
una lucha desesperada y angustiosa para poder vivir. Y, ¿Qué obtienen los hombres a
cambio de dejar su fuerza y su vida? Un remedo de pan, un cáliz de amargura.
En verdad os digo que no es ese el sustento que Yo deposité en la Tierra para
vuestro deleite y conservación, ése es el pan de la discordia, de las vanidades, de los
sentimientos inhumanos, en fin, es la prueba de la escasa o nula elevación espiritual
de quienes os conducen por la vida humana.
Veo que os arrebatáis el pan los unos a los otros; que los ambiciosos no pueden
ver que los demás posean algo, porque lo quisieran para sí; que los fuertes se
apoderan del pan de los débiles y éstos se concretan a ver comer y gozar a los
poderosos.
Entonces Yo pregunto: ¿Cuál es el adelanto moral de esta humanidad? ¿Cuál es el
desarrollo de sus más nobles sentimientos?
En verdad os digo que la época en que el hombre vivió en cuevas y se cubría con
piel, también se arrebataban de la boca el alimento los unos a los otros; también los
más fuertes se llevaban la mayor parte; también el trabajo de los débiles fue en
provecho de los que se imponían por la fuerza, también se mataban hombres con
hombres, tribus con tribus y pueblos con pueblos.
¿En dónde está la diferencia entre la humanidad de ahora y la humanidad de
aquellos días?
Sí, ya sé que me diréis que habéis alcanzado muchos adelantos, ya sé que me
hablaréis de vuestra civilización y de vuestra ciencia, mas entonces os diré: que todo
ello es precisamente la máscara de hipocresía, tras de la cual escondéis la verdad de
vuestros sentimientos y de vuestros impulsos todavía primitivos, porque no os habéis
preocupado un poco por el desarrollo del espíritu, por cumplir con mi Ley.
Yo no os digo que no busquéis en la ciencia, no, por el contrario: buscad,
analizad, creced y multiplicaos en saber y en inteligencia dentro de la vida material,
pero tened caridad unos de otros, respetad los derechos sagrados de vuestros
semejantes, comprended que no existe ley alguna que autorice al hombre para
disponer de la vida de su hermano, en fin, humanidad, haced algo por aplicar a
vuestra vida mi mandamiento máximo de: ¡Amaos los unos a los otros! para que
salgáis del estancamiento moral y espiritual en que estáis hundidos, y al caer de
vuestra faz el velo de la mentira que le ha cubierto, surja vuestra luz, brille la
sinceridad y se establezca en vuestra vida la verdad. Entonces sí podréis decir que
habéis progresado.

Fortaleceos espiritualmente en la práctica de mis enseñanzas, para que en el futuro
vuestras palabras estén siempre respaldadas por obras verdaderas de caridad,
sabiduría, fraternidad.
Os envío mi paz, pero en verdad os digo: mientras existan hombres que poseen
todo lo necesario y se olviden de los que mueren de hambre, no habrá paz en la
Tierra.
La paz no está en las grandezas humanas, ni en las riquezas. Está en la buena
voluntad, en amarse, en servirse y respetarse los unos a los otros ¡Oh, si el mundo
comprendiese estas lecciones, desaparecerían los odios y brotaría el amor en el
corazón humano!

La perversidad de la humanidad

La humanidad naufraga en medio de una tempestad de pecados y de vicios. No
sólo el hombre cuando llega a ser adulto contamina a su espíritu al permitir el
desarrollo de sus pasiones; también el niño en su tierna infancia, ve zozobrar la
barquilla donde navega.
Mi palabra llena de revelaciones se levanta en medio de esta humanidad, como un
inmenso faro que descubre a los náufragos la verdadera ruta y alienta la esperanza en
los que estaban perdiendo la fe.
La humanidad se ha multiplicado al mismo tiempo que su pecado. No faltan en el
mundo ciudades semejantes a Sodoma y Gomorra, cuyo escándalo repercuta en toda
la Tierra y están envenenando los corazones. De aquellas ciudades pecadoras no
quedaron ni vestigios, a pesar de que sus moradores no eran hipócritas, pues pecaban
a la luz del día.
Mas esta humanidad de ahora, que se oculta en las sombras para dejar desbordar
sus pasiones, y luego aparenta rectitud y limpidez, tendrá un juicio más severo que
Sodoma.
Es la herencia funesta de todas las generaciones pasadas, la que con sus
ambiciones, vicios y enfermedades, está dando sus frutos en este tiempo. Es el árbol
del mal que ha crecido en el corazón de los hombres, árbol que ha sido fecundado con
pecados, cuyos frutos siguen tentando a la mujer y al hombre, haciendo caer día a día
a nuevos corazones.
Bajo la sombra de ese árbol yacen hombres y mujeres sin fuerzas para librarse de
su influencia; ahí han quedado virtudes rotas, honras manchadas y muchas vidas
truncas.

No solamente los adultos corren atraídos por los placeres del mundo y de la carne;
también los adolescentes y hasta los niños, a todos les ha llegado el veneno
acumulado a través de los tiempos. Y los que han logrado escapar de la funesta
influencia de la maldad ¿Qué hacen por los que se han perdido? Juzgarles, censurarles
y escandalizarse de sus actos. Pocos son los que oran por los que se extravían del
sendero y menos los que consagran parte de su vida para combatir el mal.
En verdad os digo, que mi Reino no se establecerá entre los hombres mientras
tenga vida el árbol del mal. Es menester destruir ese poder para lo cual se necesita
poseer la espada del amor y la justicia, única a la que no podrá resistir el pecado.
Comprended que no serán los juicios, ni el castigo, sino el amor, el perdón y la
caridad, esencia de mi Doctrina, la luz que ilumine vuestros senderos y la enseñanza
que lleve a la humanidad a la salvación.
Vuestro materialismo, ha convertido el Edén que confié al hombre, en un infierno.
Falsa es la vida que los hombres llevan, falsos sus placeres, su poder y su riqueza,
falsa su sabiduría y su ciencia.
A ricos y a pobres os preocupa el dinero, cuya posesión es engañosa, os preocupa
el dolor o la enfermedad, os estremece la idea de la muerte. Unos temen perder lo que
tienen y otros ansían tener lo que nunca han poseído. A unos todo les sobra, mientras
a otros todo les falta, pero todas estas luchas, pasiones, necesidades y ambiciones,
sólo hablan de vida material, de hambre del cuerpo, de bajas pasiones, de anhelos
humanos, como si en realidad careciese de espíritu.
El mundo y la materia han vencido temporalmente al espíritu, comenzando por
reducirlo a la esclavitud y acabaron por nulificar su misión en la vida humana. ¿Cómo
no vais a daros cuenta por vosotros mismos, de que esa hambre, esa miseria, ese dolor
y esa angustia que deprime vuestra vida, no son sino el reflejo fiel de la miseria y el
dolor de vuestro espíritu?
El mundo necesita mi palabra, los pueblos y naciones necesitan mis cátedras de
amor, el gobernante, el científico, el juez, el que guía espíritus, el que enseña, todos
necesitan de la luz de mi verdad, y es precisamente a lo que he venido en este
Tiempo, a iluminar al hombre en su espíritu, en su corazón y en su entendimiento.
Todavía vuestro planeta no es morada de amor, de virtud, ni paz. Envío a vuestro
mundo a espíritus limpios y me los volvéis impuros, porque la vida de los hombres
está saturada de pecado y de perversidad.
Contemplo a las virtudes como pequeñas luces aisladas entre los espíritus;
azotadas por los vendavales del egoísmo, de rencores y odios; ése es el fruto que me
ofrece la humanidad.

El mundo errado de una humanidad inmadura

Tenéis gobernantes en cuyo corazón no se alberga la justicia ni la magnanimidad
para gobernar a su pueblo, porque van tras el ideal mezquino del poder y la riqueza.
Hombres que se dicen representantes míos y que ni siquiera conocen el amor hacia
sus semejantes. Médicos que no conocen la esencia de su misión, que es la caridad, y
jueces que confunden la justicia con la venganza y utilizan la ley con fines perversos.
Todo el que tuerce su senda, desviando su mirada de aquella luz que lleva en el
faro de su conciencia, no imagina el juicio que a sí mismo se va preparando.
También hay quienes han tomado misiones que no les corresponden y que con sus
errores van dando pruebas de carecer en lo absoluto de los dones necesarios para
desempeñar el cargo que por sí mismos han asumido.
Así podéis encontrar ministros de Dios que no lo son, porque no fueron enviados
para ello; hombres que conducen pueblos y que no son capaces de conducir sus
propios pasos; maestros que carecen del don de enseñar, y que en vez de hacer luz
turban las mentes. Doctores en cuyo corazón no ha latido el sentimiento de la piedad
ante el dolor ajeno, ignorando que el que verdaderamente posee este don, es un
apóstol de Cristo.
Todas mis instituciones han sido profanadas por los hombres, mas ya es llegada la
hora de que todas sus obras sean juzgadas. Ese juicio es a Mí a quien corresponde
hacerlo; por lo que os digo: velada y cumplid con mis preceptos de amor y de perdón.
Ved este mundo, soberbio, retador y orgulloso de todas las obras de los hombres
con las que asombran a las generaciones de este siglo; en su mayoría no creen ni
aman lo espiritual, por lo tanto, no oran ni practican mi Ley. Sin embargo, están
satisfechos y orgullosos de poder mostrar un mundo portentoso, de maravillas creadas
con el poder de su ciencia.
Pues este mundo maravilloso de los hombres, logrado a través de siglos de
ciencia, de luchas, de guerras y lágrimas, por sus propias manos y con sus armas van a
destruirlo, porque ya se acerca el instante en que la humanidad se dé cuenta de la
inconsistencia y fragilidad de sus obras, a las que faltó el amor, la justicia y el
verdadero anhelo de perfeccionamiento.
Ya pronto sabréis que nada sois sin Dios, que la fuerza, la vida y la inteligencia
sólo de Mí las podéis tomar para hacer una existencia armoniosa entre el espíritu y la
parte humana del hombre.

Los hombres hablan de tiempos remotos, de antigüedad, de largos siglos y eras
interminables, mas Yo siempre os miro pequeños. Yo veo que muy poco habéis
crecido espiritualmente. Considero a vuestro mundo aún en su infancia, aunque a
vosotros os parezca que habéis llegado a la madurez.
No, humanidad, mientras no sea el espíritu quien dé esas pruebas de madurez, de
elevación, de perfeccionamiento, de adelanto y progreso en los distintos órdenes de
vuestra vida, no pasaréis de presentarme obras humanas, sólo grandes en apariencia,
pero sin consistencia moral, sin solidez por la falta de amor. (325, 62-63)
Es tiempo decisivo para los espíritus, es tiempo de contienda, en verdad. Todo es
combate y lucha. Esa guerra está en el corazón de cada uno de los hombres, en el seno
de los hogares, en la raíz de todas las instituciones en todos los pueblos, en todas las
razas.
No solamente en el plano material se combate, también en el valle espiritual. Es la
gran batalla contemplada en forma simbólica por los profetas de otros tiempos, y vista
a través de mirajes por los profetas o videntes de este tiempo.
Mas este combate que agita, que conmueve a todo, no es comprendido por la
Humanidad, aún siendo ella elemento y testigo de esa misma batalla.
Es apresurado el paso de la Humanidad en estos días, y ¿hacia dónde va? ¿Hacia
donde camina con tanta premura el hombre? ¿Acaso por esa senda vertiginosa va a
hallar la felicidad, va a alcanzar la paz deseada, la grandeza que egoístamente anhela
cada corazón?
Yo os digo que lo que en verdad el hombre va a alcanzar con su paso presuroso,
es la fatiga total. Hacia el hastío y el cansancio avanza el espíritu y el corazón de la
Humanidad y ese abismo ha sido preparado por el mismo hombre.
En ese abismo caerá y en esa fatiga total, en ese caos de odios, de placeres, de
ambiciones no satisfechas, de pecado y adulterio, de profanación a las leyes
espirituales y humanas, encontrará una muerte aparente para el espíritu, una muerte
pasajera para el corazón.
Pero de esa muerte, Yo haré que el hombre se levante a la vida. Yo haré que tenga
su resurrección y en esa nueva vida luche por el renacimiento de todos los ideales, por
el resurgimiento de todos los principios y de todas las virtudes, que son atributos y
patrimonio del espíritu, que son su principio, su alfa; porque de Mí el espíritu brotó,
de Mí tomó vida, de mi perfección bebió, de mi gracia quedó saturado.

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