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Poderosos; abusos del poder; las guerras.




El delirio transitorio del poder

Yo soy quien pone las pruebas en vuestro paso para detener a vuestro espíritu,
cuando se aparta del camino de mi Ley para sujeto tan sólo a su libre albedrío.
Examinad el fondo de las pruebas, Yo os lo permito, para que comprobéis que cada
una de ellas es como un cincel que va puliendo vuestro corazón. Ésa es una de las
razones por la cual el dolor os acerca a Mí.
Mas el hombre ha buscado siempre los placeres, ha ido tras el poder y la grandeza
para enseñorearse en la Tierra y ser rey de sus propios hermanos.
Si Yo os he creado con el mismo amor a todos, ¿Por qué ha habido siempre quienes
pretenden ser superiores? ¿Por qué ha habido quienes conduzcan a la humanidad bajo
la humillación y el látigo? ¿Por qué hay quien repudia al humilde y no se conmueve
su corazón por llevar el dolor a sus semejantes? Porque esos son espíritus que no me
han reconocido aún como al Padre que ama a todas sus criaturas y como el único
dueño de todas las existencias.
He ahí porque existen hombres que usurpan y desconocen los derechos sagrados
del hombre. Ellos me sirven de instrumento para mi justicia y, creyendo ser señores y
reyes, sólo son siervos. Perdonadles.
Mirad a los monarcas y a los señores de la tierra. Cuan breve es su gloria y su
reino. Hoy los elevan sus pueblos y mañana los hacen caer de su sitial.
Nadie busque su trono en esta vida, porque creyendo adelantar, detendrá su paso, y
vuestro destino es caminar sin deteneros, hasta llegar a las puertas de mi reino.
De cierto os digo, que los poderosos de ahora se acabarán, para dar paso a los que
serán grandes y fuertes, poderosos y sabios por el amor y la caridad hacia sus
semejantes.
Los hombres que alimentan por ahora sólo ambiciones de poderío y grandezas
terrestres, saben que su adversario más fuerte es la espiritualidad, por eso la combaten
y cuando presienten la lucha que ya se aproxima, la batalla del espíritu contra el mal,
temen perder sus posesiones y por eso se resisten ante la luz que en forma de
inspiración les sorprende a cada paso.
¡Cuan menesterosos llegan ante mi puerta celestial los que fueron grandes y
poderosos en la Tierra, porque se olvidaron de las joyas espirituales y del camino de
la vida eterna ¡Mientras la verdad de mi Reino le es revelada a los humildes, se les
oculta a los sabios y entendidos, porque harían de la sabiduría espiritual lo mismo que
han hecho de la ciencia material, buscarían en esta luz tronos para su vanidad y armas
para sus guerras.

El ejercicio soberbio del poder sobre personas

Ved a los hombres que conducen a los pueblos, creando doctrinas e
imponiéndolas a los hombres. Cada quien pregona la superioridad de su doctrina, mas
Yo pregunto: ¿Cuál ha sido el fruto de todo ello? Las guerras, con su cortejo de
miserias, de sufrimientos, de destrucción y de muerte. Esa ha sido la cosecha que
aquí, en la Tierra, han recogido los apóstoles de tales teorías.
Ved que no he contrariado el libre albedrío de la humanidad, aunque sé deciros
que sobre esa libertad, la conciencia está hablando incesantemente al corazón del que
se aparta de la justicia, de la caridad o de la razón.
Si Cristo volviese en este tiempo a la tierra, hecho hombre, ya no diría como en el
calvario: "Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen", porque ahora recibís en
pleno la luz de la conciencia y el espíritu ha evolucionado mucho. ¿Quién ignora que
Yo soy el dador de la vida, que por lo tanto, nadie puede tomar la de su hermano? Si
el hombre no puede dar la existencia, tampoco está autorizado para tomar lo que no
puede devolver.
Humanidad: ¿Creéis que estáis cumpliendo con mi ley sólo porque decís tener
religión y cumplís con el culto externo? En la ley se os dijo: "No matarás", y estáis
profanando ese mandamiento al derramar a torrentes, en el altar de vuestro pecado, la
sangre de vuestros hermanos.
Yo propongo al mundo la paz, pero la soberbia de las naciones engrandecidas con
su falso poder y su falso esplendor, rechaza todo llamado de la conciencia, para
dejarse arrastrar sólo por sus ambiciones y odios.
Aún no se inclina el hombre del lado del bien, de la justicia y de la razón; todavía
se levantan los hombres juzgando la causa de sus semejantes; aún creen que pueden
hacer justicia. ¿No creéis que en vez de jueces, deberían llamarse asesinos y
verdugos?

Los hombres del poder han olvidado que existe un dueño de todas las vidas y ellos
toman la vida de sus semejantes como si les perteneciese; las multitudes claman pan,
justicia, hogar, vestido. La justicia Yo la haré, no los hombres, ni sus doctrinas.
Pueblo bendito: Esos hombres que se levantan llenos de grandeza y predominio en
las naciones, en los pueblos de la Tierra, son grandes espíritus revestidos de potestad
y poseedores de grandes misiones.
No se hallan al servicio de mi Divinidad; no han puesto su grandeza y sus dones al
servicio del amor y de la caridad; han formado su mundo, su ley y su trono; sus
vasallos, sus dominios y todo cuanto ellos pueden ambicionar.
Mas cuando sienten que el trono se estremece ante las pruebas, cuando sienten
que se acerca la invasión de un enemigo poderoso, cuando contemplan en peligro sus
caudales y sus nombres, se levantan con toda su fuerza, llenos de grandeza, de
vanidad terrestre, de odio y mala voluntad y se lanzan en contra del enemigo, no
importándoles si su obra, su idea, va dejando tras de sí tan sólo la huella del dolor, de
la destrucción y del mal. Buscan solamente la destrucción del enemigo, erigir un trono
mayor, para tener mayor dominio sobre los pueblos, sobre las riquezas, sobre el pan
de cada día y sobre la misma vida de los hombres.
Ya no era tiempo de que existiese reinados en la Tierra, ni pueblos fuertes que
humillasen a los débiles, y sin embargo existen, como una prueba de que aún
prevalecen en el hombre las tendencias primitivas de despojar al débil usando la
fuerza y de conquistar por medio de la violencia.
¡Qué distantes se encuentran los hombres de comprender la paz espiritual que
reinará en el mundo! Ellos tratan de imponerla por medio de la fuerza y de amenazas,
es el fruto de su ciencia, de la cual hacen alarde.
No es que Yo venga a desconocer, o esté en contra de los adelantos de la
humanidad, porque ellos son también una prueba de su evolución espiritual; pero sí os
manifiesto que no es grato ante Mí, su alarde de fuerza y de poderío terrestre, porque
con él, en vez de hacer liviana la cruz de la humanidad, ultrajan los principios más
sagrados, atenían contra las vidas que no les pertenecen y siembran dolor, lágrimas,
luto y sangre, en vez de paz, salud y bienestar. ¿Por qué sí la fuente de donde toma su
ciencia, que es mi propia Creación, que es inagotable en amor, sabiduría, salud y vida,
sus obras manifiestan lo contrario?
Quiero igualdad entre mis hijos, como lo prediqué desde el Segundo Tiempo, pero
no como la conciben los hombres únicamente material. Yo os inspiro la igualdad por
el amor, haciéndoos comprender que todos sois hermanos, hijos de Dios.

Reflexiones sobre la segunda guerra mundial

Estos tiempos son de pruebas, de dolores y amarguras, tiempos en que la
humanidad sufre las consecuencias de tanto odio y mala voluntad de los unos a los
otros.
Mirad los campos de batalla en donde sólo se escucha el estruendo de las armas y
los ayes angustiosos de los heridos. Montañas de cadáveres mutilados, que ayer
fueron cuerpos fuertes de hombres jóvenes. ¿Imagináis a éstos, cuando por última vez
estrecharon entre sus brazos a la madre, a la esposa o al hijo? ¿Quién que no haya
bebido ese cáliz podrá imaginar el dolor de esas despedidas?
Millares y millares de padres, de esposas y de hijos angustiados han visto partir a
los seres amados hacia los campos de guerra, de odios, de venganza, obligados por la
codicia y el orgullo de unos cuantos hombres sin luz y sin amor para sus semejantes.
Estas legiones de hombres jóvenes y fuertes, no han podido volver al hogar
porque quedaron destrozadas en los campos; mas ahí la tierra, la madre tierra más
misericordiosa que los hombres que gobiernan a los pueblos y que creen ser dueños
de la vida de sus semejantes, ha abierto su seno para recibirles y cubrirles
amorosamente.
Mi Espíritu vela por cada ser y estoy pendiente hasta del último de vuestros
pensamientos.
En verdad os digo, que allí en medio de los ejércitos que combaten por ideales y
ambiciones terrestres, he descubierto en los instantes de reposo a los hombres de paz
y de buena voluntad, convertidos en soldados por la fuerza. De su corazón se escapan
los suspiros cuando mi nombre brota de sus labios y las lágrimas corren por sus
mejillas con el recuerdo de los suyos: padres, esposas, hijos o hermanos. Entonces su
espíritu, sin más templo que el santuario de su fe, sin más altar que su amor, ni más
luz que la de su espíritu, se eleva hacia Mí en demanda de perdón por las muertes que
involuntariamente ha ocasionado con sus armas. Me buscan para pedirme con todas
las fuerzas de su ser que les permita retornar a su hogar o que, si han de caer bajo el
golpe del enemigo, que cubra con mi manto de misericordia a los que dejan en la
Tierra.

A todos los que buscan en esta forma mi perdón, Yo los bendigo porque ellos Ho
tienen la culpa de matar, otros son los asesinos, los que habrán de responderme,
llegada la hora de su juicio, de cuanto hayan hecho de las vidas humanas.
Muchos de ellos amando la paz, se preguntan por qué Yo he permitido que fuesen
llevados hasta los mismos campos de batalla y de muerte, a lo cual Yo os digo que si
su entendimiento humano no alcanza a comprender la razón que existe en el fondo de
todo esto, su espíritu en cambio, sabe que está cumpliendo una restitución.
A los que me siguen les dejo la paz del mundo para que velen y oren por él. Las
naciones pronto elevarán sus oraciones para pedirme la paz que a cada instante les he
propuesto.
Antes he permitido que los hombres prueben el fruto de su obra, que contemplen
derramarse ríos de sangre humana y cuadros de dolor, montañas de cadáveres y
ciudades convertidas en escombros. He querido que los hombres de empedernido
corazón vean la desolación de los hogares, la desesperación en los inocentes; las
madres que enloquecidas por el dolor besan los cuerpos destrozados de sus hijos, que
palpen toda la desesperación, la angustia y el lamento de la humanidad, para que
sientan en su soberbia la humillación y su conciencia les diga que es mentira su
grandeza, su poder y su sabiduría, que lo único verdaderamente grande proviene del
Espíritu Divino.
Cuando estos hombres abran sus ojos a la verdad, se horrorizarán, no de los
cuadros que sus ojos contemplen, sino de sí mismos, y al no poder huir de la mirada y
de la voz de su conciencia, sentirán dentro de sí las tinieblas y el fuego del
remordimiento, porque tendrán que dar cuanta de cada vida, de cada dolor y hasta de
la última gota de sangre que por su causa se haya derramado.
Paso a paso los pueblos avanzan hacia el valle donde habrán de unirse para ser
juzgados.
Y aún se atreven a pronunciar mi nombre quienes hacen la guerra y llevan sus
manos manchadas con la sangre de sus hermanos. ¿Ésas son acaso las flores o los
frutos de la doctrina que os he enseñado? ¿No aprendisteis de Jesús cómo perdonaba,
bendecía al que le ofendía y murió dando vida a sus verdugos?
Los hombres han dudado de mi palabra y faltado a la fe; por eso todo lo han
confiado a su fuerza. Entonces he dejado que se desengañen por sí mismos y recojan
el fruto de sus obras, porque sólo así abrirán sus ojos para comprender la verdad.

El carácter despreciable de las Guerras

Es tiempo de que el amor, el perdón y la humildad, surjan del corazón de la
humanidad como armas verdaderas, que se opongan al odio y al orgullo. Mientras el
odio encuentre odio y el orgullo tropiece con el orgullo, los pueblos se extinguirán y
en los corazones no habrá paz.
La humanidad no ha querido comprender que su felicidad y su progreso sólo
puede encontrarlos en la paz, y va tras de sus ideales de poderío y de falsa grandeza
derramando sangre hermana, arrancando vidas y destruyendo la fe de los hombres.
1945 se llevó las últimas sombras de la guerra; la hoz segó millares de existencias
y millares de espíritus retornaran al valle espiritual. La ciencia asombró al mundo y
con sus armas destructoras hizo estremecer la Tierra. Los que vencieron se
convirtieron en jueces y verdugos de los vencidos; el dolor, la miseria y el hambre se
extendieron dejando como huella de su paso, una estela de viudez, de orfandad y de
frío. Las plagas avanzan de nación en nación, y hasta los elementos hacen oír su voz
de justicia y de reproche para tanta maldad. Un manto de destrucción, de muerte y
desolación, es la huella que el hombre que se dice civilizado dejó sobre el haz del
planeta. Ésta es la cosecha que me presenta esta humanidad, mas os pregunto: ¿Esta
cosecha, es digna de pasar a mis graneros? ¿El fruto de vuestra maldad, merece ser
recibido por vuestro Padre? De cierto os digo que este árbol dista mucho de ser el que
podríais haber sembrado si hubieseis cumplido con aquel mandamiento divino que os
ordena amaros los unos a los otros.
¿Cuándo llegaréis a alcanzar la paz del espíritu, si ni siquiera habéis conseguido
obtener la paz del corazón? Yo os digo, que mientras la última arma homicida no
haya sido destruida, no habrá paz entre los hombres. Armas homicidas son todas
aquellas con las cuales los hombres se quitan la vida, matan la moral, se privan de la
libertad, se quitan la salud, se arrebatan la tranquilidad o se destruyen la fe.
Voy a probar a la humanidad que sus problemas no se resolverán por la fuerza y
que mientras haga uso de armas destructoras y homicidas, por terribles y fuertes que
ellas parezcan, éstas no serán capaces de hacer la paz entre los hombres; al contrario,
traerán como consecuencia mayores odios y deseos de venganza. Sólo la conciencia,
la razón y los sentimientos de caridad podrán ser los cimientos sobre los cuales se
asiente la era de paz, mas para que esa luz brille en el interior de los hombres, es
menester que antes beban hasta la última gota del cáliz de amargura.
Si el corazón de los hombres no se hubiese endurecido tanto, el dolor de la guerra
hubiera bastado para hacerle reflexionar sobre sus errores y hubiera vuelto al camino
de la luz; pero aún tiene el recuerdo amargo de aquellas matanzas humanas y ya se
está preparando para una nueva guerra.

¿Cómo podréis concebir que Yo, el Padre, el Amor Divino sea capaz de castigaros
con guerras? ¿Creéis que quien os ama con amor perfecto y desea que os améis los
unos a los otros, pueda inspiraros el crimen, el fratricidio, la muerte, la venganza y la
destrucción? ¿No comprendéis que todo ello se debe al materialismo que ha
acumulado la humanidad en su corazón?
He hecho libre al hombre desde un principio, mas su libertad ha sido siempre
acompañada de la luz de la conciencia; a pesar de ello, él ha desoído la voz de su juez
interior, alejándose del camino de la ley, hasta crear esas guerras fratricidas,
sangrientas y monstruosas, en las que el hijo se ha levantado en contra del Padre,
porque se ha apartado de todo sentimiento de humanidad, de caridad, de respeto y de
espiritualidad.
Ya deberían huir los hombres de la destrucción, de las guerras y evitarse una
dolorosa restitución; que si no alcanzan a purificarse en el bien antes de llegar a Mí,
tendré que enviarles nuevamente a este valle de lágrimas y sangre, porque quien
camina en sentido inverso a la perfección, no podrá I legar a Mí.
No todos los hombres se encuentran en un mismo nivel de comprensión: mientras
unos se maravillan a cada paso, otros todo lo contemplan imperfecto, mientras unos
sueñan con la paz como la cúspide de la espiritualidad y la moral del mundo, otros
proclaman que son las guerras las que hacen evolucionar a los hombres.
Sobre esto os digo: Las guerras no son necesarias para la evolución del mundo; si
los hombres las utilizan para sus fines ambiciosos y egoístas, es por el estado de
materialidad en que se encuentran quienes las promueven; y entre ellos hay quienes
creen en la existencia en este mundo solamente, pues ignoran o niegan la vida
espiritual y son tenidos por sabios entre la Humanidad; por eso es menester que esta
revelación sea conocida por todos.

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