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Cuando se cumplió el tiempo.




Profecías

Para que el Verbo de Dios habitara entre la humanidad, y le mostrara el camino de
su restitución con los sublimes ejemplos de su amor, todo lo preparó el Padre.
Primero inspiró a los profetas que habían de anunciar la forma en que el Mesías
vendría al mundo, cuál sería su obra, sus padecimientos y su muerte en cuanto
hombre, a fin de que cuando Cristo apareciese en la Tierra, el que conociese las
profecías, le reconociera al instante.
Siglos antes de mi presencia a través de Jesús, el profeta Isaías dijo: Por lo tanto el
Señor os dará esta señal "He aquí que la virgen concebirá y dará a luz un hijo que se
llamará Emmanuel" (que quiere decir "Dios con nosotros"). Con esta profecía entre
otras anunció mi llegada.
David, muchos siglos antes de mi advenimiento, cantaba con salmos llenos de
dolor y sentido profetice, los sufrimientos del Mesías durante la crucifixión. En
aquellos salmos habla de una de mis siete palabras en la cruz, anuncia el desprecio
con que las multitudes me habían de conducir al sacrificio, las frases de burla de los
hombres al oírme decir que en Mí estaba el Padre, la soledad que había de
experimentar mi cuerpo ante la ingratitud humana, todos los tormentos a que habría
de ser sujeto y hasta la forma en que echarían suertes sobre mi vestidura.
Cada uno de mis profetas vino a anunciar mi llegada, a preparar los caminos y a dar
señales precisas para que llegado el día nadie se confundiese.

La espera del Mesías en el pueblo judío

El mundo en esta Era no supo esperarme como me esperó el pueblo de Israel en
aquel Segundo Tiempo. Mis grandes profetas habían anunciado a un Mesías, a un
Salvador, al Hijo de Dios, quien vendría a libertar a los oprimidos y a iluminar al
mundo con la luz del Verbo y aquel pueblo, mientras más sufría, más deseaba la
llegada del prometido; mientras más bebía en el cáliz de la humillación y la opresión,
más anhelaba la presencia del Mesías, y por doquiera buscaba indicios y señales que
le hablasen de la proximidad de la llegada de su Salvador.
De generación en generación y de padres a hijos iba pasando la divina promesa que
hizo velar y orar por mucho tiempo al pueblo escogido del Señor.
Al fin llegué entre mi pueblo, pero no todos supieron reconocerme, aunque todos
me esperaban; unos lo hacían con espiritualidad y otros a través de una interpretación
materialista.
Pero me bastó la limpidez y el amor de los que sintieron mi presencia y miraron el
Reino de los Cielos en la luz de mi palabra, para que creyeran en mi manifestación;
me bastó con los que me siguieron fielmente y miraron en Mí a su Salvador espiritual,
porque ellos fueron los que dieron testimonio de mi verdad después que partí de este
mundo.
Aunque mi mensaje era para todos los pueblos de la Tierra, llamé al corazón de!
pueblo escogido para que él se convirtiese luego en portavoz de mi palabra. Sin
embargo, no sólo ese pueblo sintió mi presencia, también en otras naciones los
hombres supieron descubrir las señales de mi llegada y presintieron el tiempo de mi
presencia en la Tierra.
En cada era y en cada Revelación Divina aparece Elías ante los hombres.
Aún no había llegado el Mesías a la Tierra, faltaba poco para que naciera en
cuanto hombre y el espíritu del profeta ya había encarnado en Juan que luego fue
llamado el Bautista, para anunciar la proximidad del Reino de los Cielos, que sería la
presencia del Verbo entre los hombres.

María, la madre carnal de Jesús

Desde el Primer Tiempo, los patriarcas y profetas comenzaron a hablar del
Advenimiento, de la venida del Mesías. Mas el Mesías no vino solamente en Espíritu,
vino a encarnarse, vino a hacerse hombre y a tomar carne de una mujer.
La esencia maternal divina tuvo que encarnarse también, hacerse mujer, como una
flor de pureza; para que de su corola brotase la fragancia, el perfume del Verbo de
Dios que fue Jesús.
En Nazareth vivía una flor de pureza y de ternura, una virgen desposada, llamada
María que era precisamente la anunciada por el profeta Isaías, para que de su seno
surgiese el fruto de la Vida Verdadera.
Hasta ella llegó el enviado espiritual del Señor para comunicarle la misión que
traía a la Tierra, diciéndole: "Salve muy favorecida, el Señor es contigo, bendita Tú
entre las mujeres".
La hora de ser revelado el divino misterio, había llegado, y todo lo que sobre la
presencia del Mesías, del Salvador, del Redentor, se había dicho, estaba próximo a
cumplirse. Pero cuan pocos fueron los corazones sensibles a mi presencia. Cuan
pocos los espíritus que estuvieron preparados, para reconocer en la luz de mi verdad
el reino de los cielos.

La adoración del Niño Jesús

La humanidad está recordando en este día, aquél en que unos magos de Oriente
llegaron hasta el pesebre de Belén para adorar al Dios niño. Hoy me preguntan
algunos corazones: ¿Señor, es verdad que aquellos señores poderosos y sabios se
inclinaron delante de vos, reconociendo vuestra divinidad?
Si, hijos míos, fue la ciencia, el poder y la riqueza los que llegaron a postrarse ante
Mi presencia.
También estaban allí los pastores, sus esposas y sus niños con sus humildes, sanos
y sencillos presentes, con los que recibían y saludaban al Redentor del mundo y a
María como el símbolo de la ternura celestial. Ellos representaban la humildad, la
inocencia, la sencillez; mas los que tenían en sus pergaminos las profecías y las
promesas que hablaban del Mesías, dormían profundamente sin presentir siquiera
quién había llegado al mundo.

El lazo de amor entre Jesús y María

Jesús vivió su niñez y juventud al lado de María, y en su regazo y a su lado gozó
de su amor maternal. La ternura divina hecha mujer endulzó al Salvador los primeros
años de su vida en el mundo, ya que llegada la hora, había de beber tanta amargura.
¿Cómo es posible que haya quien pueda pensar que María, en cuyo seno se formó
el cuerpo de Jesús y a cuyo lado vivió el Maestro, pudiese carecer de elevación
espiritual, de pureza y santidad.
El que me ame, antes tendrá que amar todo lo mío, todo lo que amo Yo.

La sabiduría de Jesús

Dicen los hombres en sus libros, que Jesús estuvo entre los Escenios buscando su
saber, mas quien todo lo sabía y fue antes que los mundos, nada tenía que aprender de
los hombres; no podía lo divino aprender de lo humano. Dondequiera que estuve fue
para enseñar. ¿Puede haber en la Tierra alguien más sabio que Dios? Cristo vino del
Padre a traer a los hombres la sabiduría divina. ¿No os dio prueba de ello vuestro
Maestro cuando a los doce años de edad, dejó absortos a los teólogos, a los filósofos y
a los doctores de la Ley de aquel tiempo?
Hay quienes han atribuido a Jesús las debilidades de todos los hombres, gozando
con arrojar sobre el hombre divino y sin mancha, el cieno que llevan en su corazón.
Esos no me conocen.
Si todas las maravillas de esta Naturaleza que contempláis no son más que la
materialización de pensamientos divinos, ¿No pensáis que el cuerpo de Cristo es la
materialización de un pensamiento sublime de amor de vuestro Padre? Entonces
Cristo os amó con el Espíritu, no con la carne. Mi verdad nunca podrá ser falseada
porque ella contiene una luz y una fuerza absolutas.
En el Segundo Tiempo os di un ejemplo de como debéis esperar la hora justa para
dar cumplimiento a la misión que os trajo a la Tierra.
Yo esperé a que mi cuerpo, aquel Jesús que contemplaron los hombres, llegase a
su mejor edad para cumplir a través de él la divina misión de enseñaros el amor.
Cuando aquel cuerpo, el corazón y la mente habían llegado a su pleno desarrollo,
mi Espíritu habló por sus labios, mi sabiduría cruzó por su mente, mi amor se posó en
su corazón y fue tan perfecta la armonía entre aquel cuerpo y la divina luz que lo
iluminaba, que muchas veces dije a las multitudes: "Quien conoce al hijo, conoce al
Padre".
Cristo tomó la verdad de Dios para enseñarla a los hombres, no vino a tomarla del
mundo. Ni de los griegos, caldeos, escenios, o fenicios, de ninguno vino a tomar la
luz. Ellos no conocían aún el camino del cielo y Yo vine a enseñar lo que no era
conocido en la Tierra.
Jesús había consagrado su infancia y su juventud a la caridad y a la oración, en
tanto llegaba la hora de anunciar el Reino de los Cielos, la Ley del amor y la justicia,
la Doctrina de la luz y de la vida.
Buscad la esencia de mi palabra vertida en aquel tiempo y decidme si ella puede
proceder de alguna doctrina humana o de alguna ciencia conocida entonces.
Yo os digo que si verdaderamente hubiese tomado sabiduría de aquellos hombres,
hubiese buscado a mis discípulos entre ellos y no en los hombres rudos e ignorantes
con que formé mi apostolado.

La incomprensión del entorno humano en Nazareth

Tuve que buscar el seno de un pueblo como Egipto, ya que el pueblo al que había
venido, no sabía darme albergue; pero no era el único dolor que habría de sentir mi
corazón.
Cuando volví de Egipto y fui a habitar en Nazareth, a cada paso era burlado y
herido por las frases de incredulidad y envidia.
Hice prodigios ahí, manifesté mi caridad y mi poder y fui negado. Ni uno solo de
los que de cerca conocían mi vida y mis obras, creyó en Mí.
De ahí que, llegada la hora de la predicación, tuve que decir al dejar Nazareth: "En
verdad os digo que no hay profeta que sea creído en su patria, menester es salir de ella
para que su palabra sea oída".

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