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Hechos y personajes del pueblo de Israel.




La historia del pecado original

La historia de los primeros hombres que habitaron la Tierra fue pasando de
generación en generación hasta llegar a quedar escrita en el libro del Primer Tiempo.
Es una parábola viviente la de aquellos primeros seres que habitaron la Tierra. Su
pureza y su inocencia les permitieron sentir la caricia de la Madre Naturaleza, un
calor de amistad existía entre todos los seres y una completa fraternidad entre todas
las criaturas.
En una parábola divina, inspiré a los primeros hombres para que empezaran a tener
conocimiento de su destino, pero fue mal interpretado el sentido de mis revelaciones.
Cuando se os habló del árbol de la vida, de la ciencia del Bien y del Mal, del cual
comió el hombre, sólo se os quiso dar a entender que, cuando el hombre llegó a tener
conocimiento suficiente para distinguir entre lo justo y lo injusto y comenzó a ser
responsable de sus actos, desde entonces comenzó a recoger el fruto de sus obras.
Sabéis que Dios dijo a los hombres: creced y multiplicaos y henchid la tierra. Esa
fue la primitiva ley que se os dio, ¡oh pueblo!; más tarde, el Padre no pedirá a los
hombres que tan sólo se multipliquen y que la especie siga creciendo, sino que sus
sentimientos sean cada vez más elevados y que su espíritu emprenda un franco
desarrollo y desenvolvimiento. Mas si la primera ley fue la propagación de la raza
humana, ¿Cómo concebís que el mismo Padre os aplicase una sanción por obedecer y
cumplir con un mandato suyo? ¿Es posible, pueblo, que en vuestro Dios exista una
contradicción semejante?
Mirad que interpretación tan material dieron los hombres a una parábola en que tan
sólo se os habla del despertar del espíritu en el hombre; por lo tanto, analizad mi
enseñanza y no digáis más que estáis pagando la deuda que por su desobediencia
contrajeron los primeros pobladores para con vuestro Padre. Tened una idea más
elevada de la justicia divina.
Éste es el tiempo en el que podéis comprenderme cuando os digo: Creced y
multiplicaos y que debéis henchir el Universo con vuestras buenas obras y con
pensamientos elevados. Yo doy la bienvenida a todos los que quieren acercarse a Mí,
a todos los que buscan la perfección.

Libre albedrío y pecado original

Me decís que por causa del libre albedrío habéis caído en faltas y errores. También
os digo que por ese don podéis elevaros infinitamente más allá del punto de donde
partisteis al principio de vuestra evolución.
Además del libre albedrío, di a cada espíritu mi luz en su conciencia para que nadie
se perdiese, pero los que no quisieron escuchar mi voz o no quisieron penetrar en su
interior en busca de la luz espiritual, pronto se dejaron seducir por los innumerables
placeres de la vida humana, perdieron el apoyo de mi Ley para su espíritu y tuvieron
que tropezar y caer.
Una sola falta trajo muchas consecuencias penosas y es que la imperfección
desarmoniza con el amor divino.
Los que rendidos y arrepentidos volvieron inmediatamente al Padre y le pidieron
mansamente que los desmanchara y los librara de las faltas que acababan de cometer,
el Señor los recibió con infinito amor y caridad, confortó su espíritu, los envió a
reparar sus faltas y los afirmó en su misión.
No creáis que todos retornaron mansos y arrepentidos después de la primera
desobediencia. No, muchos llegaron llenos de soberbia o de rencor. Otros
avergonzados, reconocieron su culpabilidad, quisieron justificar sus faltas ante Mí, y
lejos de purificarse con el arrepentimiento y la enmienda, que son prueba de
humildad, optaron por crear para sí mismos una vida a su manera; fuera de las leyes
que dicta mi amor.
Entonces se presentó mi justicia, mas no para castigarlos, sino a corregirlos, no
para destruirlos, sino para conservarlos eternamente, proporcionándoles una amplia
oportunidad para perfeccionarse.
¡Cuántos de aquellos primeros pecadores, aún no logran apartar de sí sus
manchas, porque de caída en caída, fueron descendiendo más y más al fondo del
abismo, del cual sólo la práctica de mi Ley podrá salvarles.

El diluvio

En los primeros tiempos de la humanidad, había inocencia y sencillez entre los
hombres, pero a medida que ellos se multiplicaban, por razón de su evolución y de su
libre albedrío, también sus pecados iban en aumento y fueron desarrollando en forma
más rápida, no sus virtudes sino sus flaquezas delante de mi Ley.
Entonces Yo preparé a Noé, con el que me comuniqué de Espíritu a espíritu,
porque esta comunicación la he establecido con los hombres desde el principio de la
humanidad.
Le dije a Noé: "Yo purificaré al espíritu de los hombres de todos sus pecados, para
ello enviaré un gran diluvio. Prepara un arca y en ella haz entrar a tus hijos, a sus
mujeres, a los hijos de tus hijos y también haz penetrar una pareja de toda especie del
reino animal".
Noé fue obediente a mi mandato y llegó el cataclismo, en cumplimiento a mi
palabra. La mala simiente fue cortada de raíz, y la buena semilla conservada en mis
graneros, con la cual formé una nueva humanidad que llevó la luz de mi justicia, y
supo cumplir con mi Ley y vivir en la práctica de las buenas costumbres.
¿Pensáis acaso, que aquellos seres que encontraron muerte tan dolorosa,
perecieron en materia y en espíritu? De cierto os digo: No, mis hijos, sus espíritus
fueron conservados por Mí y despertaron ante el juez de su propia conciencia y fueron
preparados para volver nuevamente a la senda de la vida, para que en ella encontraran
el progreso espiritual.

La abnegación de Abraham

No siempre será necesario que bebáis hasta el fondo el cáliz de amargura, porque
bastará con mirar vuestra fe, vuestra obediencia, vuestro propósito e intención de
obedecer mi mandato, para que Yo os exima de llegar al instante más duro de vuestra
prueba.
Recordad que a Abraham le fue pedida la vida de su hijo Isaac, a quien mucho
amaba y que el patriarca, sobreponiéndose a su dolor y pasando por sobre el amor a su
hijo, se aprestó a sacrificarlo en una prueba de obediencia, de fe, de amor y humildad
que aún vosotros no podéis concebir; mas no le fue permitido que consumase el
sacrificio en el hijo, porque ya en el fondo de su corazón había probado su obediencia
ante la voluntad divina y con ello era bastante. ¡Cuan grande fue el gozo de Abraham,
cuando su mano fue detenida por una fuerza superior, impidiéndole el sacrificio de
Isaac! ¡Cómo bendijo el nombre de su Señor y se maravilló de su sabiduría!
En Abraham y en su hijo Isaac os di una imagen de lo que sería el sacrificio del
Redentor, cuando puse a prueba el amor que Abraham me profesaba pidiéndole que
él, por su propia mano sacrificara a su hijo, a su muy amado Isaac.
En aquel acto, si sabéis meditar, encontraréis una semejanza de lo que más tarde
fue el sacrificio del Unigénito por la salvación del mundo.
Abraham fue la representación de Dios, e Isaac la imagen de Jesús; en aquel
momento el patriarca pensaba que si el Señor le pedía la vida de su hijo, era para que
la sangre del inocente lavase las faltas del pueblo, y a pesar de amar profundamente al
que era carne de su carne, fue más fuerte en él la obediencia hacia su Dios y la caridad
y amor hacia su pueblo, que la vida de su amado hijo.
El obediente Abraham estuvo a punto de descargar el golpe mortal sobre su hijo;
en el instante en que transido de dolor, levantaba el brazo para sacrificarle, mi poder
le detuvo, ordenándole que inmolara un cordero en lugar de su hijo, para que quedara
aquel símbolo, como testimonio de amor y obediencia.

Escala al cielo en el sueño de Jacob

¿Sabéis que significado encierra aquella Escala que en sueños contempló Jacob?
Esa Escala representa la vida y la evolución de los espíritus.
El cuerpo de Jacob dormía en el momento de la revelación; pero su espíritu se
encontraba despierto. Él se había elevado hacia el Padre, buscando como medio la
oración y al penetrar su espíritu en las regiones de luz, alcanzó a recibir un mensaje
celestial que quedaría como un testamento de revelaciones y verdades espirituales
para su pueblo, que es toda la humanidad, porque Israel no es nombre material sino
espiritual.
Jacob veía que aquella escala estaba apoyada en la Tierra y que su cúspide tocaba
el cielo; esto indica el camino de elevación espiritual que empieza en la Tierra a
través de la carne y termina fundiendo su luz y su esencia con la de su Padre, fuera de
toda influencia material.
Vio el patriarca que por aquella escala subían y descendían ángeles, representando
ello, el incesante encarnar y desencarnar, el continuo ir y venir de los espíritus en pos
de luz, o también en misión de restituir y de purificarse, para elevarse un poco más al
retornar al mundo espiritual. Es el camino de evolución espiritual que conduce al
perfeccionamiento.
Por eso Jacob contempló en la cumbre de la escala la forma representativa de
Jehová, indicando que Dios es la meta de vuestra perfección, de vuestras aspiraciones
y el supremo galardón de infinitos goces, como compensación de arduas luchas, a los
prolongados sufrimientos y a la perseverancia por llegar al seno del Padre.
En las vicisitudes y en las pruebas, el espíritu encontró siempre la oportunidad de
hacer méritos para ascender. Ahí, en cada prueba, ha estado siempre representada la
Escala de Jacob, invitándoos a subir un peldaño más.
Grande revelación fue aquella, ¡oh discípulos!, porque en ella se os hablaba de la
vida espiritual en un tiempo en el que apenas se iniciaba el despertar del espíritu hacia
el culto a lo divino, a lo elevado, a lo puro, bueno y verdadero.
Ese mensaje no podía ser tan sólo para una familia, ni siquiera para un solo
pueblo; su esencia era espiritual y por lo tanto tenía universalidad. Por eso mismo la
voz del Padre dijo a Jacob: "Yo soy Jehová, el Dios de Abraham y el Dios de Isaac, la
tierra en que os encontráis os la daré a vos y a vuestra simiente y esa simiente será
como el polvo del mundo y os extenderéis hacia el occidente y al oriente, y al norte y
al mediodía y todas las familias de la Tierra serán benditas en vos y en vuestra
simiente".

José y sus hermanos
José, hijo de Jacob, había sido vendido por sus propios hermanos a unos
mercaderes que se dirigían a Egipto. José era aún pequeño y ya había dado pruebas de
un gran don de profecía; la envidia se apoderó de sus hermanos, quienes se
deshicieron de él creyendo no volver a verle; mas el Señor, que velaba por su siervo,
le protegió y le hizo grande ante el Faraón de Egipto.
Muchos años después, cuando el mundo fue azotado por la sequía y el hambre,
Egipto, guiado por los consejos e inspiraciones de José, almacenó suficientes
provisiones para resistir la prueba.
Fue entonces cuando los hijos de Jacob llegaron en busca de alimentos a Egipto.
Grande fue su asombro cuando reconocieron a su hermano José convertido en
ministro y consejero del Faraón. Al verlo, cayeron de hinojos a sus pies, arrepentidos
de su falta, y reconocieron que las profecías de su hermano se habían cumplido.
Aquél a quien daban por muerto estaba ahí delante de ellos lleno de poder, de virtud y
de sabiduría. El profeta a quien habían vendido, les estaba demostrando la verdad de
la profecía que d Señor había puesto en sus labios desde niño. El hermano a quien
habían vejado, vendiéndolo, les estaba perdonando, ¿Comprendéis pueblo? Ahora
sabéis por qué os he dicho en este día: ¿Cuándo me reconoceréis como reconocieron a
José sus hermanos?

La peregrinación por el desierto con Moisés

En el Primer Tiempo, Moisés fue a la cabeza de Israel para guiarlo por el desierto
durante 40 años hacia las tierras de Canaán; mas por la desobediencia, la incredulidad
y el materialismo, los unos blasfemaron, otros renegaron y otros más se sublevaron; y
Moisés ante tal situación les habló con prudencia y paciencia para que no ofendieran
la voluntad suprema y fueran humildes y obedientes ante aquel Padre que sin
contemplar su desobediencia hizo descender el maná de los cielos y manar agua de la
roca.
Moisés había dado pruebas suficientes de que el Dios verdadero estaba con él,
mas el pueblo quería más testimonios y el enviado, llevando a las multitudes hasta las
faldas del monte Sinaí, invocó el poder de Jehová y Él escuchándole, le concedió
grandes pruebas y prodigios.
Quiso el pueblo escuchar y ver a Aquél a quien Moisés oía y contemplaba a través
de su fe y al pueblo me manifesté en la nube y le hice escuchar por horas y horas mi
voz, mas era tan potente, que los hombres sentían morir de temor; su cuerpo temblaba
y su espíritu se estremecía ante aquella voz de justicia. Entonces el pueblo suplicó a
Moisés le rogara a Jehová que ya no hablara a su pueblo, porque no podían
escucharle. Reconoció que era muy pequeño aún para poder comunicarse
directamente con el Eterno.
Forjad vuestro espíritu en los grandes combates de la vida, como se forjo aquel
pueblo de Israel en el desierto ¿Sabéis vosotros lo extenso que es el desierto, que
parece no tener término, con un sol inclemente y arenas candentes? ¿Sabéis lo que es
la soledad y el silencio y el tener que permanecer en vigilia, porque los enemigos
acechan? En verdad os digo que ahí, en el desierto, fue en donde aquel pueblo supo lo
grande que es creer en Dios y aprendió a amarlo. ¿Qué podía esperar del desierto
aquel pueblo? Y sin embargo todo lo tuvo: el pan, el agua, un hogar para descansar,
un oasis y un santuario donde elevar su espíritu agradecido hacia su Padre y Creador.

La lucha de Elías por el Dios verdadero

En el Primer Tiempo vino Elías a la Tierra, llegó al corazón de la humanidad, y la
encontró caída en paganismo e idolatría. El mundo se encontraba gobernado por reyes
y sacerdotes, y ambos se habían apartado del cumplimiento de las leyes divinas y
guiaban a sus pueblos por caminos de confusión y falsedad. Habían erigido altares a
distintos dioses, a los que rendían culto.
Elías apareció en ese tiempo y habló a aquéllos con palabra justiciera: "Abrid
vuestros ojos y mirad que habéis profanado la ley del Señor, habéis olvidado el
ejemplo de sus enviados y habéis caído en cultos indignos del Dios viviente y
poderoso, es menester que despertéis, le miréis y le reconozcáis, derrumbad vuestra
idolatría y elevad vuestros ojos sobre toda figura con que le hayáis representado".
Elías oyó mi voz que le decía: "Alejaos de ese pueblo inicuo, decidle que por
mucho tiempo la lluvia no caerá, hasta que vos lo ordenéis en nombre mío".
Elías habló: "No lloverá hasta que mi Señor señale la hora y mi voz lo ordene"; y
diciendo esto se alejó.
Desde ese día la tierra fue seca, pasaron las estaciones propicias para la lluvia, sin
que ésta acudiera. En el cielo no se veían señales de agua, los campos sintieron la
sequía, los ganados comenzaron a perecer, los hombres cavaban la tierra buscando
agua para calmar su sed, sin encontrarla; los ríos se secaron, la hierba se marchitó
sucumbiendo bajo los rayos de un sol candente y los hombres clamaban a sus dioses,
pidiendo que aquel elemento tornara a ellos para sembrar y recoger simiente que los
alimentara.
Elías se había alejado por mandato divino, oraba y esperaba la voluntad de su
Señor. Los hombres y las mujeres empezaban a salir de sus tierras en busca de nuevos
pueblos en donde no carecieran de agua; por doquier se miraban caravanas y en todos
los lugares la tierra era seca.
Pasaron los años y un día en que Elías elevaba su Espíritu al Padre, oyó su voz
que le decía: "Buscad al rey, y cuando Yo os dé la señal, las aguas volverán a caer
sobre esta tierra".
Elías, humilde y lleno de obediencia, fue delante del rey de aquel pueblo y mostró
su poder delante de los adoradores del falso dios; después habló del Padre y de su
poder y entonces aparecieron las señales, rayos, truenos y fuego se vieron en el cielo,
después el agua vivificadora cayó a torrentes; de nuevo los campos se vistieron de
verdor y los árboles se llenaron de frutos y hubo bonanza.
El pueblo ante esta prueba despertó y recordó a su Padre que le llamaba y
amonestaba por conducto de Elías. Muchos y muy grandes fueron en aquel tiempo los
prodigios de Elías para conmover a la humanidad.

Las doce tribus de Israel

No creáis que sólo en el seno del pueblo de Israel han existido profetas,
precursores y espíritus de luz. También en otros pueblos he enviado algunos de ellos,
mas los hombres los tomaron como dioses y no como enviados y crearon bajo sus
enseñanzas, religiones y cultos.
El pueblo de Israel no comprendió la misión que para con otros pueblos tenía y
durmió en un lecho de bendiciones y complacencias.
El Padre lo había formado como una familia perfecta en la que una tribu tenía la
misión de defender al pueblo y mantener la paz, otra labraba la tierra, otra tribu era de
pescadores y navegantes. A otra le fue confiado el culto espiritual, y así
sucesivamente, cada una de las doce tribus que integraron el pueblo, desempeñó
diferente misión que en conjunto daba un ejemplo de armonía. Mas en verdad os digo,
los dones espirituales que poseísteis en aquellos primeros tiempos, los tenéis aún.

Los profetas y primeros reyes de Israel

Los profetas hablaron con gran verdad, casi siempre vinieron a la Tierra en
tiempos de confusión y de desvío, amonestando a los pueblos, invitándolos al
arrepentimiento y a la enmienda, anunciando grandes pruebas de justicia si no
tornaban al bien, y otras veces prediciendo bendiciones por el acatamiento y
obediencia a la Ley divina.
Mas lo que aquellos profetas hablaban, era una exhortación a las prácticas del
bien, de la justicia y del respeto entre unos y otros. No venían revelando la vida del
espíritu, su destino y su evolución; ni el mismo Moisés, a quien escogí para
convertirlo en representante mío y por su conducto entregué la Ley para todos los
tiempos, os habló de la vida espiritual.
La Ley del Padre encierra sabiduría y justicia, enseña al hombre a vivir en paz, a
amarse y respetarse unos a otros, y a hacerse dignos delante de Mí, como hombres;
pero Moisés no mostró a la humanidad lo que hay más allá de los umbrales de la
muerte corporal, ni cuál es la restitución de los espíritus desobedientes, o el galardón
para los prudentes y celosos de su misión.
Después reinó David, pleno de dones y de inspiración y en sus momentos de
elevación, en sus éxtasis, escuchaba himnos y cantos espirituales con los que formó
los salmos con que habría de invitar al pueblo de Israel a orar y a tributar a su Señor la
mejor ofrenda de su corazón. Y David, con todo su amor e inspiración, no pudo
revelar al pueblo la maravillosa existencia de los espíritus, su evolución y su meta.
Y Salomón, que sucedió a aquél en el reinado y que también
demostró los grandes dones de sabiduría y de poder que le habían sido concedidos,
por los cuales fue amado y admirado, y aún hoy son recordados sus consejos, sus
juicios y proverbios; si su pueblo se hubiese acercado a él para preguntarle: Señor,
¿Cómo es la vida espiritual? ¿Qué hay más allá de la muerte? ¿Qué es el espíritu?
Salomón, con toda su sabiduría, no hubiese podido contestar.

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