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La obra de Jesús en la tierra.




El bautismo en el Jordán

El dulce Jesús, el humilde Nazareno que había esperado la hora en que por sus
labios brotase la divina palabra, buscó a Juan en las riberas del Jordán para recibir las
aguas del bautismo. ¿Iba Jesús en busca de purificación? No, pueblo. ¿Iba acaso a
celebrar un rito? Tampoco. Jesús sabía que era llegada la hora en que Él dejaba de ser,
en que el hombre desaparecía para dejar hablar al Espíritu y quiso señalar esa hora
con un acto que se grabaría en la memoria de la humanidad.
Las aguas simbólicas no tuvieron que lavar ninguna mancha, pero sí para ejemplo
de la humanidad, despojaban a aquel cuerpo de todo lazo con el mundo, para dejar
que se fundiese en voluntad con el espíritu. Fue cuando los que presenciaron aquel
acto, escucharon una voz divina que humanizada dijo: "He aquí a mi Hijo amado, en
quien he puesto mis complacencias, a Él oíd".
Y desde ese instante, el Verbo de Dios se hizo palabra de vida eterna en los labios
de Jesús, porque Cristo se manifestó en plenitud a través de Él. Los hombres le
llamaron Rabí, Maestro, Enviado, Mesías e Hijo de Dios.
Después me interné en el desierto para meditar, para enseñaros a penetrar en
comunión con el
Creador y contemplar desde el silencio del desierto la obra que me esperaba, para
enseñaros con ello, que para levantaros al cumplimiento de la obra que os he
confiado, antes tenéis que purificaros. Después, en el silencio de vuestro ser, buscad
la comunión directa con vuestro Padre, y así preparados, limpios, fortalecidos y
resueltos, levantaos con firmeza al cumplimiento de vuestra delicada misión.

La unidad de Jesucristo con Dios

Tres años hablé al mundo por aquellos labios, sin que una de mis palabras o uno de
mis pensamientos fuese tergiversado por aquella mente, sin que uno de sus actos
estuviese en desacuerdo con mi voluntad. Es que Jesús y Cristo, hombre y espíritu
fueron uno, como Uno es Cristo con el Padre.
Mirad en Mí al Padre, porque de cierto os digo que Cristo con el Padre son Uno
desde la eternidad, desde antes de que los mundos fueran.
En el Segundo Tiempo ese Cristo que es Uno con Dios, encarnó en la Tierra en el
cuerpo bendito de Jesús y así vino a ser el Hijo de Dios, mas sólo en cuanto hombre,
porque vuelvo a deciros que un solo Dios existe.
Yo me hice hombre en Jesús, no fue para daros a entender que Dios tiene forma
humana, sino para hacerme ver y oír de quienes estaban ciegos y sordos para todo lo
que es divino.
Si el cuerpo de Cristo, hubiese sido la forma de Jehová, en verdad os digo, que ni
hubiese sangrado ni hubiese muerto, fue un cuerpo perfecto pero humanizado y
sensible para que la humanidad lo viese y a través de él oyese la voz de su Padre
celestial.
Dos naturalezas hubo en Jesús, una material, humana, creada por mi voluntad en
el seno virginal de María, a la que llamé el Hijo del Hombre, y la otra divina, el
Espíritu, el cual fue nombrado el Hijo de Dios. En ésta fue el Verbo Divino del Padre,
el cual habló en Jesús; la otra fue tan sólo material y visible.
Cristo, el Verbo de Dios, fue el que habló por boca de Jesús, el hombre limpio y
puro.
Jesús el hombre, nació, vivió y murió, mas, por lo que toca a Cristo, Él no nació,
ni creció en el mundo, ni murió; porque Él es la Voz del amor, el Espíritu del amor, la
palabra divina, la expresión de la sabiduría del Creador, que ha estado siempre con el
Padre.

El rechazo de Jesús como el Mesías esperado

En el Segundo Tiempo no fui reconocido por todos. Cuando aparecí en el seno del
pueblo judío, el cual ya me esperaba porque veía cumplidas las señales dadas por los
profetas, mi presencia confundió a muchos que no habían sabido interpretar las
profecías, y esperaban ver a su Mesías como un príncipe poderoso que abatiera a sus
enemigos, que humillara a los reyes, a los opresores y concediera posesiones y bienes
terrestres a los que le esperaban.
Cuando ese pueblo contempló a Jesús, pobre y sin calza, cubriendo con humilde
túnica su cuerpo; cuando lo vio nacer en un establo y después trabajar cómo humilde
artesano, no pudo creer que Él fuera el enviado del Padre, el prometido. Fue menester
que el Maestro hiciera prodigios y obras palpables para que le creyeran y
comprendiesen su divino mensaje.
Siempre han sido los humildes y los pobres los que descubren mi presencia,
porque sus entendimientos no están ocupados con teorías humanas que los apartan del
claro discernimiento.
En el Segundo Tiempo también aconteció que, habiendo sido anunciada la venida
del Mesías, cuando Él llegó, quienes le sintieron fueron los sencillos de corazón, los
de espíritu humilde y entendimiento limpio.
Los teólogos tenían en sus manos el libro de los profetas y a diario repetían las
palabras que anunciaban las señales, el tiempo y la forma de la venida del Mesías; sin
embargo, me vieron y no me reconocieron, me escucharon y negaron que Yo fuera el
Salvador prometido; vieron mis obras y lo único que supieron hacer fue
escandalizarse, cuando en verdad, todas ellas habían sido profetizadas.
Hoy ya no dudan de Jesús, pero muchos discuten y aún niegan mi Divinidad.
Unos me atribuyen gran elevación espiritual: otros, afirman que Yo también voy
caminando por la senda de la evolución del espíritu, para poder llegar al Padre; mas si
así fuese, no hubiera venido a deciros: "Yo soy el camino, la verdad y la vida".

Jesús como huésped de salvación entre el pueblo

Vuestra misión, es la de imitar a vuestro Divino Maestro en su paso por la Tierra,
recordad que cuando Yo me presentaba en los hogares, siempre dejaba en todos un
mensaje de paz, sanaba a los enfermos, consolaba a los tristes con el divino poder que
posee el amor.
Jamás dejé de penetrar a un hogar porque en él no fuera a ser creído; Yo sabía que
al salir de ese lugar el corazón de sus moradores quedaría rebosante de gozo, porque
sin saberlo, su espíritu se había asomado a través de mi enseñanza, al Reino de los
Cielos.
Unas veces Yo fui a los corazones, en otras, ellos me buscaron; pero en todos los
casos mi amor fue el pan de vida eterna, que les entregué en la esencia de mi palabra.

El predicador incansable Jesús

En algunas ocasiones en las que me retiré a la soledad de algún valle, solamente
por instantes permanecía solo, porque las multitudes, ávidas de escucharme se
acercaban a su Maestro en busca de la infinita dulzura de su mirada. Yo les recibía,
derramando en aquellos hombres, mujeres y niños, la ternura de mi caridad infinita
sabiendo que en cada criatura había un espíritu al que Yo había venido a buscar al
mundo. Entonces les hablaba del Reino de los Cielos, que es la verdadera patria del
espíritu, para que calmasen con mi palabra sus inquietudes y se fortalecieran con la
esperanza de alcanzar la vida eterna.
Hubo ocasiones en las que oculto entre la multitud, había alguno que llevaba la
intención de gritar negando mi verdad, asegurando que Yo era un falso profeta; pero
mi palabra le sorprendía antes de que hubiera tenido tiempo de abrir sus labios. Otras
veces permití que algún blasfemo me injuriase, para probar ante la multitud que el
Maestro no se alteraba ante las ofensas, dándoles así un ejemplo de humildad y de
amor.
Hubo algunos que avergonzados ante mi mansedumbre, se ausentaron al
momento, arrepentidos de haber ofendido con sus dudas a quien con sus obras estaba
predicando la verdad y en cuanto se les presentaba la oportunidad, venían a Mí, me
seguían por los caminos, llorosos, enternecidos ante mi palabra, sin atreverse siquiera
a hablar para pedirme perdón por las ofensas que antes me habían inferido. Yo les
llamaba, les acariciaba con mi palabra y les concedía alguna gracia.
Escuchad: Cuando Yo estuve en la Tierra con vosotros, los hombres llegaban a Mí
en caravanas, hombres de altos puestos, cubiertos de vanidad, gobernantes que
secretamente me buscaban para escucharme. Unos me admiraron, pero no lo
confesaron por temor, otros me negaron.
Hasta Mí llegaron multitudes formadas por hombres, mujeres y niños, y me
escuchaban por la mañana, por la tarde, por la noche, y siempre encontraban
dispuesto al Maestro a entregarles la palabra de Dios. Ellos contemplaban al Maestro
olvidado de sí mismo y no sabían a que hora se alimentaba para que su cuerpo no
decayera, ni se debilitara su voz y es que no sabían que Jesús tomaba fuerzas de su
propio espíritu y en sí mismo encontraba el sustento.

El amor de Jesús por los niños y la naturaleza

Hubo ocasiones en las que encontrándome solitario, era descubierto por los niños,
quienes, llegando hasta Mí venían a mirarme, a ofrecerme florecillas, a contarme
alguna cuita y a ofrendarme sus ósculos.
Las madres se apenaban al encontrar a sus pequeños en mis brazos escuchando mi
palabra; los discípulos, creyendo que aquello significaba una falta de respeto hacia el
Maestro, trataban de ahuyentarles de mi presencia, entonces Yo hube de decirles:
"Dejad a los niños que vengan a Mí, porque para que alcancéis a penetrar en el Reino
de los Cielos, es menester tengáis la pureza, la sencillez y simplicidad de los niños".
Yo me recreaba en aquella inocencia y en aquel candor, como quien deleita su
mirada contemplando un capullo próximo a abrirse.
¡Cuántas veces Jesús fue encontrado por sus discípulos cuando conversaba con las
distintas criaturas del Universo! ¡Cuántas veces el Maestro fue sorprendido en sus
diálogos con las aves, con la campiña, con el mar! Mas ellos sabían que su Maestro
no estaba enajenado, ellos sabían que en su Maestro vibraba el Espíritu Creador del
Padre, el que había dado idioma a todos los seres, el que entendía a todos sus hijos el
que recibía la alabanza y el amor de todo lo hecho por Él.
¡Cuántas veces los discípulos y la gente contemplaron a Jesús acariciando una ave
o una flor y bendiciendo todo y en sus ojos descubrían miradas de infinito amor para
todas las criaturas! Adivinaban los discípulos el gozo divino de aquel Señor, al verse
rodeado de tanto esplendor, de tanta maravilla brotada de su sabiduría y vieron
también muchas veces lágrimas en los ojos del Maestro, cuando Él contemplaba la
indiferencia de los hombres ante tanta grandeza, la insensibilidad y la ceguedad de las
criaturas humanas ante tanto esplendor. Vieron llorar muchas veces al Maestro,
cuando contemplaba al leproso llorando por su lepra, y a los hombres y mujeres
quejarse de su destino ¡Estando envueltos en un regazo de amor perfecto!

La doctrina de Jesús

Jesús os enseñó la caridad, la mansedumbre, el amor; vino a enseñaros a perdonar
de corazón a vuestros enemigos; a deciros que deberíais huir de la mentira y amar la
verdad; os manifestó que tanto el mal como el bien que recibieseis lo pagaríais
siempre con el bien. Él os enseñó el respeto a cada uno de vuestros semejantes, y os
reveló la forma de hallar la salud del cuerpo y del espíritu; a honrar con vuestra vida
el nombre de vuestros padres, para que a la vez podáis ser honrados por vuestros
hijos.
He aquí algunos de los mandatos a los que debe ajustarse todo aquél que en
verdad quiera ser cristiano.
Cuando los escribas y los fariseos observaron los actos de Jesús y los encontraron
que diferían de los suyos, dijeron que la Doctrina que predicaba, iba en contra de la
Ley de Moisés. Es que ellos estaban confundiendo la Ley con las tradiciones, mas Yo
les probé que no había venido a transgredir la Ley que el Padre había revelado a
Moisés, sino a darle cumplimiento con palabras y obras.
Ciertamente Yo pasé por sobre muchas de las tradiciones de aquel pueblo, porque
ya había llegado el momento de que desaparecieran, para dar principio a un nuevo
tiempo, con enseñanzas más elevadas.
Recordad que en el primer precepto de la Ley que por Moisés di a la humanidad,
dije "No haréis imagen ni semejanza de las cosas del Cielo para postraros a
adorarlas". Desde entonces quedó trazado con claridad el camino para el hombre y el
camino para el espíritu.
No se concretó Moisés a transmitir a los hombres el Decálogo, también instituyó
leyes secundarias para la vida humana, e implantó tradiciones, ritos y símbolos dentro
del culto espiritual, todo de acuerdo con los pasos que daba entonces el espíritu
humano.
Pero vino el Mesías prometido y borró tradiciones, ritos, símbolos y sacrificios,
dejando intacta solamente la Ley, por eso cuando los fariseos dijeron al pueblo que
Jesús venía en contra de las leyes de Moisés, les respondí que Yo no venía contra la
Ley, antes bien venía a darle cumplimiento, y que si mis enseñanzas venían borrando
las tradiciones, era porque el pueblo por cumplir con ellas se había olvidado de
observar la Ley.
El anhelo divino de Jesús era que sus discípulos se convirtiesen en los
sembradores de su Doctrina redentora; por eso, en el instante supremo de su última
cátedra a los discípulos, que fue también la última conversación entre el Padre y los
hijos, les dijo con acento dulce: voy a dejaros un nuevo mandamiento: "Amaos los
unos a los otros", encendiendo con la luz de aquella máxima, la esperanza más grande
de la humanidad.
Mi palabra de este tiempo no borrará las que os dije en el Segundo. Pasarán los
tiempos, los siglos y las eras, mas las palabras de Jesús no pasarán. Hoy vengo a
explicaros y a revelaros el contenido de lo que os dije entonces y que no
comprendisteis.

"Milagros" de Jesús

Para que aquella enseñanza encendiera la fe en los corazones, la acompañé de
milagros para que pudiera ser amada por ellos, y para que estos milagros fuesen más
palpables, los hice en los cuerpos de los enfermos, sané a los ciegos, a los sordos, a
los mudos, a los paralíticos, a los poseídos, a los leprosos y aún resucité a los muertos.
¡Cuántos milagros de amor hizo Cristo entre los hombres! Sus nombres los
recogió la historia para ejemplo de futuras generaciones.
Seres de luz al servicio de la Obra divina y otros rebeldes e ignorantes surgieron
por doquier, y aparecieron entre aquella humanidad los poseídos, a quienes la ciencia
no acertaba a liberar y eran repudiados por el pueblo. Ni los doctores de la Ley, ni los
científicos, acertaban a devolver la salud a aquellos enfermos.
Mas todo estaba dispuesto por Mí, para enseñaros y daros pruebas de amor y os
concedí a través de Jesús la curación de esas criaturas, con asombro de muchos.
Los incrédulos, los que habían oído hablar de la potestad de Jesús y sabían de sus
milagros, buscaban las pruebas más difíciles para hacerlo vacilar un instante y
demostrar que no era infalible; y esta liberación de los poseídos, el hecho de volverlos
a su estado de seres normales con sólo tocarlos o mirarlos o dirigirles una palabra de
orden, para que aquellos seres espirituales abandonasen su mente y unos y otros
quedasen libres de su pesada carga, confundió a aquéllos.
Ante este poder, los fariseos, los científicos, los escribas y publicanos tuvieron
diferentes reacciones. Unos reconocían la potestad de Jesús, otros atribuían su poder a
extrañas influencias, otros nada acertaban a decir; pero los enfermos que habían sido
sanados bendecían su nombre.
Unos habían sido poseídos por un solo espíritu, otros por siete como María de
Magdala y otros por un número tan grande, que ellos mismos decían ser una legión.
A lo largo de la vida del Maestro, las manifestaciones espirituales se sucedieron,
unas fueron vistas por los doce discípulos, otras por el pueblo en los caminos, en sus
hogares. Era tiempo de prodigios, de maravillas.
El milagro, según vosotros lo entendéis, no existe; no hay nada contradictorio
entre lo divino y lo material.
A Jesús atribuís muchos milagros y de cierto os digo, que sus obras fueron el
efecto natural del amor, de esa divina fuerza que estando latente en cada espíritu,
vosotros aún no la sabéis usar, porque no habéis querido conocer la virtud del amor.
¿Qué existió en todos los prodigios que realizó Jesús, sino amor?
Escuchad discípulos: Para que el amor de Dios se manifestara a la humanidad, era
necesaria la humildad del instrumento, y Jesús fue siempre humilde, y como de ello
vino a dar ejemplo a los hombres, os dijo en una ocasión que sin la voluntad de su
Padre Celestial, nada podría hacer. Quien no penetre en la humildad de esas palabras,
pensará que Jesús fue un hombre como cualquiera, pero la verdad es que Él quería
daros una lección de humildad.
Él sabía que esa humildad, esa unidad con el Padre, le hacía todopoderoso ante la
humanidad.
¡Oh inmensa y hermosa transfiguración que da el amor, la humildad y la
sabiduría!
Ahora sabéis por qué Jesús, aún diciendo que nada podía hacer si no era por la
voluntad de su Padre, en realidad todo lo podía, porque fue obediente, porque fue
humilde, porque se hizo siervo de la Ley y de los hombres, y porque supo amar.
Reconoced entonces que, conociendo vosotros mismos algunas de las virtudes del
amor espiritual, no lo sentís y por eso no podéis comprender el porqué de todo lo que
llamáis milagro, o misterio, y que son las obras que hace el divino amor.
¿Qué enseñanzas os dio Jesús que no fuesen de amor? ¿Qué ciencia, prácticas o
conocimientos misteriosos empleó para dejaros sus ejemplos de poder y sabiduría?
Sólo la dulzura del amor con la cual todo se puede hacer.
Nada hay contradictorio en las leyes del Padre, sencillas por sabias y sabias por
estar saturadas de amor.
Entended al Maestro, Él es vuestro Libro.
El Espíritu que animó a Jesús, fue el mío propio, vuestro Dios se hizo hombre
para habitar entre vosotros y dejarse mirar, porque así era menester. Sentí en cuanto
hombre, todos los sufrimientos humanos; hasta Mí llegaron los hombres de ciencia
que habían estudiado la naturaleza y encontraron que de mi enseñanza, nada sabían.
Grandes y pequeños, virtuosos y pecadores, inocentes y culpables, recibieron la
esencia de mi palabra y a todos los hice dignos de mi presencia, y siendo muchos los
llamados, pocos fueron los escogidos y menos los que estuvieron cerca de Mí.

La adúltera

Defendí a los pecadores. ¿No recordáis a la mujer adúltera? Cuando fue llevada
hasta Mí, perseguida y condenada por las turbas, los fariseos llegaron y me
preguntaron ¿Qué debemos hacer con ella? Los sacerdotes esperaban que Yo dijera:
haced justicia. Para replicar después: ¿Cómo es que predicas el amor y permites que
esta pecadora sea castigada? Y si Yo hubiese dicho: dejadla en libertad, ellos hubieran
respondido: En las leyes de Moisés, que según dices vienes confirmando, hay un
precepto que dice: Toda aquella mujer que fuese encontrada en adulterio, morirá
apedreada.
Yo, contemplando la intención de aquéllos, no contesté a sus palabras e
inclinándome, escribí en el polvo de la tierra los pecados de aquéllos que juzgaban.
Nuevamente me preguntaron qué debían hacer con aquella mujer y Yo les respondí:
"El que se encuentre libre de pecado, que arroje la primera piedra". Entonces ellos
reconocieron sus errores, se alejaron cubriendo sus rostros. Ninguno estaba limpio, y
sintiéndose mirados por Mí hasta el fondo de su corazón, no acusaron más a aquella
mujer, porque todos habían pecado, mas la mujer en compañía de otras que también
habían adulterado, se arrepintieron y no volvieron a pecar. Os digo que es más fácil
convertir a un pecador por el amor que por el rigor.

María Magdalena

María Magdalena la pecadora, como el mundo la ha llamado, fue merecedora de
mi ternura y de mi perdón.
Pronto logró su redención, lo que no sucede con otros que piden débilmente el
perdón por sus pecados; mientras ella encontró pronto lo que buscaba, otros no lo
logran.
Magdalena se hizo perdonar sin hacer alarde de su arrepentimiento, ella había
"pecado como vosotros pecáis, mas había amado mucho.
El que ama podrá tener equivocaciones en su conducta humana, pero el amor es la
ternura que rebosa del corazón; si vosotros queréis ser perdonados como ella, volved
vuestros ojos a Mí llenos de amor y confianza, y seréis como ella, absueltos de toda
mancha.
Aquella mujer no volvió a pecar, el amor que de su corazón rebosaba lo consagró
a la Doctrina del Maestro.
Fue perdonada aunque había cometido errores, pero en su corazón llevaba el
fuego que purifica, y por aquel perdón que recibió la pecadora, ya no se apartó un
instante de Jesús, más bien mis discípulos me dejaron solo en las horas más cruentas
que aquella pequeña; María no se apartó de Mí, no me negó, no temió ni se
avergonzó.
Por ello le fue concedido llorar a los pies de mi cruz y sobre mi sepulcro, su
espíritu pronto se redimió por lo mucho que amó.
En su corazón llevaba también espíritu de apóstol; su conversión resplandece
como luz de la verdad; había sabido humillarse ante mi planta para decirme: "Señor,
si tú lo quieres yo seré salva del pecado".
Mientras vosotros, cuántas veces quisierais convencerme de vuestra inocencia
cubriendo vuestras faltas con largas oraciones.
No, discípulos, aprended de ella, amad en verdad a vuestro Señor en cada uno de
vuestros hermanos, amad mucho y os serán perdonados vuestros pecados. Grandes
seréis cuando hagáis florecer en vuestro corazón esa verdad.

Nicodemo y la cuestión de la Reencarnación

En aquel tiempo dije a Nicodemo, quien me había buscado de buena fe para
hablar Conmigo: Lo que es nacido de la carne, carne es, y lo que es nacido del
espíritu, espíritu es. No os sorprendáis si os digo que es necesario nacer otra vez.
¿Quién comprendió aquellas palabras?
Yo os quise decir con ellas que una vida humana no es bastante para entender una
sola de mis lecciones y que para que lleguéis a comprender el libro que esta vida
encierra, os son necesarias muchas existencias. De ahí que la carne tenga que servir
sólo de báculo al espíritu en su tránsito por la Tierra.
La Transfiguración de Jesús
En el Segundo Tiempo, cierta vez caminaba Jesús seguido de algunos de sus
discípulos. Habían ascendido a una montaña y mientras el Maestro maravillaba con
sus palabras a aquellos hombres, de pronto contemplaron transfigurado el cuerpo de
su Señor, quien flotaba en el espacio, teniendo a su diestra al espíritu de Moisés y a su
siniestra al de Elías.
Ante aquel miraje sobrenatural, cayeron por tierra los discípulos cegados por la
luz divina; mas luego serenándose, propusieron a su Maestro colocar sobre sus
hombros el manto de púrpura de los reyes, lo mismo que sobre Moisés y Elías.
Entonces escucharon una voz que descendía del infinito, la cual decía: "Éste es mi
Hijo amado en el cual he puesto mis complacencias, a Él oíd".
Gran temor invadió a los discípulos al escuchar aquella voz, y levantando su vista
sólo vieron al Maestro, quien les dijo: "No temáis ni digáis a nadie esta visión hasta
que Yo haya resucitado de entre los muertos". Entonces preguntaron a su Señor: "¿Por
qué dicen los escribas que es menester que Elías venga primero?" y Jesús les contestó:
"En verdad, Elías vendrá primero y restituirá todas las cosas, mas Yo os digo que
Elías ya vino y no lo conocieron, antes hicieron en él cuanto quisieron. Entonces los
discípulos comprendieron que les habló de Juan el Bautista".
En esta era, cuántas veces ante vuestros ojos he hecho desaparecer la materia a
través de la cual me comunico, para permitiros contemplarme en la forma humana
con la que la humanidad conoció a Jesús, y sin embargo, no habéis caído postrados
ante la nueva transfiguración.

Falta de valor confesional

En aquel tiempo, cuando hecho hombre habité entre vosotros, ocurrió muchas
veces que por las noches, cuando todos reposaban, no faltaban hombres que me
buscasen llegando sigilosamente hasta Mí, temiendo ser descubiertos, me buscaban,
porque sentían remordimiento por haber gritado y escandalizado en contra mía,
mientras Yo hablaba a la muchedumbre, y su remordimiento era más intenso cuando
comprobaban que en su corazón les había dejado mi palabra un presente de paz y de
luz y en su cuerpo había derramado mi bálsamo de curación.
Cabizbajos se presentaban delante de Mí diciéndome: Maestro, perdonadnos,
hemos reconocido que hay verdad en vuestra palabra. Yo les contestaba: "Si habéis
encontrado que sólo hablo la verdad, ¿Por qué os ocultáis? ¿No salís a recibir los
rayos del sol cuando éste aparece, y cuándo os habéis avergonzado de ello?" El que
ama la verdad jamás la oculta, ni la niega, ni se avergüenza de ella.
Os hablo así, porque veo que muchos vienen a escucharme a hurtadillas,
mintiendo a dónde han venido, ocultando lo que han oído y a veces negando haber
estado Conmigo. ¿De qué os avergonzáis?

Hostigamiento contra Jesús

En el Segundo Tiempo hablaba Yo a las multitudes. Mi palabra perfecta en su
esencia y en su forma, era escuchada por todos. Mi mirada, penetrando en los
corazones, descubría todo lo que cada uno guardaba. En unos había duda, en otros fe,
en otros me hablaba una voz angustiosa: eran los enfermos, a quienes el dolor les
hacía esperar de Mí un milagro. Había quienes trataban de ocultar su burla, cuando
me oían decir que Yo venía del Padre a traer a los hombres el Reino de los Cielos, y
había corazones en los que encontraba odio hacia Mí e intenciones de hacerme callar
o desaparecer.
Eran los soberbios, los fariseos que se sentían afectados por mi verdad. Porque a
pesar de que mi palabra era tan clara, tan llena de amor y tan consoladora, a pesar de
ir siempre confirmada con obras poderosas, muchos hombres persistieron en
encontrar la verdad de mi presencia, juzgándome a través de Jesús, escudriñando mi
vida, fijándose en la humildad de mis vestiduras y en mi pobreza absoluta de bienes
materiales.
Y no conformes con juzgarme a Mí, juzgaban a mis discípulos, observándolos
detenidamente, ya cuando hablaban, ya cuando me seguían por los caminos, ya
cuando se sentaban a la mesa. ¡Cómo se escandalizaron los fariseos cuando vieron
cierta vez, que mis discípulos no se habían lavado las manos para sentarse a la mesa!
¡Pobres mentes que confundían el aseo del cuerpo con la pureza del espíritu! Ellos no
se daban cuenta que cuando tomaban en el templo los panes sagrados, tenían limpias
las manos, pero el corazón lleno de podredumbre.
85. A cada paso me escudriñaban. Todos mis actos y palabras fueron juzgados con
mala intención, las más de las veces se confundían ante mis obras o pruebas, porque
sus entendimientos no eran capaces de comprender lo que sólo el espíritu puede
concebir.
Si oraba, decían: ¿Para qué ora si dice estar lleno de poder y sabiduría? ¿Qué
puede necesitar o pedir? Y si no oraba, decían que no cumplía con su culto.
Si veían que no llevaba a mis labios algún sustento, mientras mis discípulos
comían, juzgaban que Yo estaba fuera de las leyes instituidas por Dios, y si me veían
tomar alimento se preguntaban, ¿Qué necesidad tenía de comer para vivir, quien decía
ser la vida? No comprendían que Yo había venido al mundo a revelarles a los
hombres, cómo debería vivir la humanidad después de una prolongada purificación,
para que brotara de ella una generación espiritualizada, que estuviera por sobre las
miserias humanas, de las necesidades imperiosas de la carne y de las pasiones de los
sentidos corporales.

Anuncio de la despedida

Tres años convivió Jesús con sus discípulos, fue seguido por grandes multitudes
que lo amaban profundamente. No había ya para aquellos discípulos, nada que no
fuera el oír a su Maestro predicando su divina enseñanza; siguiendo sus pasos no
experimentaban hambre ni sed, no había tropiezo ni obstáculo alguno, todo era paz y
dicha en el ambiente que rodeaba a aquel grupo y sin embargo, cuando se encontraban
más absortos en la contemplación de su amado Jesús, Él les decía: "Los tiempos
cambiarán, Yo me iré de vosotros y quedaréis como ovejas entre lobos". "La hora se
acerca y es preciso que retorne al lugar donde he venido, y vosotros por un tiempo
quedaréis solos para llevar el testimonio de lo que habéis visto y oído; los
hambrientos y sedientos de amor y de justicia, trabajad en mi nombre y después Yo os
llevaré conmigo a la morada eterna".
Aquellas palabras entristecían a los discípulos y a medida que la hora se acercaba,
Jesús repetía con mayor insistencia aquel anuncio, hablaba de su partida, pero al
mismo tiempo confortaba el corazón de aquéllos que lo oían diciéndoles que su
Espíritu no se ausentaría y seguiría velando por el mundo y si se preparaban para
llevar su palabra como un mensaje de consuelo y esperanza a la humanidad, de aquel
tiempo, Él hablaría por su boca y haría prodigios.

Entrada de Jesús en Jerusalem

Triunfalmente me recibieron las multitudes al penetrar en la ciudad de Jerusalén.
De las aldeas y de las comarcas llegaron en turbas, hombres, mujeres y niños para
mirar la entrada del Maestro en la ciudad. Eran los que habían recibido el prodigio y
la prueba del poder del Hijo de Dios. Ciegos que ya veían, mudos que ahora podían
cantar. ¡Hosanna! Paralíticos que habían dejado el lecho para venir presurosos a
contemplar al Maestro en la Fiesta Pascual.
Yo sabía que ese triunfo era momentáneo, ya había anticipado a mis discípulos lo
que luego había de acontecer. Era apenas el principio de mi lucha y ahora a mucha
distancia de ese acontecimiento, os digo que la luz de mi verdad sigue en lucha con la
tiniebla de la ignorancia, del pecado y la impostura, por lo que debo añadir que mi
triunfo absoluto no ha llegado aún.
¿Cómo podéis creer que aquella entrada en Jerusalén haya significado el triunfo
de mi Causa, si eran unos cuantos los que se habían convertido y eran muchos los que
ignoraban quién era Yo?
Y aunque aquella humanidad se hubiese convertido toda a mi palabra, ¿No
quedaban muchas generaciones por venir?
Aquel instante de júbilo, aquella entrada fugazmente triunfal, fue sólo la imagen
del triunfo de la luz, del bien, la verdad, el amor y la justicia, día que deberá llegar y
al cual estáis invitados todos.
Sabed que si uno solo de mis hijos se encontrase fuera de la Nueva Jerusalén, no
habría fiesta, porque no podría Dios hablar de triunfo, no podrá celebrar su victoria si
su poder no hubiese sido capaz de salvar al último de sus hijos.
Sois los mismos que en el Segundo Tiempo cantasteis el ¡Hosanna! cuando Jesús
penetró en Jerusalén. Hoy que me manifiesto a vosotros en espíritu, ya no tendéis
vuestros mantos a mi paso, son vuestros corazones los que ofrecéis como morada a
vuestro Señor. Hoy vuestro ¡Hosanna! no es a voz en cuello, ese ¡Hosanna! brota de
vuestro espíritu como un himno de humildad, de amor y reconocimiento al Padre,
como un himno de fe en esta manifestación que en el Tercer Tiempo ha venido a
ofreceros vuestro Señor.
Ayer como ahora, así me seguisteis a mi entrada a Jerusalén. Las grandes
multitudes me rodeaban cautivadas por mis palabras de amor. Hombres y mujeres,
ancianos y niños, estremecían la ciudad con sus voces de júbilo y los mismos
sacerdotes y fariseos, temiendo que el pueblo se rebelara, me dijeron: "Maestro, si Tú
enseñas la paz, ¿Por qué permites que tus discípulos escandalicen de esta manera?" Y
Yo les contesté: "En verdad os digo, si estos callaren, las piedras hablarían". Porque
eran instantes de júbilo, era la culminación y la glorificación del Mesías entre los
hambrientos y sedientos de justicia, de aquellos espíritus que por largo tiempo habían
esperado la llegada del Señor, en cumplimiento de las profecías.
En aquel júbilo y alegría mi pueblo también celebraba su liberación del Egipto.
Esa conmemoración de la Pascua, Yo la quise hacer inolvidable entre mi pueblo; pero
en verdad os digo, que no cumplí con una simple tradición sacrificando un cordero,
no, Yo me ofrecí en Jesús, el Cordero Inmolado, como el camino a través del cual
habrán de redimirse todos mis hijos.

La última cena

Cuando Jesús celebró con sus discípulos aquella pascua, según la tradición de
aquel pueblo, les dijo: Algo nuevo vengo a revelaros: Tomad este vino y comed de
este pan, que representan mi sangre y mi cuerpo, y haced vosotros esto en memoria
mía.
Después de la partida del Maestro, los discípulos conmemoraron el sacrificio de
su Señor tomando el vino y comiendo el pan que simbolizaban a Aquél que todo lo
dio por amor a la humanidad.
A medida que los siglos pasaron, los pueblos divididos en religiones, dieron
diferente interpretación a mi palabra.
Hoy vengo a deciros cual fue mi sentir en aquella hora, de aquella cena, donde
cada palabra y cada acto de Jesús, fue lección de un libro de profunda sabiduría y de
infinito amor. Si tomé el pan y el vino, fue para haceros comprender que ellos son
semejantes al amor, que es el sustento y la vida del espíritu, y si os dije: "Haced esto
en memoria mía", quería decir el Maestro que amaseis a vuestros hermanos con un
amor semejante al de Jesús, entregándoos como verdadero sustento a la humanidad.
Todo rito que de estas enseñanzas hagáis será estéril, si en vuestra vida no lleváis
a la práctica mis enseñanzas y ejemplos; he ahí lo difícil para vosotros, mas en ello es
donde existe el mérito.
Así como ahora estáis a mi alrededor, así me encontraba en el Segundo Tiempo
aquella última noche. El sol se hallaba en el ocaso, cuando Jesús conversaba con sus
apóstoles en aquella estancia por última vez. Eran las palabras de un Padre en agonía
a sus hijos muy amados. Había tristeza en Jesús y también en los discípulos que
ignoraban todavía lo que unas horas más tarde esperaba a Aquél que había venido a
doctrinarles y les había amado tanto. Su Señor iba a partir, mas no sabían aún cómo.
Pedro lloraba estrechando el cáliz contra su corazón. Juan humedecía con sus'
lágrimas el pecho del Maestro. Mateo y Bartolomé se hallaban extasiados ante mi
enseñanza. Felipe y Tomás ocultaban su amargura mientras cenaban conmigo.
Santiago el menor y el Mayor, Tadeo, Andrés y Simón, estaban mudos de dolor, sin
embargo era mucho lo que me hablaban con el corazón. Judas Iscariote también
llevaba dolor en su corazón, angustia y remordimiento, mas ya no podía retroceder
porque la tiniebla lo había poseído.
Cuando Jesús terminó de decir sus últimas palabras y recomendaciones, aquellos
discípulos se encontraban bañados en llanto, mas uno de ellos ya no estaba, su espíritu
no pudo recibir tanto amor ni contemplar tanta luz y se apartó porque aquella palabra
le quemaba su corazón.
El anhelo divino de Jesús era que sus discípulos se convirtiesen en los
sembradores de su Doctrina redentora.
Por eso, en el instante supremo de su última cátedra a los discípulos, que fue
también la última conversación entre el Padre y los hijos, les dijo con acento dulce:
voy a dejaros un nuevo mandamiento: "Amaos los unos a los otros".
Encendiendo con la luz de aquella máxima, la esperanza más grande de la
humanidad.

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