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Misión y significado de Jesús y sus Apóstoles.




Corrección del antiguo concepto de Dios

Jesús, el Cristo, ha sido la enseñanza mas clara que en el mundo os di para
enseñaros cuan grande es el amor y la sabiduría del Padre. Jesús fue el mensaje
viviente que el Creador envió a la Tierra para que conocieseis las virtudes del que os
creó. La humanidad veía en Jehová a un Dios colérico e implacable, a un juez terrible
y vengativo, y a través de Jesús vino a sacaros de vuestro error.
Ved en el Maestro al amor divino hecho carne; vino a juzgar todas vuestras obras
con su vida de humildad, sacrificio y caridad, y antes de castigaros con la muerte,
ofreció su sangre para daros a conocer la vida verdadera, la del amor. Aquel mensaje
divino iluminó la vida de la humanidad y la palabra que entregó el Divino Maestro a
los hombres dio origen a religiones y sectas, a través de las cuáles me han buscado y
todavía me buscan; mas de cierto os digo que ellos no han entendido aún el contenido
de ese mensaje.
La humanidad llega a pensar que el amor de Dios para sus hijos es infinito, ya que
Él, en Jesús, murió por amor a los hombres. Llega a conmoverse con los
padecimientos de Jesús ante sus jueces y verdugos, llega a ver en el Hijo al Padre,
pero el contenido, el alcance de cuanto el Señor quiso decir a la humanidad a través
de aquella revelación que empezó en una Virgen y concluyó en la nube de Betania, no
ha sido interpretado hasta hoy.
He tenido que volver sobre la misma nube en la que el Verbo ascendió hacia el
Padre para daros la explicación y mostraros el verdadero contenido de todo cuanto os
fue revelado en el nacimiento, vida, obras y muerte de Jesús.
El Espíritu de Verdad, el prometido por Cristo en aquel tiempo, es esta
manifestación divina que ha venido a iluminar las tinieblas y a aclarar los misterios
que la mente o el corazón del hombre no alcanzaba a penetrar.
Yo vine en el Segundo Tiempo en cuanto hombre predicando mi verdad con el
ejemplo, detuve el sacrificio inútil de seres inocentes e inconscientes, sacrificándome
en aras de una lección perfecta de amor. Cordero de Dios me llamasteis por haberme
inmolado aquel pueblo en sus fiestas tradicionales.
Ciertamente mi sangre fue derramada para enseñar a los hombres el camino de su
redención. Mi amor divino fue derramado desde la cruz sobre la humanidad de aquél
y de todos los tiempos, para que en aquel ejemplo, en aquella palabra, en aquella vida
perfecta se inspirase la humanidad y encontrase la salvación, la purificación de los
pecados y la elevación del espíritu.

El ejemplo de Jesús

Fue preciso que Jesús os mostrara los principios que debíais seguir y de los que os
habíais apartado.
Os mostré toda mi mansedumbre, mi amor, mi sabiduría y caridad, y apuré ante
vosotros el cáliz del dolor, para que vuestro corazón se conmoviera y vuestro
entendimiento despertara. Era necesario que los corazones nacieran al bien, y el dolor
de verme crucificado por amor a ellos, fue como una espina que les recordase que
todos debéis sufrir por amor para llegar al Padre. Mi promesa para todo aquél que
quisiera tomar su cruz y seguirme, fue la paz eterna, el supremo bienestar que no tiene
fin en el espíritu.
Cristo es y debe ser vuestro modelo, para eso vine a hacerme hombre en aquel
tiempo. ¿Cuál fue la manifestación que Jesús entregó a la humanidad? Su amor
infinito, su divina sabiduría, su misericordia sin límites y su poder.
Yo os dije: Imitadme y llegaréis a hacer las mismas obras que Yo hago; si vine
como Maestro, debíais de comprender que no fue para enseñaros lecciones imposibles
o que estuvieran fuera del alcance del entendimiento de los hombres.
Comprended entonces que, cuando hagáis obras semejantes a aquellas que Jesús
os enseñó, habréis alcanzado la plenitud de la vida, de la que os hablé anteriormente.

La trascendencia de la Doctrina de Jesús

La Doctrina de Jesús, entregada como ejemplo, como un libro abierto para que la
humanidad lo estudiara, no ha encontrado ningún otro pueblo de la Tierra, en ninguna
generación, en ninguna raza, nada semejante. Porque aquéllos que se han levantado
entregando preceptos de justicia o doctrinas de caridad, han sido enviados por Mí a la
Tierra como precursores, como emisarios, mas no como Divinidad. Sólo Cristo vino
entre vosotros como Divinidad. Él vino a entregaros la lección más clara y más
grande que ha recibido el corazón del hombre.
Convocación, aprendizaje y pruebas de los Apóstoles de Jesús
Habéis conmemorado en este tiempo los años de mi predicación, aquellos tres
años en que preparé a mis discípulos; en que conviví con ellos. Ellos contemplaron
todas mis obras y en su preparación lograron penetrar en mi corazón y contemplar la
pureza, toda la majestad y la sabiduría que había en el Maestro.
En aquel tiempo no hice actos de ostentación, mi paso por la Tierra fue humilde,
mas el que estaba preparado presentía la grandeza de mi presencia y del tiempo que
vivía.
Así escogí a mis discípulos; a los unos los encontré en la ribera del río y los llamé
diciéndoles: "Seguidme". ¡Cuando ellos fijaron su mirada en Mí, comprendieron
quién era Aquél que les hablaba, y así, uno a uno fui escogiendo.
Yo nunca dije, mientras estuve predicando en el mundo, que mis discípulos ya
fuesen maestros o que a ellos escucharan. Eran los párvulos que, cautivos de la luz de
mi palabra, mansamente me seguían, pero que aún llegaban a cometer faltas, porque
faltaba tiempo para que se transformasen y luego surgiesen como ejemplo pata la
humanidad. Eran rocas que estaban siendo pulimentadas con el cincel del amor
divino, para que más tarde también ellos convirtiesen las piedras en diamantes.
Yo he probado a mis discípulos en todos los tiempos. Cuántas veces sometí a
prueba a Pedro y solamente en una de ellas flaqueó, mas no le juzguéis mal por este
hecho, porque cuando él encendió su fe, fue como una antorcha entre la humanidad
predicando y dando testimonio de la verdad.
No juzguéis a Tomás; considerad cuántas veces vosotros habéis palpado mis obras
y aún así habéis dudado. No miréis con desprecio a Judas Iscariote, aquel discípulo
amado que vendió a su Maestro por treinta monedas, porque jamás ha habido
arrepentimiento mayor que el suyo.
Yo me serví de cada uno de ellos para dejaros lecciones que os sirvieran de
ejemplo y que existieran eternamente en la memoria de la humanidad. Después de su
flaqueza tuvieron el arrepentimiento, la conversión y la entrega absoluta al
cumplimiento de su misión. Ellos fueron verdaderos apóstoles y dejaron un ejemplo
para todas las generaciones.

El Apóstol Juan

Recordad que cuando mi cuerpo fue desclavado de la cruz y luego sepultado,
consternados los discípulos y sin poder comprender lo que había pasado, creyeron que
con la muerte del Maestro todo había terminado. Fue menester que sus ojos volviesen
a verme y sus oídos me escuchasen de nuevo para que su fe se encendiese y su
conocimiento en mi palabra se afirmase.
Ahora debo deciros que entre aquellos discípulos hubo uno que jamás dudó de Mí,
que nunca titubeó ante las pruebas y ni por un instante me abandonó. Fue Juan, el
discípulo fiel, valeroso, ferviente y amantísimo.
Por ese amor lo confié a María, a los pies de la cruz, para que siguiese bebiendo el
amor en aquel corazón sin mancha y a su lado, se fortaleciese aún más para la lucha
que le aguardaba.
Mientras sus hermanos, los otros discípulos, iban cayendo uno a uno bajo el golpe
del verdugo, sellando con su sangre y su vida, la verdad de cuanto predicaban y el
nombre de su Maestro, Juan vencía a la muerte y escapaba del martirio.
Confinado al destierro, no supieron sus perseguidores que allí, en aquella isla a
donde le arrojaban, descendería de los cielos sobre aquel hombre, la gran revelación
de los tiempos que vosotros estáis viviendo, la profecía que habla a los hombres de
cuanto ha de ser y se ha de cumplir.
Después de amar mucho a sus hermanos y dedicar su vida para servirles en el
nombre de su Maestro, tuvo Juan que vivir aislado de ellos, solitario, pero siempre
orando por la humanidad, siempre pensando en aquéllos por quienes Jesús había
derramado su sangre.
La oración, el silencio, el recogimiento, la pureza de su existencia y la bondad de
sus pensamientos, hicieron el milagro de que aquel hombre y aquel espíritu
evolucionase en un breve tiempo, lo que otros espíritus han necesitado de miles de
años para poder alcanzar.
Cuando contemplo a los moradores de este mundo, veo que todos los pueblos
conocen mi nombre, que millones de hombres pronuncian mis palabras y sin embargo
de ello, de cierto os digo que no veo amor de los unos a los otros.
Todo cuanto os enseño en este tiempo, y cuanto acontece en el mundo, es la
explicación y el cumplimiento de la revelación que por conducto de mi apóstol Juan,
hice a la humanidad, cuando habitando mi discípulo en la Isla de Palmos le llevé en
espíritu a las alturas, al plano divino, a lo insondable, para mostrarle por medio de
símbolos el principio y el final, el Alfa y la Omega y vio los acontecimientos que
fueron, los que eran y los que habrían de ser.
Nada comprendió por el momento, mas mi voz le dijo: "Lo que vieres y oyeres,
escríbelo" y él escribió.
Juan tuvo discípulos los cuales le buscaban en su retiro cruzando en barcas la mar.
Ávidamente aquellos hombres preguntaban al que fue discípulo de Jesús, cómo había
sido el Maestro, cómo era su palabra y sus milagros, y Juan, imitando en amor y en
sabiduría a su Señor, les maravillaba con su palabra. Pero cuando llegó la ancianidad,
ya agobiado aquel cuerpo por el tiempo, aún tenía fuerzas para dar testimonio de su
Maestro y decir a sus discípulos: "Amaos los unos a los otros".
Los que le buscaban, viendo que el día de la partida de Juan se aproximaba, y
queriendo poseer toda la sabiduría que aquel apóstol atesoraba, le pedían les revelara
cuanto de su Maestro había aprendido, y por toda respuesta escuchaban siempre
aquella frase: "Amaos los unos a los otros".
Los que con tanto afán e interés preguntaban, se sentían defraudados y pensaban
que la vejez había borrado de su memoria las palabras de Cristo.
Yo os digo, que de Juan no se había borrado una sola de mis palabras; sino que de
todas mis lecciones brotaba como una sola esencia aquélla que condensa toda la Ley:
el amor de los unos a los otros.
¿Cómo podría borrarse de aquel discípulo tan amado, la lección del Maestro a
quién tanto amó?
En el Segundo Tiempo, después de mi partida, quedó vuestra Madre Celestial
fortaleciendo y acompañando a mis discípulos. Ellos, después del dolor y la prueba,
encontraron abrigo en el dulce corazón de María, su palabra siguió alimentándolos, y
ellos alentados por la que seguía enseñándoles en representación del Divino Maestro,
prosiguieron su camino, y cuando Ella partió, comenzó su lucha y cada uno tomó el
camino que le estaba señalado.

Los Apóstoles Pedro y Pablo

No apartaréis de vuestra mente el caso de Pedro, mi discípulo, perseguido a
muerte por Saulo. Yo le probé al fiel apóstol que no estaba solo en su prueba y que si
confiaba en mi poder, Yo le defendería de sus perseguidores.
Saulo fue sorprendido por mi luz divina, cuando se encaminaba en busca de
Pedro, para prenderle. Mi luz llegó a lo más profundo del corazón de Saulo, quien
postrado ante mi presencia, vencido por mi amor, impotente para llevar a cabo la
misión que en contra de mi discípulo llevaba, sintió en el fondo de sí la
transformación de todo su ser, y, ya convertido a la fe de Cristo, se apresuró a ir en
busca de Pedro; pero ya no para matarle, sino para pedirle que le instruyese en la
palabra del Señor y le dejase tomar parte en su Obra.
Desde entonces Saulo fue Pablo, significando aquel cambio de nombre, la
absoluta transformación espiritual de aquel hombre, su conversión absoluta.
Pablo no se contaba entre los doce apóstoles, no comió en mi mesa ni me siguió
por los caminos para escuchar mis enseñanzas; mas bien, él no creía en Mí ni veía con
buenos ojos a los que me seguían. En su corazón existía la idea de exterminar la
simiente que Yo había confiado a mis discípulos, la cual empezaba ya a extenderse;
pero Pablo ignoraba que él era uno de los míos. Conocía que habría de venir el
Mesías, y creía en ello; mas no podía imaginar que el humilde Jesús fuese el salvador
prometido. Su corazón estaba lleno de la soberbia del mundo y por eso no había
sentido la presencia de su Señor.
Saulo se había levantado en contra de su Redentor. Perseguía a mis discípulos así
como a la gente que a ellos se acercaban para escuchar mi mensaje de labios de
aquellos apóstoles. Y así le sorprendí, dedicado a perseguir a los míos, le toque en lo
más sensible de su corazón y al instante me reconoció, porque su espíritu me
esperaba, por ello oyó mi voz.
Fue mi voluntad, que aquel hombre público se convirtiese de esa manera, para que
el mundo fuese presenciando a cada paso esas obras sorprendentes que le sirviesen de
estímulo a su fe y a su comprensión.
¿A qué citar hecho por hecho la vida de aquel hombre, que desde entonces se
consagró a amar a sus semejantes, inspirado en el amor hacia su Maestro y en sus
divinas lecciones?
Pablo fue uno de los más grandes apóstoles de mi palabra, su testimonio fue
siempre de amor, de limpidez, de verdad y de luz. Su anterior materialismo, se
transformó en una espiritualidad muy elevada, su dureza se convirtió en infinita
ternura, y así se cambió el perseguidor de mis apóstoles en el más diligente sembrador
de mi palabra, en el incansable caminante que llevara a distintas naciones, a comarcas
y a aldeas, el divino mensaje de su Señor, por quien vivió y a quien le ofrendó su
vida.
Aquí tenéis, pueblo amado, un bello ejemplo de conversión y una demostración de
que, aun no habiéndome escuchado, pueden llegar los hombres a ser mis grandes
apóstoles.

La ejemplaridad de los Apóstoles

¿Quién sino Yo, alentó a los discípulos en aquel Segundo Tiempo, cuando ya
caminaban por el mundo sin su Maestro? ¿No os parece admirable la obra de cada
uno de ellos? Pues os digo que también habían tenido flaquezas como cualquier
humano. Más tarde se llenaron de amor y de fe, no les amedrentó quedarse en el
mundo como ovejas entre lobos y andar siempre perseguidos y burlados por la gente.
Ellos tenían potestad para hacer prodigios, sabían hacer uso de aquella gracia para
convertir corazones a la verdad.
Bienaventurados todos aquéllos que escucharon la palabra de Jesús en labios de
mis apóstoles, porque en ellos mi Doctrina no sufrió alteración alguna, sino que fue
dada con toda pureza y verdad. Por eso los hombres al escucharles, sentían en su
espíritu la presencia del Señor y experimentaban en su ser una sensación de poder, de
sabiduría y majestad.
Ahí tenéis en ellos un digno ejemplo: aquellos pobres y humildes pescadores de
Galilea, transformados por el amor en pescadores espirituales conmovieron pueblos e
imperios con la palabra que de Jesús habían aprendido y prepararon con su
perseverancia y su sacrificio la conversión de los pueblos y el establecimiento de la
paz espiritual. Desde los reyes hasta los mendigos supieron de mi paz en aquellos días
de cristianismo verdadero.
No fue perdurable aquella era de espiritualidad entre los hombres, mas Yo que
todo lo sé, os había anunciado y prometido mi retorno porque sabía que volveríais a
necesitarme.

La expansión del Cristianismo

Mi Doctrina, en los labios y en las obras de mis discípulos, era una espada de
amor y de luz que luchaba contra la ignorancia, la idolatría y el materialismo. Un
clamor de indignación se levantaba en los que veían el próximo derrumbe de sus
mitos y de sus tradiciones, al mismo tiempo que en otros corazones surgía un himno
de gozo ante la senda luminosa que se abría a la esperanza y a la fe de los sedientos de
verdad y de los oprimidos por el pecado.
Los que negaban la vida espiritual se exasperaban al escuchar las revelaciones del
Reino de los Cielos, mientras que los que intuían aquella existencia y esperaban
justicia y salvación, daban gracias al Padre por haber enviado al mundo a su
Unigénito.
Los hombres que conservaban en su corazón el anhelo bendito de servir y amar
con pureza a su Dios, veían despejarse su senda e iluminarse su entendimiento al
penetrar en mi palabra y sentían un alivio en su espíritu y en su corazón. La enseñanza
de Cristo, como verdadero pan espiritual, venía a llenar el inmenso vacío que
llevaban, colmando con su perfección y con su esencia todas las aspiraciones de su
espíritu.
Una nueva era se iniciaba, un camino más claro se abría, conduciendo a la
eternidad.
¡Qué hermosos sentimientos de elevación espiritual, de amor y de ternura se
despertaron entonces en los que se iluminaron de fe para recibir mi palabra! ¡Cuánto
valor y qué firmeza acompañó a aquellos corazones, que supieron sufrirlo y
arrostrarlo todo sin decaer un instante!
¿Acaso porque la sangre del Maestro se encontraba fresca aún? No, pueblo; la
esencia espiritual de aquella sangre, que fue la representación material del Divino
Amor, no se seca ni extingue jamás, ella está presente, viva y cálida ahora como
entonces.
Es que en aquellos corazones existió también amor hacia la verdad, a la que
consagraron su vida y hasta ofrendaron su sangre, para confirmar con ello que habían
aprendido la lección de su Maestro.
Aquella sangre noblemente derramada venció los obstáculos y las vicisitudes.
¡Cómo contrastaba la espiritualidad de los discípulos de mi palabra con la
idolatría, el materialismo, el egoísmo y la ignorancia de los fanáticos en tradiciones
antiguas, o de los paganos que vivían tan sólo para rendir culto al placer de la materia!
Sembrad de buenos ejemplos el camino, no adulteréis mis enseñanzas, imitad en
esto a mis apóstoles del Segundo Tiempo que nunca cayeron en cultos materiales para
enseñar y explicar mi Doctrina. No se les puede atribuir a ellos la idolatría en que
después cayó la humanidad. Sus manos jamás erigieron altares, ni construyeron
palacios para el culto espiritual; pero llevaron la enseñanza de Cristo a la humanidad,
llevaron la salud a los enfermos, la esperanza y el consuelo a los pobres y a los tristes,
y como su Maestro, enseñaron el camino de salvación a los perdidos.
La religión cristiana que conocéis en estos tiempos, no es siquiera un reflejo de la
Doctrina que mis apóstoles practicaron y enseñaron.
Nuevamente os digo que en aquellos discípulos podéis encontrar modelos
perfectos de humildad, de amor, de caridad y elevación. Ellos sellaron con sangre la
verdad que pronunciaron sus bocas.
De vosotros no pedirá ya sangre la humanidad, para creer en vuestro testimonio;
pero os pedirá verdad.

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