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Pasión, Muerte y Resurrección.




Esfuerzos y padecimientos durante la vida de Jesús

Vine a vivir entre los hombres haciendo de mi vida un ejemplo, un libro. Yo supe
de todos los dolores, de las pruebas y de las luchas, de la pobreza, del trabajo y de las
persecuciones; supe del desconocimiento de los parientes, de la ingratitud y de la
traición; de las largas jornadas, de la sed y del hambre, de la burla, de la soledad y de
la muerte. Dejé que todo el peso del pecado humano, cayera sobre Mí. Permití que el
hombre escudriñara mi Espíritu en mi palabra y en mi cuerpo taladrado, donde podía
contemplarse hasta el último de mis huesos. Siendo Dios, quedé convertido en rey de
burlas, en un despojo y aún tuve que cargar la cruz de la ignominia y escalar el
montículo donde los ladrones morían. Ahí cesó mi vida humana, como una prueba de
que Yo, no solamente soy el Dios de la palabra, sino el Dios de las obras.
Cuando se acercaba la hora y la cena había concluido, Jesús había hecho a sus
discípulos las últimas recomendaciones. Se encaminó al Huerto de los Olivos, donde
acostumbraba a orar, y hablando al Padre, le dijo: "Señor, si es posible, aparta de Mí
este cáliz, mas antes, hágase Tu voluntad". Entonces, se acercó aquel de mis
discípulos que había de entregarme, acompañado de la turba que iba a aprehenderme.
Cuando aquéllos preguntaron: "¿Quién es Jesús, el Nazareno?" Judas se acercó a su
Maestro y lo besó. En el corazón de aquellos hombres hubo temor y turbación al
contemplar la serenidad de Jesús y volvieron a preguntar: "¿Quién es Jesús?"
Entonces, adelantándome hacia ellos, les dije: "Heme aquí, Yo soy". Ahí comenzó mi
pasión.
Me llevaron ante pontífices, jueces y gobernadores; me interrogaron, me juzgaron y
acusaron de infringir la ley de Moisés y de querer formar un reino que destruyese al
de César.
¿No recordáis en cuantas ocasiones manifesté mi amor, no sólo en los que en Mí
creyeron, sino también en aquél que me traicionó y en quienes me persiguieron y
juzgaron? Ahora me podéis preguntar cuál fue la causa que me movió para permitir
todos aquellos escarnios y Yo os contesto: Era menester que les dejara completa
libertad de pensamiento y de obras, para que hubiera ocasiones propicias para
manifestarme y que todos palparan la misericordia y amor con que vine a doctrinar al
mundo.

La traición de Judas

Yo no moví el corazón de Judas para que me traicionara, él sirvió de instrumento a
un mal pensamiento cuando su corazón se llenó de tinieblas; y ante la infidelidad de
aquel discípulo, le manifesté mi perdón.
No hubiere sido preciso que uno de los míos me traicionara para daros aquella
muestra de humildad, el Maestro la hubiera demostrado en cualquier ocasión que los
hombres le hubiesen presentado. A aquél discípulo le correspondió ser el instrumento
por el cual el Maestro mostró al mundo su divina humildad y aunque habéis pensado
que la flaqueza de aquel hombre fue la que ocasionó la muerte de Jesús, Yo os digo
que estáis en un error, porque Yo vine a darme todo a vosotros, y si no hubiese sido
en esa forma, estad seguros de que hubiese sido en otra. Por tanto no tenéis derecho a
maldecir o a juzgar a aquél que es vuestro hermano, al que en un instante de
ofuscación faltó al amor y a la fidelidad que debía a su Maestro. Si vosotros le culpáis
de mi muerte, ¿Por qué no lo bendecís sabiendo que mi sangre fue derramada para la
salvación de todos los hombres? Más os valdría orar para pedir que ninguno de
vosotros caiga en tentación, porque la hipocresía de los escribas y fariseos aún existe
en el mundo.
Cuando fui interrogado por el pontífice Caifas diciéndome: Yo te conjuro a que me
digas si eres el Cristo, el Mesías, el Hijo de Dios. Yo le respondí: "Tú lo has dicho".

La Pasión de Jesús

¿Cuántos corazones que días antes habían admirado y bendecido mis obras,
olvidándose de ellas, se tornaron en ingratos y se unieron a los que blasfemaban
contra Mí? Mas era menester que fuera muy grande aquel sacrificio para que no se
borrara jamás del corazón de la humanidad.
El mundo, y en él vosotros, me visteis ser blasfemado, escarnecido y humillado,
hasta donde ningún hombre haya podido serlo; mas Yo apuré con paciencia el cáliz
que me disteis a beber. Paso a paso cumplí mi destino de amor entre los hombres,
dándome todo a mis hijos.
Bienaventurados los que, a pesar de ver ensangrentado y jadeante a su Dios,
creyeron en Él.
Mas algo mayor aún me esperaba; morir clavado en un madero entre dos ladrones;
pero escrito estaba y así debía cumplirse, para que Yo fuese reconocido como el
Mesías verdadero.
Sobre esta enseñanza que ahora os doy, ya os ofrecí en el Segundo Tiempo un
ejemplo. Hallábase Jesús en la cruz, el Redentor agonizaba ante aquellas multitudes a
las que tanto había amado, cada corazón era una puerta a la cual Él había llamado.
Entre la turba se encontraba el hombre que gobernaba multitudes, el príncipe de la
iglesia, el publicano, el fariseo, el rico, el pobre, el perverso y el sencillo de corazón.
Y mientras unos sabían quien era el que expiraba en aquella hora, porque habían visto
sus obras y recibido sus beneficios, otros sedientos de sangre inocente y ávidos de
venganza, aceleraban la muerte de Aquél a quien burlescamente llamaban Rey de los
judíos, sin saber que no sólo era Rey de un pueblo, sino que lo era de todos los
pueblos de la Tierra y de todos los mundos del Universo. Jesús, dirigiendo una de sus
últimas miradas a aquellas multitudes, lleno de ternura y de piedad, elevó su súplica al
Padre, diciendo: "Padre mío, perdónales, porque no saben lo que hacen".
Aquella mirada, lo mismo envolvió al que lloraba por Él, que al que gozaba con
su tormento, porque el amor del Maestro que era el amor del Padre, era uno solo para
todos.
Cuando llegó el día en que las turbas, azuzadas por quienes se sentían intranquilos
con la presencia de Jesús, le hirieron y azotaron; y le vieron sangrar como un simple
mortal bajo el efecto de los azotes; más tarde, agonizar y morir como cualquier
humano; los fariseos, los príncipes y los sacerdotes, exclamaron satisfechos: he ahí
que se nombra hijo de Dios, al que se creyó rey y se hizo pasar por el Mesías.
Fue por ellos, más que por otros, por los que Jesús pidió a su Padre que perdonara
a aquéllos que, conociendo las escrituras lo estaban negando, y ante las multitudes lo
estaban mostrando como a un impostor. Ellos eran los que, diciendo ser los doctores
de la ley, en realidad, al juzgar a Jesús, no sabían lo que hacían, mientras que allí,
entre las turbas, había corazones destrozados por el dolor, ante la injusticia que
estaban presenciando y rostros anegados por el llanto, ante el sacrificio del Justo. Eran
los hombres y las mujeres de corazón sencillo y de espíritu humilde y elevado, que
sabían quién era el que había estado en el mundo con los hombres y comprendían lo
que éstos perdían al partir el Maestro.
Os habla Aquél que en la cruz, agonizante, maltrecho y torturado por la turba,
elevó sus ojos al infinito, diciendo: "Padre, perdónales, porque no saben lo que
hacen".
En aquel divino perdón, abarqué y envolví a todos los hombres de todos los
tiempos, porque Yo podía ver el pasado, el presente y el futuro de la humanidad.
Puedo deciros en verdad y en espíritu, que en aquella bendita hora os estaba
contemplando a vosotros que en este tiempo estáis escuchando mi nueva palabra.
Cuando desde lo alto de la cruz dirigí mis últimas miradas a la multitud,
contemplé a María, y le dije refiriéndome a Juan: "Mujer, he ahí a tu hijo" y a Juan:
"Hijo, he ahí a tu Madre".
Juan era el único en aquella hora que podía entender el sentido de aquella frase,
porque las turbas estaban tan ciegas, que cuando les dije: Sed tengo cuando era sed de
amor lo que experimentaba mi Espíritu.
También los dos malhechores agonizaban junto Conmigo y mientras uno
blasfemaba y se hundía en el abismo, el otro se iluminaba con la luz de la fe, y a pesar
de ver a su Dios enclavado en el ignominioso madero y próximo a expirar, creía en su
Divinidad y le dijo: "Cuando estés en el Reino de los Cielos, acuérdate de mí", a lo
cual respondí conmovido por tanta fe: "En verdad te digo, que hoy estarás Conmigo
en el Paraíso".
Nadie sabe las tempestades que se agitaban en esa hora dentro del corazón de
Jesús; los elementos desencadenados eran sólo un débil reflejo de lo que en la soledad
de aquel hombre pasaba y era tan grande y tan real el dolor del Espíritu Divino, que la
carne sintiéndose por un instante débil, exclamó: "Dios mío, Dios mío, ¿Por qué me
has abandonado?"
Si enseñé a los hombres a vivir, también les vine a enseñar a morir perdonando y
bendiciendo, aún a los mismos que me injuriaban y martirizaban al decir al Padre:
"Perdónales, que no saben lo que hacen".
Y cuando el espíritu abandonaba esta morada, dije: "Padre, en vuestras manos
encomiendo mi espíritu". La lección perfecta había concluido, como Dios y como
hombre había hablado.
Un instante bastó a Dimas para salvarse, y ése fue el último de su vida; él me
habló desde su cruz, y a pesar de ver que Jesús, el que se decía hijo de Dios, estaba en
agonía, sintió que era el Mesías, el Salvador y a Él se entregó con todo el
arrepentimiento de su corazón y con toda la humildad de su espíritu, por eso le
prometí el Paraíso para ese mismo día.
Yo os digo que todo aquél que inconscientemente vaya pecando, pero que al final
de su vida me hable con su corazón lleno de humildad y de fe, le haré sentir la ternura
de mi caridad, que lo elevará de las miserias de la Tierra, para hacerle conocer los
deleites de una vida noble y elevada.
Sí, amado Dimas, tú fuiste conmigo en el Paraíso de la luz y de la paz espiritual, a
donde llevé a tu espíritu, en premio a su fe. ¿Quién hubiese dicho a los que dudaban
que en Jesús, moribundo y sangrante, habitase un Dios, que en el ladrón que
agonizaba a su diestra se ocultase un espíritu de luz?
El tiempo pasó y cuando la calma renació, muchos de aquéllos que me negaron y
escarnecieron fueron penetrando en la luz de mi verdad, por lo que su arrepentimiento
fue grande y su amor para seguirme fue inquebrantable.
Cuando el cuerpo que me sirvió de envoltura en el Segundo Tiempo entró en
agonía y desde la cruz pronuncié las postreras palabras, hubo entre mis últimas frases
una que ni en aquellos instantes, ni mucho tiempo después fue comprendida: "¿Dios
mío, Dios mío, por qué me has abandonado?".
Por aquellas palabras muchos dudaron; otros se confundieron pensando que fue
una flaqueza, un titubeo, un instante de debilidad. Mas no han tomado en cuenta que
esa no fue la última frase sino que después de ella aún pronuncié otras que revelaban
fortaleza y lucidez plenas: "Padre, en tus manos encomiendo mi Espíritu" y "Todo
está consumado".
Ahora que he vuelto para hacer luz en vuestras confusiones y esclarecer lo que
habéis llamado misterios, os digo: Cuando estuve en la cruz, la agonía fue larga,
cruenta y el cuerpo de Jesús, infinitamente más sensible que el de todos los hombres,
sufría una agonía prolongada y la muerte no llegaba. Jesús había cumplido su misión
en el mundo, ya había dicho la última palabra y enseñado la última lección; entonces
aquel cuerpo torturado, aquella carne destrozada al sentir la ausencia del espíritu,
preguntó dolorosamente al Señor: "¡Padre, Padre! ¿Por qué me has abandonado?" Era
la dulce y doliente queja del cordero herido hacia su Pastor. Era la prueba de que
Cristo, el Verbo, en verdad se hizo hombre en Jesús y su padecimiento fue real.
¿Podéis atribuir vosotros a Cristo estas palabras, estando unido al Padre
eternamente: Ahora sabéis que fue un gemido del cuerpo de Jesús, lacerado por la
ceguera de los hombres. Mas cuando la caricia del Señor se posó sobre aquella carne
martirizada, prosiguió hablando Jesús y sus palabras fueron: "Padre en tus manos
encomiendo mi Espíritu". "Todo está consumado".
Cuando Jesús fue en la cruz, no hubo espíritu que no se sintiera estremecido ante
la voz de amor y de justicia de Aquél que moría desnudo como la misma verdad que
entregó en su palabra. Quienes han analizado la vida de Jesús, han reconocido que ni
antes ni después de Él, ha existido quien lleve a cabo una obra como la suya, porque
fue obra divina que con su ejemplo salvará a la humanidad.
Llegué con mansedumbre al sacrificio, porque sabía que mi sangre había de
convertiros y salvaros. Hablé con amor y os perdoné hasta el último instante porque
vine a traeros una enseñanza sublime y a trazaros el camino con ejemplos perfectos
hacia la eternidad.
Quiso la humanidad hacerme desistir de mi propósito buscando la fragilidad de la
carne y no desistí. Quisieron los hombres hacerme blasfemar y no blasfemé. Mientras
más me ofendían las turbas, más piedad y amor tenía de ellas y cuanto más herían mi
cuerpo, más sangre manaba de él para dar vida a los muertos a la fe.
Esa sangre es el símbolo del amor con que tracé el camino al espíritu humano.
Dejé mi palabra de fe y esperanza a los hambrientos de justicia y el tesoro de mis
revelaciones a los pobres de espíritu.
Hasta que el tiempo pasó, la humanidad se dio cuenta de quien había estado en el
mundo; entonces, la Obra de Jesús fue tenida por perfecta y divina, reconocida como
sobre-humana. ¡Cuántas lágrimas de arrepentimiento! ¡Cuánto remordimiento en los
espíritus!
Si Jesús que era el Camino, la Verdad y la Vida, terminó su misión con aquella
oración de siete palabras, diciendo al final a su Padre: En tus manos encomiendo mi
Espíritu. Pensad si vosotros que sois los párvulos y los discípulos de aquel Maestro,
podréis dejar esta vida sin ofrecérsela al Padre como un atributo de obediencia y de
humildad, y podréis cerrar vuestros ojos a este mundo sin pedir al Señor su
protección, ya que tendréis que abrirlos en otras regiones.
Toda la vida de Jesús fue una ofrenda de amor al Padre. Las horas que duró su
agonía en la cruz fueron una oración de amor, de intercesión y de perdón.
Ése es el camino que os vine a señalar, humanidad. Vivid imitando a vuestro
Maestro y os prometo llevaros a mi seno, que es el origen de toda felicidad.
Yo Cristo, a través de Jesús, el hombre, manifesté la gloria del Padre su sabiduría
y su poder. El poder fue empleado para obrar prodigios en bien de los necesitados de
fe en el espíritu, de luz en el entendimiento y de paz en el corazón. Ese poder, que es
la misma fuerza del amor, fue derramado sobre los necesitados, para darse íntegro a
los demás, a tal punto que no lo empleé para mi propio cuerpo, que también lo
necesitaba en la hora suprema.
Yo no quise hacer uso de mi poder para evitar el intenso sufrimiento de mi
cuerpo, porque al hacerme hombre fue con el fin de padecer por vosotros dándoos una
prueba palpable, divina y humana de mi infinito amor y mi piedad por los pequeños,
por los necesitados, por los pecadores.
Todo el poder que manifesté para ¡os demás, lo mismo al limpiar a un leproso, al
darle luz al ciego y el movimiento al paralítico, que al convertir a los pecadores y
resucitar a los muertos; toda la potestad que manifesté delante de las turbas, para
darles pruebas de mi verdad, ya probándoles mi autoridad sobre los elementos y mi
potestad sobre la vida y la muerte, no quise siquiera emplearla para conmigo, dejando
que mi cuerpo viviera aquella pasión y sintiera aquel dolor.
Cierto es que mi poder habría evitado todo dolor a mi cuerpo, pero ¿Qué mérito
hubiese tenido ante vosotros? ¿Qué ejemplo habría dejado Yo al alcance del hombre,
si hubiese hecho uso de mi poder para evitarme el dolor? Era preciso despojarme de
mi poder en aquellos instantes, renunciar a la fuerza divina para sentir y vivir el dolor
de la carne, la tristeza ante la ingratitud, la soledad, la agonía y la muerte.
Por eso los labios de Jesús pidieron ayuda en la hora suprema, porque su dolor era
real, mas no era tan sólo el dolor físico el que agobiaba al cuerpo febril y exhausto de
Jesús, era también la sensación espiritual de un Dios que a través de ese cuerpo era
vejado y escarnecido por los hijos ciegos, ingratos y soberbios, por quienes estaba
dando aquella sangre.
Jesús era fuerte por el espíritu que lo animaba, que era el Espíritu Divino y podía
haber sido físicamente insensible al dolor e invencible ante las pruebas de sus
perseguidores; pero era necesario que llorase, que sintiese, que ante los ojos de la
multitud cayese una vez tras otra, agotadas las fuerzas de su materia y que muriese
cuando de su cuerpo se hubiese escapado la última gota de sangre.
Así quedó cumplida mi misión en la Tierra. Así terminó la existencia en el mundo
de Aquél a quien días antes había proclamado Rey el pueblo, precisamente al entrar
en Jerusalén.

La acción salvadora de Jesús en los mundos del Más

En los primeros tiempos de la humanidad era tan escasa su evolución espiritual,
que su intuición sobre la existencia del espíritu después de la muerte material y el
conocimiento de su destino final, hacía que el espíritu al desencarnar penetrara en un
letargo profundo del cual lentamente iba despertando, mas cuando Cristo se hizo
hombre en Jesús para darle su enseñanza a todos los espíritus, una vez que hubo
consumado su misión entre la humanidad, envió su luz a multitudes de seres que
desde el principio del mundo esperaban su advenimiento para ser libertados de su
turbación y poder elevarse hacia el Creador.
Sólo Cristo podía iluminar aquellas tinieblas, sólo su voz podía resucitar a
aquellos espíritus que dormían para su evolución. Cuando Cristo expiró en cuanto
hombre, el Espíritu divino hizo luz en las moradas espirituales y en los mismos
sepulcros, de donde salieron los espíritus que junto a sus cuerpos dormían el sueño de
la muerte. Esos seres vagaron esa noche por el mundo haciéndose visibles a las
miradas humanas como un testimonio de que el Redentor era vida para todos los seres
y de que el espíritu es inmortal.
Hombres y mujeres percibían señales y voces del Más Allá; los ancianos y los
niños también eran testigos de estas manifestaciones y en los días anteriores a la
muerte del Redentor, la luz celestial penetró en el corazón de la humanidad, los seres
del valle espiritual, llamaron al corazón de los hombres y el día en que el Maestro en
cuanto hombre exhaló el último suspiro, y su luz penetró en todos los antros y en
todos los recintos, en las moradas materiales y espirituales, en busca de los seres que
hacía mucho tiempo lo estaban esperando, seres materializados, perturbados y
enfermos, perdidos del camino, atados con cadenas de remordimientos, arrastrando
fardos de iniquidad y otros espíritus que creían estar muertos y estaban adheridos a su
cuerpo; todos salieron de su letargo, y se levantaron a la vida.
Pero antes de abandonar esta Tierra, fueron a dar testimonio de su resurrección, de
su existencia, a los que les habían pertenecido y con todo esto, el mundo presenció
estas manifestaciones en aquella noche de luto y de duelo.
El corazón de los hombres se estremeció y los niños lloraron ante aquellos que
hacía tiempo que habían muerto y ese día volvían sólo por un instante, para dar
testimonio de aquel Maestro que habiendo descendido a la Tierra para esparcir su
semilla de amor, al mismo tiempo cultivaba los campos espirituales habitados por
infinidad de espíritus, también hijos suyos, y los sanaba y libertaba de su ignorancia.
Cuando dejé mi cuerpo, mi Espíritu hizo su entrada en el mundo de los espíritus
para hablarles con la palabra de verdad como a vosotros, les hablé del amor divino
porque ése es el verdadero conocimiento de la vida.
En verdad os digo que el espíritu de Jesús no estuvo un solo instante en la tumba,
tenía en otros mundos muchas caridades que hacer; mi mente infinita tenía para
aquéllos, como para vosotros, muchas revelaciones que manifestar.
También hay mundos donde los seres en espíritu no saben amar, moran en la
oscuridad y ansían la luz; hoy los hombres saben que donde hay desamor y egoísmo
existe oscuridad, que la guerra y las pasiones son la llave que cierra la puerta del
camino que conduce al Reino de Dios.
El amor, en cambio, es la llave con que se abre el Reino de la luz que es la verdad.
Aquí me he comunicado a través de materias, allá me he comunicado
directamente con los espíritus elevados, para que ellos instruyan a los que no están
capacitados para recibir directamente mi inspiración. Y esos seres elevados,
luminosos, son como aquí para vosotros, los portavoces.

La aparición de Jesús tras su Resurrección

Días después de mi crucifixión, hallándose mis discípulos reunidos en torno de
María, les hice sentir mi presencia, representada en la visión espiritual de una paloma.
En esa hora bendita, ninguno osó moverse ni pronunciar palabra alguna. Había
verdadero éxtasis, ante la contemplación de aquel miraje y los corazones latían llenos
de fuerza y de confianza, sabiendo que la presencia del Maestro, que aparentemente
se había ido, sería eternamente con ellos en espíritu.
¿Por qué habéis de creer que mi venida en espíritu no tiene objeto? Recordad que
Yo, después de mi muerte en cuanto hombre, seguí hablando a mis discípulos,
presentándome en Espíritu.
¿Qué hubiese sido de ellos sin aquellas manifestaciones que les di, alentándoles en
su fe y reanimándoles para el cumplimiento?
Triste era el cuadro que presentaban después de mi partida; las lágrimas no
cesaban de surcar sus rostros, los sollozos a cada instante se escapaban de sus pechos,
oraban frecuentemente y el temor y los remordimientos les agobiaban. Sabían que
mientras uno me había vendido, otro me había negado y que casi todos me habían
abandonado en la hora suprema.
¿Cómo podrían ser los testigos de aquel Maestro de toda perfección? ¿Cómo
tendrían valor y fuerza para enfrentarse a los hombres de tan diversos credos y formas
de pensar y de vivir?
Fue entonces cuando mi Espíritu hizo acto de presencia entre ellos para clamar su
dolor, encender su fe, inflamar sus corazones con el ideal de mi Doctrina.
Yo humanicé mi Espíritu hasta hacerlo visible y tangible ante los discípulos, pero
mi presencia fue espiritual y mirad cuánta influencia y trascendencia tuvieron aquellas
manifestaciones entre mis apóstoles.
Mi sacrificio se consumó, mas sabiendo que aquellos corazones me necesitaban
más que nunca, porque en su interior se había desatado una tempestad de dudas,
sufrimientos, confusiones y temores, presto me acerqué a ellos para darles una prueba
más de mi infinita caridad. En mi amor y piedad por aquellos párvulos de mi palabra,
me humanicé tomando la forma o imagen del cuerpo que llevé en el mundo y me dejé
ver y me hice oír y con mis palabras encendí de nuevo la fe en aquellos decaídos
espíritus. Era una nueva lección, una nueva forma de comunicarme con quienes me
habían acompañado en la Tierra; y se sintieron fortalecidos, inspirados, transfigurados
por la fe y el conocimiento en mi verdad.
A pesar de aquellas pruebas, de las que eran testigos todos, hubo uno que con
obstinación negaba mis manifestaciones y pruebas que espiritualmente venía a dar a
mis discípulos y fue menester permitirle que palpara hasta con sus sentidos materiales
mi presencia espiritual para que pudiese creer.
Pero no solamente entre los discípulos que más cerca de Mí estuvieron se suscitó
aquella duda; no, también entre las multitudes, en los poblados, en las ciudades y en
las aldeas, entre los que habían recibido pruebas de mi poder y por esas obras me
seguían, surgió la confusión, la interrogación angustiosa, la sorpresa, el no saberse
explicar, por qué todo había terminado en aquella forma.
Yo tuve caridad de todos y así como a mis más cercanos discípulos les di pruebas
de no haberme apartado de ellos aunque ya no les acompañase en cuanto hombre en la
Tierra, a cada corazón, en cada hogar o familia y en cada pueblo, me manifesté ante
los corazones que creían en Mí, haciéndoles sentir mi presencia espiritual en multitud
de formas. Entonces comenzó la lucha de aquel pueblo de cristianos que necesitaron
perder en la Tierra a su Maestro para levantarse a predicar la verdad que Él les había
revelado. Todos conocéis sus grandes obras.
En el Segundo Tiempo, cuando me hice visible a mis discípulos por última vez
entre nubes, al desaparecer de su vista, hubo tristeza en ellos porque en ese instante
sintieron quedar en la soledad, mas luego escucharon la voz del ángel emisario del
Señor que les decía: "Varones galileos: ¿Qué es lo que miráis? A este mismo Jesús
que hoy habéis visto ascender a los Cielos, le veréis descender en la misma forma".
Entonces ellos comprendieron que cuando el Maestro volviera a los hombres, lo
haría espiritualmente.

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