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La venida del Señor





La venida del Señor

Estoy presente ante la humanidad, en un tiempo en el cual nuevas revelaciones han
transformado la vida de los hombres; y así hago acto de presencia entre vosotros, con
la misma humildad que en Mí conocisteis en aquel tiempo.
No es que el Verbo de Dios haya nacido de nuevo en la pobreza de un pesebre; no,
porque ya no hace falta que la materia dé testimonio del poder de Dios. Si los
hombres creen que esta materia es Dios venido al mundo, no es así, la presencia de
Dios es espiritual, universal, infinita.
Si todo lo que los hombres han luchado en este tiempo, estuviese dentro de lo justo,
de lo lícito y bueno, no hubiera sido necesario que Yo descendiese a hablaros
nuevamente; pero, no todas las obras que me presenta esta humanidad, son buenas;
hay muchos errores, muchas injusticias, muchos desvíos y maldades, por lo tanto,
hacía falta que mi caridad despertase al hombre cuando más entregado se encontraba
en su obra, para recordarle cuáles son los deberes olvidados y a quién debe todo lo
que es y lo que ha de ser.
Para hacerme oír de una humanidad materializada, la cual no podía haberme
escuchado de Espíritu a espíritu, tuve que servirme de sus dones y facultades, para
comunicarme a través del entendimiento del hombre.
La explicación de por qué "desciendo" a comunicarme con vosotros, es ésta: Al no
poder elevaros para comunicaros con vuestro Señor de espíritu a Espíritu, he tenido
que descender un peldaño más, o sea, de lo espiritual, de lo divino, donde aún no
podéis llegar, tomar entonces vuestro entendimiento, el cual tiene asiento en el
cerebro del hombre y traducir mi inspiración divina en palabra humana y en sonido
material.
El hombre necesita de un conocimiento más y es Dios el que viene al hombre para
confiarle sabiduría; si el medio elegido para mi breve comunicación por el
entendimiento de estos portavoces, no os parece digno, os digo en verdad, que el
mensaje dado a través de ellos, es muy grande. Hubieseis querido que mi
manifestación ante el hombre, se hiciese a través de pompas y ceremonias que
impresionaran, pero que en realidad son vanas ante el espíritu porque carecen de
verdadera luz.
Yo podía haber venido entre relámpagos y tempestades para hacer sentir mi poder,
pero entonces, ¡Cuan fácil hubiese sido que el hombre confesase que era llegada la
presencia del Señor! Mas, ¿No creéis que hubiese vuelto el temor a vuestro corazón, y
también la idea de lo incomprensible? No creéis que todo sentimiento de amor hacia
el Padre se hubiese tornado tan sólo en miedo a su justicia? Y debéis saber que Dios,
aunque es fuerza omnipotente, no os vencerá con esa fuerza, no se impondrá por ella,
sino por otra potencia, y ésa es la del amor.
Es el Espíritu Divino el que ahora habla al Universo; Él es quien viene a hacer luz
en todo lo que no visteis claro en otro tiempo, es la aurora de un nuevo día para todos
los hombres, por que viene a libertaros de falsos temores, a destruir vuestras dudas, en
fin, a haceros libres de espíritu y entendimiento.
Yo os digo que después de conocer la esencia de mis enseñanzas y la justicia de
mis leyes, conoceréis también los límites que vuestros conceptos os habían
impulsado, impidiéndoos ir más allá de un débil conocimiento de la verdad.
Ya no será el miedo ni el temor al castigo lo que os detenga para investigar, para
descubrir; sólo cuando verdaderamente estéis queriendo conocer lo impenetrable, será
vuestra conciencia la que os vede el paso, porque debéis saber que no toda la verdad
corresponde al hombre, y que de ella, sólo debe tomar la parte que le corresponde.
Pueblo: Si mi venida fue anunciada que sería en medio de guerras, de elementos
desencadenados, de epidemias y de caos, no es porque Yo os haya traído todo esto; es
porque precisamente mi presencia había de ser oportuna en esa hora de crisis para la
humanidad.
Y aquí tenéis el cumplimiento de cuando un mundo agoniza y en sus estertores
estremece y sacude la Tierra, para dar paso a una nueva humanidad; por ello el
llamado de amor, amor que encierra e inspira: justicia, fraternidad y paz.
La palabra de Cristo germinó en sus discípulos, y en el pueblo que le siguió,
creció su siembra, se extendió su enseñanza y cundió su esencia por todo el mundo;
así también se extenderá esta enseñanza de ahora, la cual será recibida por todos
aquellos que se encuentren capacitados para sentirla y comprenderla.

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