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Introducción al acontecimiento sagrado.





Introducción al acontecimiento sagrado.

En el principio de los tiempos el mundo estaba carente de amor, los primeros
hombres estaban lejos de sentir y de comprender esa fuerza divina, esa esencia del
espíritu, principio de todo lo creado.
Creían en Dios, pero sólo le atribuían fuerza y justicia. Los hombres creían
entender el lenguaje divino a través de los elementos de la Naturaleza; así, cuando los
veían apacibles y serenos, pensaban que el Señor estaba de plácemes con las obras de
los hombres, mas, si los elementos se desataban, entonces creían ver en ello la ira de
Dios manifestada en esa forma.
En el corazón del hombre se había formado la idea de un Dios terrible, en quien
podía albergarse el rencor y el sentimiento de venganza, por eso, cuando creían haber
ofendido a Dios, le ofrecían holocaustos y sacrificios, esperando desagraviarle.
Yo os digo que aquellas ofrendas no estuvieron inspiradas en el amor a Dios, era el
temor a la divina justicia, el miedo al castigo, lo que inspiraba a los primeros pueblos
a ofrecer tributos a su Señor.
Al Espíritu Divino le llamaban Dios simplemente; pero nunca Padre, ni Maestro.
Fueron los patriarcas y los primeros profetas, los que empezaron a hacer
comprender al hombre que Dios era justicia, sí, pero justicia perfecta, que era ante
todo Padre, y que, como Padre, amaba a todas sus criaturas.
Paso a paso, caminando lentamente por el sendero de la evolución espiritual,
continuó su peregrinaje la humanidad, pasando de una era a otra y conociendo algo
más del Arcano Divino, mediante las revelaciones que en cada tiempo les hacía Dios
a sus hijos.
Sin embargo, todavía el hombre no llegaba a tener un conocimiento completo del
divino amor; porque no amaba verdaderamente a Dios, como a un Padre, ni sabía
sentir en su corazón el amor que su Señor a cada paso le brindaba.
Fue menester que el amor perfecto se hiciese hombre, que el Verbo encarnara y se
convirtiese en materia tangible y visible a los hombres, para que éstos supiesen al fin,
cuánto y de qué manera les amaba Dios.
¡No todos reconocieron en Jesús la presencia del Padre! ¿Cómo iban a reconocerle
su Jesús era humilde, compasivo, amoroso aun con los que le ofendían? Ellos tenían a
Dios por fuerte y soberbio delante de sus enemigos, justiciero y terrible para con
quienes le ofendían.
Pero, así como muchos negaron, también muchos creyeron aquella palabra que
penetraba hasta lo más escondido del corazón; aquella forma de sanar dolencias y
males incurables, tan sólo con una caricia, con una mirada de compasión infinita, con
una palabra de esperanza; aquella enseñanza que era la promesa de un mundo nuevo,
de una vida de luz y de justicia, no pudo borrarse de muchos corazones, los cuales
comprendieron que aquel hombre divino era la verdad del Padre, el Amor Divino de
Aquél a quien los hombres no conocían y por lo tanto, no podían amar.
La semilla de aquella suprema verdad quedó sembrada para siempre en el corazón
de la humanidad. Cristo fue el sembrador y aún sigue cultivando la simiente; luego
vendrá por el fruto para deleitarse con él eternamente, y ya en su palabra no volverá a
decir: "Tengo hambre" o "Sed tengo", porque al fin sus hijos le amarán como Él les
ha amado desde el principio.
¿Quién os está hablando de Cristo, discípulos? Él mismo.
Soy Yo, el Verbo, quien os habla de nuevo, humanidad; reconocedme, no dudéis
de mi presencia por la humildad con que me presento. La ostentación no puede estar
conmigo.
Recordadme a través de mi paso por el mundo en aquel tiempo; recordad que morí
tan humildemente como había nacido y vivido.

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