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El hombre mal conducido y materialista.




Ignorancia y soberbia del ser humano

La finalidad de la creación de este mundo es el hombre, para su complacencia he
puesto a los demás seres y elementos, a fin de que se sirva de ellos para su
conservación y recreo.
Mas si él me hubiese amado y reconocido desde los primeros tiempos, desde su
infancia espiritual, hoy formaría parte de un mundo de grandes espíritus, en donde no
existiría la ignorancia ni habría diferencias, en donde todos seríais iguales en el saber
y en la elevación de vuestros sentimientos.
Pero ¡Cuan lentamente evoluciona el hombre! ¡Cuántos siglos han pasado desde
que él vive en la Tierra y aún no ha alcanzado a comprender su misión espiritual y su
verdadero destino! No ha podido descubrir en sí mismo a su espíritu que no muere
porque tiene vida eterna; no ha sabido vivir en armonía con él, ni le ha reconocido sus
derechos, y éste, privado de su libertad, no ha desarrollado sus dones y se encuentra
estacionado.
El hombre al apartarse del cumplimiento de mi ley, ha creado ideas, teorías,
religiones y doctrinas diversas que dividen y confunden a la humanidad, atando al
espíritu al materialismo, impidiéndole elevarse libremente. Mas la luz de mi Espíritu
Santo ilumina a todos los hombres, indicándoles el sendero de la vida verdadera,
donde sólo hay un guía que es la conciencia.
Un materialista sólo ama la vida humana, más reconociendo que todo en ella es
fugaz, procura vivirla intensamente.
Cuando sus planes o sus ambiciones no se realizan, o el dolor en alguna forma lo
sorprende, entonces se desespera, blasfema y reta al destino, culpándole de no recibir
las dádivas a que cree tener derecho.
Son espíritus débiles en materias reacias, son seres moralmente pequeños, que son
probados en muchas formas, para hacerles comprender el valor que ellos en su
materialidad atribuyen a obras de escaso mérito.
¡Cómo desearían modificar su destino los materializados! ¡Quisieran que todo se
hiciera según su idea y su voluntad!

Ahora podréis comprender que si siempre me he manifestado en sabiduría a los
hombres, ha sido para libertar a los espíritus aprisionados por entendimientos
limitados.
Aún existe en esta era mentes entorpecidas y faltas de inspiración. Cuando los
hombres ya deberían poseer una mente lúcida y despejada por su evolución, todavía
muchos piensan y viven como en las épocas primitivas.
Otros han alcanzado un gran adelanto en la ciencia, encerrándose en su vanidad y
egoísmo, creyendo haber alcanzado la cima del saber; se han estancado en el camino
de su adelanto espiritual.
Si el hombre viviese despierto para la vida superior que sobre él existe y vibra y si
supiese interrogar a su espíritu, de cuántos tropiezos escaparía, de cuántos abismos se
salvaría; pero se pasa la vida interrogando a quienes no podrán resolverle sus dudas y
sus incertidumbres: a los hombres de ciencia, que han penetrado en la Naturaleza
material; pero que no conocen la vida espiritual, porque dentro de ellos se ha
aletargado el espíritu.
El espíritu de la humanidad necesita despertar para encontrarse a sí mismo, para
descubrir todos los dones que le han sido confiados para ayudarlo en su lucha.
Hoy el hombre es como una pequeña hoja seca desprendida del árbol de la vida y
a merced de los vientos, sujeto a mil vicisitudes, débil ante los elementos de la
Naturaleza, frágil y pequeño ante la muerte, cuando él debiera haberse enseñoreado de
la Tierra como un príncipe enviado por Mí a perfeccionarse en el mundo.
Ha llegado el tiempo de juicio, en el que a unos les preguntaré: ¿Por qué me
habéis negado? Y a otros: ¿Por qué me habéis perseguido? ¿Tiene derecho a negar la
existencia de mi Reino, el que no ha sabido penetrar en sí mismo? Es distinto que no
conozcáis mi verdad, que no sepáis aquello que podéis concebir, os digo que es
mucha vuestra ignorancia y muy grande vuestra soberbia.
En verdad os digo que quien niega a Dios y a su Reino, se ha negado a él mismo.
El que quiere tomar fuerza en sí mismo, creyéndose absoluto y sintiéndose orgulloso
de poder ser grande sin necesidad de Dios, muy cortos serán sus pasos por el mundo,
pronto se extraviará y sus sufrimientos serán muy dolorosos.
¿Dónde están los verdaderos sabios?

Saber, es sentir mi presencia; saber, es dejarse conducir por mi luz y hacer mi
voluntad; saber, es comprender la Ley; saber, es amar.
Hoy es tan grande vuestra ignorancia espiritual, que cuando recordáis a los que
han partido al más allá decís. "Pobre, murió, y tuvo que dejarlo todo y se fue para
siempre".
Si supieseis con qué compasión os ven desde el mundo espiritual, aquellos seres
cuando os escuchan hablar así. ¡Piedad es lo que sienten por vosotros ante vuestra
ignorancia, porque si les pudieseis contemplar, aunque fuese por un solo instante, os
quedaríais mudos y asombrados frente a la verdad!
A los valores materiales les habéis dado mayor importancia de la que poseen y en
cambio, de lo espiritual ya nada queréis saber y ha llegado a tanto vuestro amor al
mundo, que hasta lucháis cuanto es posible por ignorar todo lo que se refiera a lo
espiritual, por creer que ese conocimiento es contrario a vuestro progreso en la Tierra.
Yo os digo que el conocimiento de lo espiritual no afecta el adelanto de los
hombres, así en lo moral como en su ciencia. Por el contrario, esa luz le revela a los
hombres un caudal infinito de conocimientos que ahora son una incógnita para su
ciencia.
Mientras el hombre se resista a elevarse por la escala de la espiritualidad, no podrá
acercarse a la verdadera grandeza que aquí en el seno de su Padre, le dará la dicha
suprema de ser hijo de Dios, Hijo digno de mi Espíritu, por su amor, por su elevación
y su saber.

Falta de disposición a la abstención y esfuerzo

Si la humanidad no se obstinara en su ignorancia, otra sería su existencia en la
Tierra; mas los hombres se rebelan ante mis mandatos, reniegan de su destino, y en
vez de colaborar Conmigo en mi obra, buscan la forma de eludir mis leyes, para hacer
su voluntad.
También os digo, que si la humanidad observase con cuidado cada uno de sus
actos, se daría cuenta de cómo a cada paso se va revelando en contra mía.
Si derramo mis complacencias sobre los hombres, éstos se vuelven egoístas; si les
concedo que saboreen el gozo, llegan al exceso; si pongo a prueba su fortaleza, con el
fin de templarles el espíritu, protestan; y si permito que el cáliz de amargura llegue a
sus labios para purificarles, reniegan de la vida y sienten perder la fe. Si pongo en sus
hombros la carga de una familia numerosa, se desesperan y cuando levanto de la tierra
a alguno de sus seres queridos, me acusan de injusto.
Nunca os veo conformes, nunca escucho que bendigáis mi nombre en vuestras
pruebas, ni contemplo que tratéis, a través de vuestra vida, de trabajar en mi obra
creadora.
He puesto grandeza en el hombre, pero no la que él busca en la Tierra. La
grandeza de que Yo hablo es sacrificio, amor, humildad, caridad. El hombre huye
continuamente de estas virtudes apartándose de su verdadera grandeza y de la
dignidad que el Padre le ha dado como hijo suyo.
Huís de la humildad, porque creéis que significa pequeñez. Huís de las pruebas,
porque os espanta la miseria sin querer comprender que ellas vienen sólo a libertar a
vuestro espíritu. Huís también de lo espiritual, porque creéis que profundizaros en ese
conocimiento es perder vuestro tiempo, sin saber que despreciáis una luz superior a
toda ciencia humana.
Por eso os he dicho que existen muchos que jurando amarme no me aman y
diciendo creer en Mí no tienen fe; han llegado para decirme que están dispuestos a
seguirme, pero quieren seguirme sin cruz. Y Yo les he dicho: Todo aquél que quiera
seguirme, tome su cruz y sígame. Todo aquél que abrace su cruz con amor llegará a la
cumbre del Monte donde exhalará el postrer suspiro en esta Tierra para resucitar a la
vida eterna.

Hoy los hombres en vez de remediar la miseria que por doquier les rodea,
procuran obtener de ella el mejor provecho para sí mismos.
¿Por qué los hombres no se han elevado en busca de un ideal que les haga tener
sentimientos más puros y afanes más dignos del espíritu? Porque no han querido ver
más allá de donde sus ojos mortales pueden alcanzar, es decir, más allá de sus
miserias, de sus goces terrenales y de su ciencia material.
Se han dedicado a aprovechar el tiempo de que disfrutan en el mundo para
acumular riquezas y goces, pensando que, acabando la materia, terminó todo para
ellos.
El hombre, en su orgullo ignorante, en vez de elevarse considerándose hijo de
Dios, desciende al grado de ser inferior, y si su conciencia le habla de la Divinidad y
de una vida espiritual, su miedo a la justicia de Dios se apodera de él y prefiere acallar
esa voz interior, apartando su pensamiento de aquellas advertencias.
No ha meditado en la propia existencia, ni en su condición espiritual y material.
¿Cómo podrá dejar de ser polvo y miseria, mientras viva y piense en esa forma?
Mi Doctrina, que es en todo tiempo la explicación de la Ley, ha venido a vosotros
como camino de luz, como brecha segura para el espíritu; sin embargo, los hombres
empleando el libre albedrío de que fueron dotados, queriendo seguir un camino para
su vida, han elegido siempre el camino fácil de la materialidad, desoyendo algunos de
manera absoluta los llamados de la conciencia que siempre encaminan hacia lo
espiritual; y otros, creando cultos y ritos para creer que van con paso firme por la
senda espiritual, cuando en verdad son tan egoístas como aquéllos que han excluido
de su vida mi nombre y mi palabra.
El camino está preparado y la puerta abierta para todo el que quiera venir hasta Mí.
Es estrecho el sendero, eso ha mucho tiempo que lo sabéis, nadie ignora que mi
Ley y mi Enseñanza son infinitamente limpias y estrictas para que alguien pensara en
reformarlas a su conveniencia o voluntad.
El camino espacioso y la puerta amplia no son precisamente los que lleven a
vuestro espíritu a la luz, a la paz y a la inmortalidad. El camino amplio es el del
libertinaje, la desobediencia, la soberbia y el materialismo, camino que los hombres
en su mayoría siguen buscando huir de su responsabilidad espiritual y del juicio
interior de la conciencia.
Ese camino no puede ser infinito porque no es verdadero ni perfecto, por lo tanto
al encontrarse limitado como todo lo humano, un día llegará el hombre a su final, en
donde se detendrá para asomarse horrorizado al abismo que marca el límite del
sendero. Entonces seguirá el caos en el corazón de los que por mucho tiempo se
apartaron del camino verdadero.
En unos habrá arrepentimiento, por lo que encontrarán luz suficiente para
salvarse, en otros surgirá la confusión ante un final que ellos considerarán injusto e
ilógico, y en otros habrá blasfemia y rebeldía, mas de cierto os digo, que ése será el
principio del retorno hacia la luz.

La miseria espiritual del ser humano

Yo no me he equivocado en lo que he hecho, el hombre sí se ha equivocado de
ruta y de vida, pero pronto volverá a Mí como el hijo pródigo que disipó toda su
herencia.
Con su ciencia ha creado un nuevo mundo; un falso reino. Ha hecho leyes, ha
levantado su trono y se ha adjudicado un cetro y una corona, Pero ¡Cuan pasajero y
engañoso es su esplendor! Un débil soplo de mi justicia es bastante para que sus
cimientos se estremezcan y se desmorone todo su imperio. Sin embargo, el reino de la
paz, de la justicia y del amor, se encuentra lejos del corazón de la humanidad que no
ha sabido conquistarlo.
El placer y las satisfacciones que a los hombres les proporciona su obra, son
ficticias. En su corazón existe el dolor, la inquietud y el desengaño, que se ocultan
detrás de la máscara de la sonrisa.
Esto es lo que se ha hecho de la vida humana y en cuanto a la vida del espíritu y
las leyes que lo rigen, han sido torcidas al olvidar que también existen fuerzas y
elementos que vivifican al espíritu con los que el hombre debe estar en contacto para
soportar las pruebas y las tentaciones y resistir en su camino de ascensión hacia lo
perfecto, todos los obstáculos y contrariedades.
Esa luz que del infinito llega a todo espíritu no proviene del astro rey; la fuerza
que del Más Allá recibe el espíritu no es emanación de la tierra; la fuente de amor, de
verdad y salud que calma la sed de saber del espíritu no es el agua de vuestros mares
o de vuestros manantiales. El ambiente que os rodea no sólo es material, es
emanación, aliento e inspiración que el espíritu humano recibe directamente del
Creador de todo, de Aquel que ha hecho la vida y la gobierna con sus leyes perfectas
e inmutables.

Si el hombre pusiese un poco de buena voluntad por retornar al sendero de verdad
sentiría al instante, como un aliciente, la caricia de la paz; pero el espíritu, cuando se
materializa bajo la influencia de la materia, sucumbe en sus guerras, y en vez de ser el
señor de esta vida, el timonel que gobierna su nave, viene a ser esclavo de las
inclinaciones y tendencias humanas y náufrago en medio de las tempestades.
Ya os he dicho que el espíritu es antes que el cuerpo como el cuerpo es antes que
el vestido. Esa materia que poseéis es tan sólo un atavío pasajero del espíritu.
¡Ah, si todos los hombres quisieran mirar la luz naciente de esta era, cuánta
esperanza habría en sus corazones! Pero están durmiendo. Ni siquiera saben recibir la
luz que en cada día les envía el astro rey, esa primera luz que es como una imagen de
la luz radiante del Creador.
Él os acaricia y os despierta a la lucha diaria, sin que los hombres, insensibles a
las bellezas de la Creación, se detengan unos instantes para darme gracias. La gloria
podría pasar junto a ellos sin que la percibieran, porque siempre se despiertan
preocupados olvidándose de orar para buscar en Mí la fuerza espiritual.
Tampoco buscan energías para la materia en las fuentes de la Naturaleza. Todos
corren precipitadamente, luchando sin saber por qué, caminando sin saber a punto fijo
hacia donde van. Es en esa lucha sorda y sin sentido, en donde han materializado a su
espíritu volviéndolo egoísta.
Ya olvidados de las leyes del espíritu, que son la luz de la vida, los hombres se
destruyen, se matan y se arrebatan el pan, sin escuchar la voz de su conciencia, sin
entrar en consideraciones, sin detenerse a meditar.
Mas si alguien les preguntase, cómo juzgan su vida actual, ellos responderían al
instante que jamás en los tiempos pasados brilló tanta luz en la vida humana como
ahora, y que nunca la ciencia les reveló tantos secretos, pero tendrían que decirlo con
una máscara de felicidad ante su rostro, porque en su corazón estarían ocultando todo
su dolor y su miseria espiritual.
Yo envié al espíritu a encarnarse a la Tierra y convertirse en humano, para que
fuese príncipe y señor de cuanto en ella existe, no para que fuese esclavo ni víctima,
ni menesteroso, como veo que lo es. El hombre es esclavo de sus necesidades, de sus
pasiones, de sus vicios y de su ignorancia.
Es víctima de sufrimientos, tropiezos y vicisitudes que su falta de elevación
espiritual le ocasionan en su tránsito por la Tierra. Es menesteroso, porque ignorando
la parte de herencia que le corresponde en la vida, no sabe de lo que es dueño y es
como si nada tuviera.
Es necesario que esta humanidad despierte para que comience a estudiar en el
libro de la vida espiritual y pronto, transmitiéndose esa idea de generación en
generación, surja aquella simiente bendita en la que se cumpla mi palabra.
Os he dicho que esta humanidad alcanzará un día la espiritualidad y sabrá vivir en
armonía con todo lo creado y sabrán marchar al mismo compás espíritus,
entendimiento y corazón.

Conductas terrenas erradas y sus consecuencias

Cuando veo a los hombres ocupados en guerras, matándose por la posesión de las
riquezas del mundo, no puedo menos que seguir comparando a la humanidad con esos
niños que riñen por lo que no tiene valor. Niños son aún los hombres que pelean por
un poco de poder o por un poco de oro. ¿Qué significan esas posesiones al lado de las
virtudes que otros hombres atesoran?
No podréis comparar al hombre que divide pueblos sembrando el odio en los
corazones, con aquel que consagra su vida a regar la semilla de la fraternidad
universal. No podéis comparar al que va causando sufrimientos en sus hermanos, con
aquel que dedica su vida a mitigar el dolor de sus semejantes.
Cada hombre sueña con un trono en la tierra, a pesar de que desde el principio, la
humanidad ha visto lo poco que vale un trono en el mundo.
Yo os he prometido un lugar en mi reino, pero muy pocos son los que han
aceptado, y es que no quieren saber que el más pequeño de los súbditos del Rey de los
cielos, es más grande que el más poderoso monarca de la tierra.
Aún son niños los hombres; mas la gran prueba que a ellos se acerca, les hará
vivir en tan poco tiempo, que de esta infancia pasarán pronto a la madurez, y ya con el
fruto de la experiencia clamarán: Tenía razón Jesús, nuestro Padre, vayamos a Él.
Buscan los hombres la inmortalidad en el mundo, tratando de alcanzarla por
medio de obras materiales, porque la gloria terrenal aunque sea efímera, es tangible y
se olvidan de la gloria del espíritu, porque dudan de la existencia de aquella vida. Es
la falta de fe y la carencia de espiritualidad las que han puesto un velo de
escepticismo ante las pupilas de los hombres.
La evolución humana, sus progresos, su ciencia y su civilización no han tenido
jamás por meta la elevación del espíritu, que es lo más alto y noble que en el hombre
existe; su aspiración, sus ambiciones, sus anhelos e inquietudes, han tenido siempre su
meta en este mundo. Aquí han buscado el saber, aquí han acumulado tesoros, aquí se
han procurado placeres, honores, galardones, poderes y halagos; aquí han querido
encontrar su gloria.

Por eso os digo que mientras la Naturaleza avanza paso a paso, sin detenerse en su
ley de incesante evolución hacia lo sutil, hacia la perfección, el hombre se ha quedado
atrás, estacionado y de ahí sus vicisitudes en la Tierra, de ahí las pruebas, los
tropiezos y golpes que en su camino encuentra.
Yo quiero que tengáis anhelos, que ambicionéis, que soñéis con ser grandes,
fuertes y sabios, pero de los bienes eternos del espíritu.
Porque para alcanzar aquellos bienes se requiere de todas las virtudes como son:
la caridad, la humildad, el perdón, la paciencia, la nobleza; en una palabra: el amor. Y
todas las virtudes elevan, purifican y perfeccionan el espíritu.
En este mundo pequeño, en esta morada pasajera, el hombre, para ser grande,
poderoso, rico o sabio, ha tenido que ser egoísta, falso, vengativo, cruel, indiferente,
inhumano y orgulloso, y todo esto ha tenido que conducirlo al extremo opuesto, de lo
que es verdad, amor, paz, verdadera sabiduría y justicia.
Cuando el hombre se encuentra espiritualmente a sí mismo, es cuando siente en sí
la presencia de su Padre; mas, cuando no sabe ni quién es, ni de dónde procede, me
siente distante, extraño, inalcanzable, o permanece insensible.
Sólo despierto el espíritu puede penetrar en el reino de la verdad; el hombre, por
su sola ciencia, no podrá conocerla.
Veo que los hombres ambicionan el saber," la gloria, la fuerza, la riqueza y el
poder, y Yo vengo a ofrecerles los medios de alcanzarlo todo, pero en su esencia, en
su verdad espiritual, no en lo superficial y en lo artificioso del mundo, no en lo
pasajero ni en lo engañoso.
Cuando el hombre se entrega a lo material, encerrándose en el pequeño espacio de
un mundo como el vuestro, empobrece, limita y oprime su espíritu, nada existe ya
para él, fuera de lo que posee o de lo que conoce; entonces se hace necesario que lo
pierda todo para que abra sus ojos a la verdad, y una vez desengañado de su error,
vuelva su mirada hacia lo eterno.

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