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Parábolas.




Parábola de los malos administradores

Acercábanse a una casa en busca de caridad una multitud de hambrientos, enfermos
y desnudos.
Los dueños de la casa la preparaban de continuo para dar de comer en su mesa a los
caminantes.
El hacendado, dueño y señor de aquellas tierras se acercaba para presidir el
banquete.
El tiempo transcurría y los menesterosos siempre encontraban en la casa sustento y
abrigo.
Un día contempló aquel señor que el agua de la mesa era turbia, que los manjares
no eran sanos y agradables y que los manteles estaban manchados.
Entonces llamando a los encargados de preparar la mesa les dijo: ¿Habéis mirado
los lienzos y probado los manjares y bebido el agua?
Sí señor, contestaron aquéllos.
Entonces, antes de dar de comer a estos hambrientos, haced comer a vuestros hijos,
y si ellos, encuentran buenas las viandas, dad a estos visitantes.
Los hijos tomaron el pan, los frutos y cuanto había en la mesa y el sabor fue
desagradable y hubo descontento y rebeldía en contra de aquellos y reclamaron con
dureza.
El hacendado dijo entonces a los que esperaban, venid bajo un árbol, que voy a
ofreceros los frutos de mi huerto y los manjares gratos al paladar.
Y a los encargados dijo así: Limpiad lo manchado, apartad el mal sabor de los
labios de los que habéis engañado, desagraviadme, porque os he mandado recibir a
todos los hambrientos y sedientos para ofrecerles los mejores manjares y el agua
limpia y no habéis cumplido; vuestro trabajo no es agradable a mí.
El señor de aquellas tierras preparó el banquete, el pan fue substancioso, los frutos
sanos y maduros, el agua fresca y confortante, y entonces invitó a los que esperaban,
mendigos, enfermos y leprosos y todos se alimentaron y su gozo fue grande. Pronto se
vieron sanos y libres de males y decidieron quedarse en la hacienda.
Empezaron a trabajar las tierras, se hicieron labradores, mas eran débiles y no
supieron guiarse por los consejo de aquel señor. Mezclaron diferentes semillas y la
cosecha degeneró. El trigo fue ahogado por la mala hierba.
Y cuando llegó el tiempo de la siega, se acercó el hacendado y les dijo: ¿Qué
hacéis, si a vosotros sólo os encargué el cuidado de la casa para recibir a los
visitantes? La siembra que habéis hecho no es buena, otros son los encargados de las
tierras. Id y limpiad los campos de cardos y de mala hierba y volved a guardar la casa;
la fuente se ha secado, el pan no sustenta y los frutos son amargos. Haced con los
caminantes, lo que Yo hice con vosotros, y cuando hayáis alimentado y sanado a los
que se acercasen a vosotros, cuando hayáis hecho desaparecer el dolor de vuestros
semejantes, Yo os haré descansar en mi mansión".

Parábola del cruce del desierto a la gran ciudad

"Dos caminantes iban a paso lento por un extenso desierto, sus pies estaban
doloridos por las ardientes arenas. Se dirigían hacia una lejana ciudad, sólo la
esperanza de llegar a su destino les alentaba en su dura jornada, el pan y el agua se les
iban agotando. El más joven de los dos comenzó a desfallecer y rogó a su compañero
que continuase solo el viaje, porque las fuerzas le estaban abandonando.
El caminante anciano trató de reanimar al joven, diciéndole que tal vez
encontrarían pronto un oasis donde reparar las fuerzas perdidas, pero aquél no se
reanimaba.
Pensó no abandonarlo en aquella soledad y a pesar de encontrarse también
fatigado, echó sobre su espalda al compañero rendido y continuó trabajosamente la
caminata.
Cuando ya hubo descansado el joven, considerando la fatiga que le ocasionaba al
que sobre sus hombros le llevaba, se soltó de su cuello, le tomó de la mano y así
continuaron el camino.
Inmensa fe alentaba el corazón del caminante anciano, la que le daba fuerzas para
vencer su cansancio.
Como lo había presentido, apareció en el horizonte el oasis bajo cuya sombra les
esperaba la frescura de un manantial. Al fin llegaron a él y bebieron de aquella agua
fortificante hasta saciarse.
Durmieron con sueño reparador y al despertar sintieron que había desaparecido el
cansancio, tampoco experimentaban hambre ni sed, sentían paz en su corazón y
fuerzas para llegar a la ciudad que buscaban.
No hubieran querido dejar aquel sitio, mas era menester continuar el viaje.
Llenaron sus ánforas de aquella agua cristalina y pura y reanudaron su camino.
El caminante anciano que había sido el sostén del joven, dijo: Tomemos con
medida el agua que llevamos, es posible que encontremos en el camino algunos
peregrinos vencidos por la fatiga muriendo de sed o enfermos y será menester
ofrecerles la que llevamos.

Protestó el joven diciendo que no sería sensato dar lo que tal vez ni para ellos
bastaría; que en tal caso, ya que tanto esfuerzo les había costado conseguir aquel
precioso elemento, lo podrían vender al precio que quisieran.
No quedando satisfecho con esta respuesta el anciano, le replicó diciendo que si
querían tener paz en su espíritu, debían compartir el agua con los necesitados.
Contrariado el joven dijo que prefería consumir él solo el agua de su ánfora antes
que compartirla con alguien que se encontrara en su camino.
Nuevamente el presentimiento del anciano volvió a cumplirse, pues vieron
adelante de ellos una caravana formada por hombres, mujeres y niños, que perdida en
el desierto estaba próxima a sucumbir.
El buen anciano se acercó presuroso ante aquella gente a quien le dio de beber.
Los caminantes al momento se sintieron fortalecidos, los enfermos abrieron sus ojos
para dar gracias a aquel viajero y los niños dejaron de llorar de sed. La caravana se
levantó y continuó su jornada.
Había paz en el corazón del caminante generoso, mientras el otro, mirando su
ánfora vacía, alarmado le dijo a su compañero que retornaran en busca del manantial
para recuperar el agua que habían consumido.
No debemos regresar, dijo el buen caminante, si tenemos fe, adelante
encontraremos nuevos oasis.
Mas el joven dudó, tuvo miedo y prefirió despedirse ahí mismo de su compañero,
para regresar en busca del manantial. Los que habían sido hermanos de lucha se
separaron. Mientras uno continuaba adelante en el sendero, lleno de fe en su destino,
el otro pensando que podía morir en el desierto, corrió hacia el manantial con la
obsesión de la muerte en su corazón.
Al fin llegó jadeante y fatigado, pero satisfecho bebió hasta saciarse, olvidándose
del compañero que dejo u solo, así como de la ciudad a la que había renunciado,
decidiendo quedarse a vivir en el desierto.
No tardó mucho en pasar cerca de ahí una caravana compuesta por hombres y
mujeres rendidos y sedientos; se acercaron con ansiedad para beber de las aguas de
aquel manantial.

Mas de pronto vieron aparecer a un hombre que les prohibía beber y descansar si
no le retribuían aquellos beneficios. Era el caminante joven que se había adueñado del
oasis, convirtiéndose en señor del desierto.
Aquellos hombres le escucharon con tristeza, porque eran pobres y no podían
comprar aquel precioso tesoro que calmaría su sed. Al fin, despojándose de lo poco
que llevaban, compraron un poco de agua para mitigar la sed desesperante y
continuaron su camino.
Pronto aquel hombre se convirtió de señor en rey, porque no siempre eran pobres
los que por ahí pasaban, también había poderosos que podían dar su fortuna por un
vaso de agua.
No volvió este varón a acordarse de la ciudad que estaba más allá del desierto y
menos del fraternal compañero que le había llevado sobre sus hombros, librándolo de
perecer en aquella soledad.
Un día vio venir una caravana que seguramente se dirigía a la gran ciudad, mas
con sorpresa observó que aquellos hombres, mujeres y niños, venían caminando
llenos de fortaleza y júbilo, entonando un himno.
No comprendió este varón lo que miraba y su sorpresa fue mayor cuando vio que
al frente de la caravana marchaba aquél que había sido su compañero de viaje.
La caravana se detuvo frente al oasis, mientras los dos hombres frente a frente se
contemplaban asombrados; al fin el que habitaba en el oasis preguntó al que había
sido su compañero: Decidme ¿Cómo es posible que haya quienes pasen por este
desierto sin sentir sed ni experimentar cansancio?
Es que en su interior pensaba lo que sería de él el día en que nadie se acercara a
pedirle agua o albergue.
El buen caminante le dijo a su compañero: Yo llegué hasta la gran ciudad, mas no
sólo en el camino encontré enfermos, sino sedientos, extraviados, cansados y a todos
los reanimé con la fe que a mí me anima, y así de oasis en oasis llegamos un día a las
puertas de la gran ciudad.
Ahí fui llamado por el Señor de aquel Reino, el que viendo que conocía el desierto
y que tenía piedad de los viajeros, me dio la misión de volver para ser guía y
consejero en la dolorosa travesía de los caminantes.
Aquí me tenéis conduciendo una más de las caravanas que he de llevar a la gran
ciudad. Y vos ¿Qué hacéis aquí? Preguntó al que se había quedado en el oasis. Este
avergonzado, enmudeció.
Entonces el buen viajero le dijo: sé que habéis hecho vuestro este oasis, que
vendéis sus aguas y que cobráis por la sombra, estos bienes no son vuestros, fueron
puestos en el desierto por un poder divino para que los tomara el que de ellos
necesitara.

¿Veis estas multitudes? Ellas no necesitan del oasis porque no sienten sed, ni se
fatigan, me basta trasmitirles el mensaje que por mi conducto les envía el Señor de la
gran ciudad, para que se levanten, encontrando en cada paso fuerzas por el ideal que
tienen de alcanzar aquel Reino.
Dejad el manantial a los sedientos, para qué en él encuentren descanso y apaguen
su sed los que sufren los rigores del desierto.
Vuestro orgullo y egoísmo os han cegado, mas ¿De qué os ha servido el ser dueño
de este pequeño oasis, si vivís en esta soledad y os habéis privado de conocer la gran
ciudad que juntos buscábamos? ¿Ya olvidasteis aquel ideal que fue de los dos?
Aquel varón escuchando en silencio al que fuera fiel y abnegado compañero,
prorrumpió en llanto porque sintió arrepentimiento de sus errores, y arrancándose las
falsas galas, se fue en busca del punto de partida que era donde el desierto empezaba,
para seguir el camino que lo llevara a la gran ciudad; mas ahora marchaba iluminado
su sendero por una nueva luz, la de la fe y el amor a sus semejantes".
Yo soy el Señor de la gran ciudad y Elías el anciano de mi parábola, es la "voz del
que clama en el desierto", es el que nuevamente se manifiesta entre vosotros, en
cumplimiento a la revelación que os di, en la transfiguración del Monte labor. Él es
quien os guía en el I creer Tiempo hacia la gran ciudad, en donde os espero para
entregaros el galardón eterno de mi amor.
Seguid a Elías ¡Oh pueblo amado! y todo cambiará en vuestra vida; en vuestro
culto e ideales, todo será transformado.
¿Creíais que vuestro culto imperfecto sería eterno? No, discípulos; mañana,
cuando vuestro espíritu contemple en el horizonte la gran ciudad, dirá como su Señor:
"Mi Reino no es de este mundo"

Parábola: magnanimidad de un Rey

Encontrábase un rey rodeado de sus súbditos celebrando una victoria obtenida
sobre un pueblo rebelde, el cual pasaba a ser su vasallo.
El Rey y los suyos cantaban victoria. El Rey habló así a su pueblo: La fuerza de
mi brazo ha vencido y ha hecho crecer mi reino, mas a los vencidos los amaré como a
vosotros, les daré grandes tierras en mis dominios para que cultiven la vid y así como
Yo los amo, quiero que vosotros les améis.
El tiempo pasó, y de entre aquel pueblo conquistado por el amor y la justicia de
aquel Rey surgió un varón rebelde a su Señor, a quien intentó dar muerte mientras
dormía, hiriéndole solamente.
Ante su delito aquel hombre huyó lleno de temor a ocultarse en las más oscuras
selvas, mientras el Rey lloraba la ingratitud y la ausencia de su súbdito porque mucho
le amaba su corazón.
El hombre aquel, en su huida cayó prisionero de un pueblo enemigo del rey, y
cuando fue acusado de ser un súbdito de aquel a quien no reconocían, éste
atemorizado, a voz en cuello les dijo que él se encontraba fugitivo porque acababa de
matar al Rey, mas no fue creído y le sentenciaron a morir en una hoguera después de
atormentarlo.
Cuando ya sangrante iba a ser arrojado al fuego, acertó a pasar por ahí el Rey con
sus súbditos, quienes andaban en busca del rebelde, y al ver lo que ahí estaba
aconteciendo, levantó aquel señor su brazo diciendo a los verdugos: ¿Qué hacéis
pueblo rebelde? Y a la voz majestuosa e imperiosa del Rey, los rebeldes cayeron
postrados ante Él.
El súbdito ingrato, que continuaba atado junto al fuego en espera solamente del
cumplimiento de su sentencia, estaba absorto y sorprendido al ver que el rey no había
muerto y que se acercaba paso a paso hacia él para desatarlo.
Lo apartó del fuego y curó sus heridas; luego acercó vino a sus labios, le vistió
con blanca y nueva vestidura y después de depositar un beso en su frente le dijo:
Súbdito mío, ¿Por qué os habéis ido de mi lado? ¿Por qué me habéis herido? No me
contestéis de palabra, sólo quiero que sepáis que os amo, y os digo en este instante:
Venid y seguidme.
Aquel pueblo que presenciaba estas escenas de caridad, maravillado y convertido,
exclamó: Hosanna, hosanna, declarándose súbdito obediente de aquel rey. Ese pueblo
sólo recibió beneficios de su Señor y el súbdito que un día se rebeló, sorprendido por
tanto amor de su rey, hizo el propósito de pagar aquellas pruebas de afecto sin límite,
amando y venerando por siempre a su Señor, rendido ante sus obras perfectas.
He aquí, pueblo, muy clara mi palabra. Los hombres luchan en contra mía y
pierden su amistad para conmigo.
¿Qué daño he hecho a los hombres? ¿Qué perjuicio les acarrea mi Doctrina y mi
Ley?
Sabed que cuántas veces me ofendáis, las mismas seréis perdonados, pero
entonces quedaréis obligados a perdonar a vuestros enemigos cuantas veces os
ofendieren.
Os amo, y si un paso os alejáis de Mí, ese mismo doy Yo para acercarme a
vosotros. Si me cerráis las puertas de vuestro templo, Yo llamaré a ellas hasta que
abráis para penetrar en él.

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