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María, el amor maternal de Dios.




La humilde existencia terrena de María

María, es la flor de huerto celestial, cuya esencia ha estado siempre en mi Espíritu.
¿Veis esas flores que ocultan con humildad su belleza? Así fue y así es María: un
inagotable caudal de belleza para el que sabe mirarla con limpidez y respeto, y un
tesoro de bondad y de ternura para todos los seres.
María pasó por el mundo ocultando su esencia divina; Ella sabía quién era y quién
era su Hijo, y en vez de hacer ostentación de aquella gracia se declaraba tan sólo una
sierva del Altísimo, un instrumento de los designios del Señor.
Sabía María que iba a concebir a un Rey más poderoso y grande que todos los
reyes de la Tierra, y ¿Acaso por ello se coronó reina entre la humanidad? ¿Sus labios
acaso pregonaron por las plazas, por las calles, por los hogares humildes o en los
palacios, que Ella iba a ser la Madre del Mesías, que el Unigénito del Padre iba a
brotar de su seno?
No, en verdad, pueblo, la más grande humildad, mansedumbre y gracia hubo en
Ella y la promesa se cumplió, su corazón de madre humana fue dichoso y desde antes
de dar a luz, en el instante y después, a lo largo de la vida del hijo, fue madre
amantísima, que conocía espiritualmente el destino de Jesús, la misión que había de
desempeñar entre los hombres y para qué había venido. Jamás se opuso a ese destino,
porque Ella era parte de la misma obra.
Si a veces derramó su llanto, era llanto de madre humana, era carne que sentía el
dolor de su propia carne en el hijo.
Mas ¿Fue discípula del Maestro, su Hijo? No, nada tenía María que aprender de
Jesús. Ella estaba en el mismo Padre y había venido a encarnarse sólo para cumplir
aquella hermosa y delicada misión.
¿Aquel corazón de Madre insigne se concretó a amar solamente a su Hijo
amantísimo? No, en verdad. A través de aquel pequeño corazón humano, se manifestó
el corazón maternal en consuelo y en palabras sublimes, en consejos y en caridades,
en prodigios y en luz, en verdad.
Jamás la ostentación fue en Ella, jamás turbó la palabra del Maestro, pero así como
fue a los pies del pesebre que le sirvió de cuna, así fue a los pies de la cruz donde
expiró el Hijo, el Maestro, dando el último suspiro en cuanto hombre.
Así cumplió Ella su destino de madre humana, dando un ejemplo sublime a todas
las madres y a todos los hombres.

María y Jesús

Muchas veces los hombres se han preguntado por qué Jesús aún después de haber
sido crucificado se dejó ver de Magdalena la pecadora y después visitó a sus
discípulos, y en cambio se ignora que Él hubiese visitado a su Madre, a lo cual os
digo que no era necesario que me manifestara ante María, de la misma manera que
empleara con aquéllos, porque la comunicación entre Cristo y María fue constante
desde antes de que el mundo fuese.
A través de Jesús me manifesté a la humanidad, para salvar pecadores y me dejé
contemplar por ellos después de la crucifixión, para avivar la fe de los que me
necesitaban, mas en verdad os digo que María, mi dulce Madre en cuanto hombre, no
tuvo mancha que lavar, ni podía carecer de fe, porque Ella sabía quién era Cristo aún
antes de ofrecerle su seno maternal.
No fue necesario que humanizara mi Espíritu para visitar a Aquélla que con la
misma pureza y mansedumbre con la que me recibió en su seno, con esa misma me
devolvió al Reino de donde llegué. Mas ¿Quién podía saber la forma en la que Yo le
hablé en su soledad y la caricia divina con que la envolvió mi Espíritu?
Así doy contestación a los que me han formulado esta pregunta, pensando muchas
veces que la primera visita de Jesús, debía de haber sido para su Madre.
Cuan diferente debía de ser la forma en que me manifestara a María, de la que
utilicé para hacerme sentir por Magdalena y mis discípulos.

La virginidad de María

Sobre la cima de la montaña, donde se encuentra el Maestro, también está María,
la Madre Universal; Aquélla que se hizo mujer en el Segundo Tiempo para que se
realizara el prodigio de la encarnación del Verbo Divino.
Mucho ha juzgado y escudriñado el hombre a María y también la forma en que
Jesús vino al mundo, y esos juicios han desgarrado la vestidura de pureza del Espíritu
Maternal, cuyo corazón ha derramado su sangre sobre el mundo.
Yo he venido en este tiempo a descorrer los velos de lo desconocido, para alejar la
duda del incrédulo y darle el conocimiento de las enseñanzas espirituales.
De mi verdad, que es como un camino, los hombres han hecho muchas veredas en
las cuales, las más de las veces, se pierden. Y mientras unos buscan la intercesión de
la Madre Celestial y otros la desconocen, su manto de amor y de ternura envuelve a
todos eternamente.
Desde el principio de los tiempos revelé la existencia de la Madre Espiritual, de la
que hablaron los profetas antes que Ella viniese al mundo.
María fue enviada para manifestar su virtud, su ejemplo y divinidad perfecta. No
fue una mujer más entre la humanidad. Fue una mujer distinta y el mundo contempló
su vida, conoció su manera de pensar y de sentir, supo de la pureza y gracia de su
espíritu y cuerpo.
Mía es ejemplo de sencillez, de humildad, abnegación y amor. Y a pesar de que su
vida ha sido conocida por el mundo de aquel tiempo y de las siguientes generaciones,
hay muchos que desconocen su virtud, su virginidad. No se explican el hecho de que
haya sido virgen y madre y es que el hombre es incrédulo por naturaleza y no ha
sabido juzgar las obras divinas con el espíritu preparado. Si estudiara las escrituras y
analizara la encarnación de María y la vida de sus antecesores, llegaría a saber quién
es Ella.
El amor tiernísimo de Dios para mis criaturas, no tiene forma, sin embargo, en el
Segundo Tiempo tomó forma de mujer en María, la madre de Jesús.
Comprended que María, siempre ha existido, ya que su esencia, su amor, su
ternura, siempre han estado en la Divinidad.
Sobre María ¡Cuántas teorías y confusiones han forjado los hombres! Sobre su
maternidad, su concepción y su pureza ¡Cuánto han blasfemado!
El día que ellos comprendan en verdad esa pureza, se dirán: "Más nos valiera no
haber nacido". Lágrimas de fuego quemarán su espíritu, entonces María les envolverá
en su gracia, la divina Madre los protegerá con su manto y el Padre los perdonará
diciéndoles con amor infinito: Velad y orad que os perdono y en vosotros perdono y
bendigo al mundo.

El ejemplo de María para la mujer

La vida de vuestro Maestro, es ejemplo para toda la humanidad; mas como a la
mujer le hacía falta enseñanza sobre su misión de madre, le fue enviada María, en
representación de la Ternura Divina, que surgió como mujer entre la humanidad para
daros también su divino ejemplo de humildad.
Mujeres benditas: también vosotras formáis parte de mi apostolado. Entre el
espíritu del varón y el vuestro no existe diferencia, aunque físicamente seáis distintos
y también diferente la misión del uno y de la otra.
Tomad como Maestro de vuestro espíritu a Jesús y seguidle por la senda trazada
por su amor; haced vuestra su palabra y abrazaos a su cruz.
Estoy hablando a vuestro espíritu con la misma palabra con que le hablo a los
hombres, porque espiritualmente sois iguales. Sin embargo, cuando vuestro corazón
de mujer busque un modelo a quien imitar; cuando necesitéis de ejemplos perfectos
en qué apoyaros para perfeccionaros en la vida, recordad a María, observadla a lo
largo de su jornada en la Tierra.
Fue la voluntad del Padre que la vida humilde de María, quedara escrita por mis
discípulos, quienes la conocieron a través de sus obras y conversaron con ella.
Aquella vida, humilde para quien la conozca, fue luminosa desde su nacimiento
hasta su final en el mundo. Muchas páginas de amorosa enseñanza escribió María con
su humildad de espíritu, con su infinita ternura, con la pureza de su corazón, con su
amor a la humanidad, que expresó con silencio, más que con palabras, ya que Ella
sabía que quien venía a hablar a los hombres, era Cristo.
El espíritu de María era la misma ternura emanada del Padre para dar a la
humanidad el ejemplo perfecto de humildad, de obediencia y mansedumbre. Su paso
por el mundo fue estela de luz. Su vida fue sencilla, elevada y pura, en Ella se
cumplían las profecías que anunciaban que el Mesías nacería de una virgen.
Sólo Ella podía haber llevado en su seno la semilla de Dios; sólo Ella era digna de
quedar después de cumplida su misión ante Jesús, como Madre espiritual de la
humanidad.
Por ello es María vuestro modelo perfecto, mujeres, pero buscadla e imitadla en su
silencio, en sus obras de humildad, de infinita renunciación por amor a los
necesitados; en su dolor callado, en su ternura que todo lo perdona y en su amor que
es intercesión, consuelo y dulce compañía.
Doncellas, esposas, madres, huérfanas o viudas, mujeres solas que tenéis el
corazón traspasado por el dolor, nombrad a María vuestra dulce y solícita Madre,
llamadla con el pensamiento, recibidla en el espíritu y sentidla en el corazón.

María como intercesora, consoladora y co-salvadora

María pasó por el mundo en silencio, pero llenando de paz los corazones,
intercediendo por los necesitados, orando por todos y finalmente derramando sus
lágrimas de perdón y de piedad sobre la ignorancia y la maldad de los hombres. ¿Por
qué no buscar a María si queréis llegar al Señor, si a través de Ella recibisteis a Jesús?
¿No estuvieron juntos Madre e Hijo en la hora suprema de la muerte del Salvador?
¿No se mezclaron en aquel instante la sangre del Hijo, con las lágrimas de la Madre?
Yo había legado al mundo, desde la cruz, el Libro de la Vida y la sabiduría
espiritual. Un libro para ser analizado y comprendido por los hombres a lo largo de
los siglos, de las eras y los tiempos. Por eso dije a María, estremecida de dolor a los
pies de la cruz: "Mujer, he ahí a tu hijo", señalándole con la mirada a Juan, quien
representaba en ese instante a la humanidad, pero a la humanidad convertida en el
buen discípulo de Cristo a la humanidad espiritualizada.
A Juan también le hablé diciéndole: "Hijo: he ahí a tu Madre". Palabras que ahora
voy a explicaros.
María representa la pureza, la obediencia, la fe, la ternura y la humildad. Cada una
de esas virtudes es un peldaño de la escala por donde Yo descendí al mundo para
hacerme hombre en el seno de aquella mujer santa y pura.
Esa ternura, esa pureza y ese amor, son el seno divino, donde la semilla de la vida
es fecundada.
Esa escala, por la que Yo descendí a vosotros para hacerme hombre y habitar con
mis hijos, es la misma que os presento para que a través de ella ascendáis hacia Mí,
transformándoos de hombres en espíritus de luz.
María es la escala, María es el seno materno. Buscadla a ella y me encontraréis a
Mí.
Os dejé a María a los pies de la cruz, sobre el monte que recogió mi •uingrc y las
lágrimas de la Madre. Ahí quedó ella esperando a sus hijos, porque será ella quien
aparte de sus hombros la cruz y les señale el camino de la gloria.
El mensaje de María fue de consuelo, de ternura, de humildad y Esperanza. Hubo
de venir a la Tierra para dar a conocer su esencia maternal, ofreciendo su seno
virginal para que en él encarnara el Verbo.
Mas no terminó su misión ahí. Más allá de este mundo estaba su verdadera
morada, aquélla desde la cual Ella puede extender un manto de piedad y de ternura
sobre todos sus hijos, desde donde puede seguir los pasos de los perdidos y derramar
su consuelo celestial en los que sufren.
Muchos siglos antes de que María descendiese al mundo a cumplir un divino
destino, encarnando en una mujer, un profeta de Dios la anunció; por él sabíais que
una virgen concebiría y daría a luz un hijo, el cual sería llamado Emmanuel, es decir,
Dios con vosotros.
En María, mujer sin mancha, en quien descendió el Espíritu de la ternura celestial,
se cumplió la divina promesa anunciada por el profeta.
Desde entonces el mundo la conoce, y los hombres y los pueblos pronuncian con
amor su nombre y en su dolor la buscan como Madre.
Madre de dolores la llamáis, porque sabéis que el mundo clavó en su corazón la
espada del dolor, y de vuestra mente no se aparta aquel rostro doliente y aquella
expresión de tristeza infinita.
Hoy quiero deciros que apartéis de vuestro corazón esa eterna imagen del dolor y
en su lugar penséis en María como la Madre dulce, sonriente y amorosa que trabaja
espiritualmente ayudando a todas sus criaturas a elevarse por el camino trazado por el
Maestro.
¿Veis cómo la misión de María no se concretó a la maternidad en la Tierra?
También su manifestación del Segundo Tiempo no fue única, sino que a Ella le está
reservado un nuevo tiempo, en el que hablará de Espíritu a espíritu a la humanidad.
Mi discípulo Juan, profeta y vidente, contempló en su éxtasis una mujer vestida de
sol, una virgen radiante de luz.
Esa mujer, esa virgen, es María, la que volverá a concebir en su seno, no a un
nuevo Redentor, sino a un mundo de hombres que en Ella se sustenten de amor, de fe
y de humildad, para seguir las divinas huellas de Cristo, el Maestro de toda
perfección.
El profeta vio cómo aquella mujer padecía como si fuese a dar a luz, y ese dolor
era el de la purificación de los hombres, el de la expiación de los espíritus; pasado el
dolor, la luz se hará en los hombres y la alegría llenará el Espíritu de vuestra Madre
Universal.

La naturaleza divina de María

El manto de vuestra Madre Celestial ha hecho sombra al mundo desde la
eternidad, cubriendo con amor a mis hijos que lo son de Ella. María, Espíritu, no
nació en el mundo; su esencia maternal ha sido siempre de Mí.
Ella es la esposa de mi pureza, de mi santidad; es mi Hija al hacerse mujer y mi
Madre al concebir al Verbo encarnado.
María es esencialmente divina, su espíritu es uno con el Padre y con el Hijo, ¿Por
qué juzgarla humana, si fue la hija predilecta, anunciada a la humanidad desde el
principio de los tiempos como la criatura en quien se encarnaría el Verbo Divino?
Entonces ¿Por qué blasfema el hombre y duda de mi poder y escudriña sin respeto
mis obras? Es que no ha profundizado en mi enseñanza divina, no ha meditado en lo
que hablan las escrituras, ni acepta mi voluntad.
Hoy, en el Tercer Tiempo, también duda de que Ella venga a comunicarse con los
hombres y Yo os digo que tiene participación en todas mis obras porque es la
representación del amor más tierno que se alberga en mi Espíritu Divino.
María es el espíritu fundido de tal manera a la Divinidad, que constituye una de
sus partes como lo son sus tres fases: El Padre, el Verbo y la luz del Espíritu Santo.
Así María es el Espíritu de Dios que manifiesta y representa la ternura divina.
Cuántos también esperan llegar a la altura de los cielos para conocer a María, a la
que siempre imaginan en la forma humana de la mujer que fue en el mundo, madre de
Cristo en cuanto hombre, y que representan como reina en un trono, hermosa y
potente.
Mas Yo os digo que no sigáis dando forma en vuestra mente a lo divino. María
vuestra Madre espiritual existe, pero no tiene forma de mujer ni ninguna otra forma.
Ella es la santa y dulce ternura cuya caridad se extiende en lo infinito. Ella reina en
los espíritus y su reinado es el de la humildad, de la caridad y la pureza, pero no tiene
trono, según lo imaginan los hombres.
Es hermosa, pero con una hermosura que no podéis expresar ni imaginar con el
rostro más bello. Su hermosura es celestial y lo celestial nunca lo alcanzaréis a
comprender.

La irradiación universal de María

María, vuestra Madre Universal, está en Mí, y es ella quien otorga las más tiernas
caricias a sus criaturas muy amadas, ha estado en vuestro corazón para dejar en él su
paz y la preparación de un santuario. María vela por el mundo y extiende sus alas
como alondra, para cubrirlo de un polo al otro.
En mi Divinidad existe el amor de intercesión, es María. ¡Cuántos corazones que
permanecían cerrados a la fe, se han abierto por ella al arrepentimiento y al amor! Su
esencia maternal está en toda la creación, es sentida por todos y sin embargo hay
quienes contemplándola la niegan.
Los que niegan la divina maternidad de María, desconocen una de las más
hermosas revelaciones que la Divinidad ha hecho a los hombres.
Los que reconocen la Divinidad de Cristo y niegan a María, no saben que se están
privando de poseer la esencia más tierna y dulce que existe en mi Divinidad.
¡Cuántos hay que creyendo conocer las escrituras, nada conocen, porque nada han
entendido; y cuántos hay que creyendo haber encontrado el lenguaje de la creación,
viven confundidos!
El Espíritu maternal palpita dulcemente en todos los seres; podéis contemplar su
imagen a cada paso. Su divina ternura, ha caído como semilla bendita en el corazón
de todas las criaturas y cada reino de la naturaleza es un testimonio vivo de Ella, y
cada corazón de madre es un altar elevado ante aquel gran amor; María fue una flor
divina y el fruto fue Jesús.

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