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La verdadera felicidad




La verdadera felicidad

Dichoso el hombre que no peca con sus palabras
Y no es atormentado por el remordimiento de los pecados.
Dichoso es el hombre al que su conciencia no lo acusa
que no pierde nunca su esperanza.
Al corazón mezquino no le hace falta la riqueza;
y el avaro, ¿para qué quiere el oro?
El que amontona con privaciones, para otros ahorra,
y con sus bienes otros se alimentarán
El que es malo para sí. ¿para quién será bueno?;
ni él disfruta de sus bienes.
Nadie es más necio que el avaro aun consigo mismo,
y ésta es la paga de su maldad.
Si hace algo bueno es por descuido,
y al fin se manifiesta su malicia.
Malo es quien mira con envidia,
el que vuelve el rostro y desprecia a los demás,
El ojo del envidioso no se sacia con su parte,
y la injusticia perversa seca su alma,
El ojo del avaro envidia hasta el pan,
hay penuria en su mesa,
Hijo, en la medida de lo posible, trátale bien.
y presta al Señor las ofrendas debidas,
Hijo, recuerda que la muerte no tarda,
y que no te han dicho cuándo vas a morir.
Antes de morir haz bien al amigo
y según tus posibilidades, extiende la mano y dale
No te prives de un día feliz,
y no dejes pasar la parte de una satisfacción legitima.
No has de dejar a otro la fortuna,
y el fruto de tus fatigas a tus herederos
Da, toma y regálate,
porque no hay lugar para el gozo en el abismo.
Toda carne envejece como vestido,
porque es ley eterna: has de morir.
Como las hojas verdes de un árbol frondoso.
que unas caen y otras brotan.
así las generaciones humanas,
unas mueren y otras nacen,
Toda obra corruptible perece,
y tras ella va su autor.



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