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Sobre los juramentos y las malas palabras




Sobre los juramentos y las malas palabras

Escuchad, hijos, la instrucción de mi boca;
quien la guarde no será confundido.
Por los labios queda preso el pecador,
y por ellos tropiezan el malicioso y el soberbio.
No te acostumbres a proferir juramentos
ni te habitúes a nombrar al santo.
Porque como un esclavo siempre vigilado
no escapará a los golpes,
así el que jura y nombra de continuo a Dios
no se verá libre de pecado.
Un hombre fácil para jurar
se llenará de iniquidad,
y el azote no se alejará de su casa.
Si peca, su pecado pesará sobre él;
sí obra a la ligera, pecará doblemente;
si jura en vano, no estará exento de culpa,
su casa se llenará de calamidades.
Hay modos de hablar que merecen la muerte.
¡Ojalá no los haya en la casa de Jacob!
Porque todas estás cosas han de estar lejos de los piadosos,
y así no se revolcarán en los pecados.
No acostumbres tu boca a la grosería indecente,
porque en ella se encuentra la palabra pecaminosa.
Acuérdate de tu padre y de tu madre
cuando te sientes en medio de los grandes;
no sea que, olvidándote de su presencia, hagas el tonto;
desearías entonces no haber nacido
y maldecirías el día en qué naciste.
Un hombre acostumbrado a hablar cosas inconvenientes
jamás se corregirá.

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