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Jesús y el capitán de la guardia romana.




Jesús y el capitán de la guardia romana.

Un hombre llegó por donde estaba Jesús, un capitán de la guardia romana, le dijo: maestro, perdona que te moleste, pero tengo a mi servicio a un criado que para mí más que un criado es un hijo. Lo quiero mucho y está muy enfermo. Jesús se levantó y dijo; ya, tú quieres que vaya a tu casa a curarlo. Cuando fue a dar el primer paso con el pie derecho, el capitán de la guardia romana lo paró, le puso la mano, le dijo; no, yo no soy digno de que entres en mi casa. Él sabía que era un pecador, pero que no era digno de que entrara en su casa. Con que digas una palabra, mi criado sanará. Fijaros en la fe que tenía aquél hombre y no era cristiano… con que digas una palabra, mi criado sanará, porque yo también soy hombre sujeto a disciplina, y si le digo a uno de mis soldados; tú, ve y llévate esto. O le digo a uno de mis criados: tú, tráeme esto. Lo hacen sin vacilar. Con eso sé que con que digas una palabra mi criado sanará. Jesús se echó a reír, se dio la vuelta, mirando a todos los que estaban allí presentes: ¿habéis escuchado a este hombre…? Pues en verdad os digo que no he hallado tanta fe, ni siquiera en Jerusalén, la ciudad santa, como la que tiene este hombre. Jesús le puso la mano en el hombro y le dijo: vete, como has creído, tu criado sanará. Aquél romano se fue muy contento, pero antes de llegar a su casa unos compañeros suyos salieron a su encuentro: ¡Eufésio, Eufésio! Le decían. Tu criado ha sanado milagrosamente. Pues el romano más alegría le entró, y más corría al encuentro de sus compañeros. Cuando llegó hasta ellos les pregunto: ¿a qué hora había empezado a sanar? Y contestaron: a la una de la tarde. Entonces dijo Él: a esa hora yo estaba con Él.

A Lucas le llamaban el médico del cielo, porque era médico de profesión, y cuando Jesús lo mandó llamar, pues se convirtió en su médico particular.

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