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Historias de Jesús.




Historias de Jesús.

Una vez había un hombre llamado Jesús, allí en Jerusalén y estaba predicando, y un hombre que estaba en buena posición le preguntó: ¿maestro cómo puedo acercarme a Dios? ¿Cómo puede Dios estar orgulloso de mí?
Y entonces le dice: Pues… honra a tu padre y a tu madre, no mates, no robes, no cometas adulterio.
Dice: si, todo eso lo hago pero, ¿para acercarme más todavía?
Entonces le dijo: deja todo lo que tienes a los pobres y sígueme.
Entonces aquel hombre se fue muy triste y Jesús le dijo a sus apóstoles: es más fácil meter un camello por una aguja, que un rico entre en el reino de los cielos.

Otra vez estaba Jesús por Cafarnaúm, mucha muchedumbre le seguía, pero una mujer que tenía unas hemorragias internas se fue acercando y se decía: si por lo menos le toco el manto, aunque pudiera tocar el manto, me voy a curar, “seguro”.
Llegó acercándose poco a poco muy disimuladamente y le tocó el manto y se curó.
Jesús se paró de pronto y le preguntó a Pedro: ¿quién me ha tocado?
Y Pedro le dijo: pero maestro ¿Quien no le va a tocar? Si con tanta gente que hay aquí, es normal, algún restregón se tiene que llevar.
Dice: no, no, alguien me ha tocado, porque he sentido una gran fuerza salir de mí.
Entonces la mujer dijo: a, sí, he sido yo. Perdóname maestro. - Se arrodilló - perdóname pero es que tenía unas hemorragias internas y me preguntaba si aún que sólo pudiera tocarte el manto, con eso me curaría.
Jesús se acercó hasta la mujer, la levantó, - que estaba de rodillas - y le dijo: mujer, tu fe te ha curado.
Y la mujer se fue muy contenta y toda la gente se quedó muy contenta de ver que había hecho otro milagro, que esa mujer se había curado y toda la gente decía: ¡Milagro, un milagro! Y Jesús seguía por Cafarnaúm.

Otra vez se paró, un hombre le dijo: Maestro, tengo a mi hijo que está paralítico, yo sé que tú puedes curarlo, he oído a mucha gente que la has curado.
Y entonces Jesús le dijo: ¿y porque has escuchado que he curado a tanta gente, porque la gente lo ha dicho, te guías por la gente?
Y entonces le contestó: no, yo se que tú puedes curarlo. Y entonces el hombre dijo: sacar a mi hijo.
Sacaron al paralítico. Jesús lo cogió, le tocó las piernas y los pies y después se levantó Jesús y le dijo: levántate y anda. Y el paralítico andó.
Todos decían: ¡milagro, milagro!
Aquel hombre que era su padre le besó la túnica, le dijo: gracias, gracias Señor.
Y Jesús siguió el camino, predicando la palabra de Dios y haciendo milagros, porque Jesús era poderoso en palabras y en hechos, “más en hechos que en palabras”. No era un hombre que dejara que las palabras se perdieran, ni desaprovechaba las palabras, aprovechaba hasta la última palabra.

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